Los Escritos de Désirée
Domingo sin planes
Hay domingos que empiezan sin ninguna expectativa.
Sin alarma.
Sin reservas.
Sin visitas.
Sin nada pendiente.
Solo una cama desordenada, el café enfriándose sobre la mesa de luz y esa sensación agradable de saber que nadie te está esperando en ningún lado.
Así empezó aquel domingo para Marcos y Eliana.
A las diez y media de la mañana, Marcos seguía acostado mirando el techo.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Eliana desde la cocina.
—Nada.
Ella apareció en la puerta con dos tazas de café.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada.
Eliana sonrió.
—Me gusta ese plan.
Y durante un rato, efectivamente, no hicieron nada.
Desayunaron tarde. Miraron una película que ninguno terminó de ver. Se quedaron conversando de cosas que normalmente no tenían tiempo de conversar.
Hasta que, cerca del mediodía, Eliana abrió un cajón del dormitorio buscando el cargador del teléfono.
Y encontró otra cosa.
Se quedó unos segundos mirando.
Después cerró el cajón.
Pero volvió a abrirlo.
—¿Qué encontraste? —preguntó Marcos.
—Nada.
—Ese “nada” sonó bastante sospechoso.
Ella levantó el objeto.
Marcos la miró y tardó un segundo en reconocerlo.
Después sonrió.
—Ah.
—¿“Ah”?
—Me había olvidado de eso.
—Yo no.
Eliana lo dejó sobre la cama.
No dijo nada más.
Tampoco hacía falta.
Marcos se sentó.
—¿Querés probarlo?
Ella lo miró de costado.
—Hoy no tenemos ningún plan, ¿no?
—Ninguno.
—Entonces tampoco tenemos ninguna excusa.
La frase quedó flotando entre los dos.
Y fue suficiente.
El resto del domingo empezó a cambiar de ritmo.
No hubo grandes preparativos ni una escena perfecta. Solo pequeñas miradas, alguna sonrisa que duraba un poco más de lo necesario y esa complicidad que aparece cuando una pareja deja de pensar en qué debería hacer y simplemente decide jugar.
Afuera seguía siendo domingo.
El barrio estaba tranquilo.
Los teléfonos podían esperar.
El café también.
Y por primera vez en mucho tiempo, Marcos y Eliana no tenían ninguna prisa.
Más tarde, mientras estaban nuevamente en el sofá, Eliana apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Viste que al final no hacer nada no estaba tan mal?
Marcos se rio.
—No sé si esto cuenta como “no hacer nada”.
Ella levantó la mirada.
—Depende de cómo se cuente.
Y esa vez fue Marcos quien sonrió.
Porque había domingos que simplemente pasaban.
Y había otros que, sin estar previstos en ninguna agenda, terminaban convirtiéndose en un recuerdo.
Désirée lo sabe.
A veces, las mejores historias empiezan precisamente cuando no había ningún plan.
La fantasía detrás de la historia
La fantasía no siempre necesita una ocasión especial.
A veces aparece en un momento completamente cotidiano: una pareja que tiene tiempo, intimidad y permiso para olvidarse por unas horas de las obligaciones.
Quizás por eso los domingos tienen algo especial.
No hay que llegar a ningún lado.
No hay que cumplir horarios.
Solo queda espacio para descubrir qué pasa cuando dos personas se permiten jugar un poco.
Para llevar la fantasía al juego
No hace falta preparar una escena complicada.
Un domingo tranquilo puede ser suficiente.
La clave está en transformar la propuesta en un juego entre los dos: elegir juntos, conversar, probar, reírse y dejar que la curiosidad haga el resto.
Porque cuando algo se descubre de a dos, el objeto termina siendo apenas una parte de la experiencia.
Lo importante es lo que sucede entre ellos.
La mirada
Quizás Marcos y Eliana no necesitaban un plan.
Quizás necesitaban exactamente lo contrario.
Un día sin horarios, sin obligaciones y sin nadie esperando nada de ellos.
Porque algunas fantasías no aparecen cuando las buscamos.
Aparecen cuando finalmente tenemos tiempo para escucharlas.
Así lo cuenta Désirée.


