El deseo no desaparece con los años. Cambia de dirección.
Hay una frase que escuchamos muchísimo:
“Ya no siento lo mismo que antes.”
Y muchas veces la interpretamos de una sola manera:
“Ya no deseo.”
Pero quizás estamos cometiendo un error.
Porque el deseo no es una máquina que funciona siempre igual.
Cambia.
Se transforma.
Aprende.
Se adapta.
Y, en algunos momentos de nuestra vida, incluso puede sorprendernos.
Quizás no desapareció.
Quizás simplemente dejó de apuntar hacia el mismo lugar.
Al principio, el deseo suele ser curiosidad
Cuando conocemos a alguien, hay una enorme cantidad de cosas que todavía no sabemos.
Cómo besa.
Cómo mira.
Cómo toca.
Qué le gusta.
Qué imagina.
Qué nos provoca.
Qué podemos descubrir juntos.
La incertidumbre tiene un papel importante.
Cada encuentro contiene algo nuevo.
Y esa novedad puede generar una intensidad muy particular.
Pero después pasan los años.
Y aquello que antes era desconocido se vuelve familiar.
Ya sabemos muchas cosas.
Y la familiaridad puede ser maravillosa para la intimidad emocional.
Pero también puede reducir una parte de la sorpresa.
Lo conocido tranquiliza. Lo desconocido despierta curiosidad.
Y el deseo muchas veces necesita un poco de ambas cosas.
El problema de pensar que el deseo debería ser siempre igual
Existe una expectativa bastante injusta:
Que si al principio de una relación teníamos muchísimo deseo, deberíamos seguir sintiendo exactamente lo mismo diez, quince o veinte años después.
Pero las personas no permanecen iguales.
Cambian nuestros cuerpos.
Cambian nuestras prioridades.
Cambian nuestras fantasías.
Cambian nuestras necesidades.
Cambia nuestra manera de entender el placer.
¿Por qué entonces esperamos que nuestro deseo permanezca congelado?
El deseo también crece con nosotros.
Quizás antes buscabas intensidad y ahora buscás conexión
Hay etapas en las que queremos aventura.
Novedad.
Adrenalina.
Espontaneidad.
Experimentar.
Y otras en las que buscamos algo diferente.
Más confianza.
Más intimidad.
Más tiempo.
Más conexión emocional.
Más libertad para decir qué nos gusta.
Más seguridad para mostrarnos vulnerables.
Eso no significa que el deseo haya desaparecido.
Significa que lo que lo alimenta cambió.
La experiencia también modifica el deseo
Con los años aprendemos cosas.
Aprendemos qué nos gusta.
Qué no.
Qué nos excita.
Qué nos desconecta.
Qué necesitamos para relajarnos.
Qué tipo de conexión nos resulta atractiva.
Qué fantasías nos despiertan curiosidad.
Y también aprendemos a conocernos.
Por eso el deseo de una persona a los 20 años no tiene por qué parecerse al deseo de esa misma persona a los 40, 50 o 60.
No necesariamente es menos.
Puede ser diferente.
Y diferente no significa peor.
La rutina puede apagar la curiosidad
Acá aparece uno de los grandes enemigos del deseo:
la previsibilidad absoluta.
No porque la rutina sea mala.
La rutina puede dar seguridad.
Pero cuando todo está demasiado definido, puede desaparecer la sensación de descubrimiento.
La misma hora.
El mismo lugar.
La misma dinámica.
La misma iniciativa.
La misma respuesta.
La misma secuencia.
Y después aparece la pregunta:
“¿Por qué ya no tenemos ganas?”
Quizás la respuesta no sea falta de amor.
Quizás haya demasiado piloto automático.
El deseo necesita espacio
Esta es una paradoja interesante.
Muchas parejas quieren recuperar el deseo pasando más tiempo juntas.
Pero el deseo también necesita cierta distancia.
Necesita que cada persona tenga su propio mundo.
Sus intereses.
Sus amigos.
Sus experiencias.
Sus momentos.
Su individualidad.
Porque cuando dos personas comparten absolutamente todo, pueden dejar de percibirse como individuos interesantes y convertirse exclusivamente en compañeros de rutina.
Y para desear a alguien también necesitamos poder volver a mirarlo como alguien separado de nosotros.
No siempre deseamos más. A veces deseamos mejor
Esta frase puede cambiar completamente la conversación.
Quizás una persona ya no quiera tener sexo con la misma frecuencia que a los 20.
Pero cuando lo tiene, quiere que sea más conectado.
Más presente.
Más íntimo.
Más divertido.
Más auténtico.
Más libre.
No necesariamente estamos frente a una pérdida.
Puede ser una transformación.
La cantidad puede cambiar mientras la calidad se vuelve más importante.
El cuerpo también cambia
Y esto merece hablarse sin vergüenza.
Nuestro cuerpo cambia.
La respuesta sexual puede cambiar.
Las hormonas cambian.
Las experiencias acumuladas cambian.
La manera en que nos sentimos frente a nuestro propio cuerpo también puede cambiar.
Pero existe una diferencia entre aceptar una evolución natural y resignarnos automáticamente.
No todo cambio sexual debe interpretarse como:
“Ya está. Se terminó.”
A veces necesitamos conocernos nuevamente.
Descubrir qué funciona ahora.
Qué nos gusta ahora.
Qué nos genera deseo ahora.
No somos el mismo cuerpo que hace veinte años. Y tampoco tenemos por qué tener exactamente el mismo deseo.
Y nuestras fantasías también pueden cambiar
Esto es especialmente interesante.
Una fantasía que nos excitaba hace años puede dejar de hacerlo.
Y otra que nunca habíamos considerado puede empezar a despertar curiosidad.
No necesariamente significa que nuestra sexualidad se haya vuelto “más extrema”.
Simplemente puede significar que nuestra imaginación también evoluciona.
Las experiencias, las relaciones, la cultura y nuestras propias etapas de vida pueden modificar aquello que nos despierta interés.
Por eso no tenemos que permanecer fieles a una versión antigua de nuestra sexualidad.
Podemos cambiar de gustos.
¿Y si el deseo no desapareció, sino que está en otro lugar?
Esta es la pregunta central.
Quizás antes te excitaba la novedad.
Ahora te excita la confianza.
Quizás antes buscabas intensidad.
Ahora buscás complicidad.
Quizás antes querías ser perseguido.
Ahora querés sentirte elegido.
Quizás antes necesitabas aventura.
Ahora necesitás sentirte libre para expresarte.
El deseo puede cambiar de dirección porque nosotros también cambiamos.
El deseo por otras personas tampoco significa automáticamente que algo esté mal
Podemos estar en una relación larga y sentir atracción por otras personas.
Eso no significa automáticamente que nuestra pareja haya dejado de gustarnos.
La atracción hacia terceros puede existir incluso dentro de relaciones satisfactorias.
La pregunta importante vuelve a ser:
¿Qué hacemos con aquello que sentimos?
Y también:
¿Qué nos está mostrando esa atracción?
A veces no nos interesa realmente la persona.
Nos interesa lo que representa.
Novedad.
Libertad.
Adrenalina.
Una versión diferente de nosotros mismos.
La sensación de volver a ser desconocidos para alguien.
¿Recordás cuando todavía no se conocían?
Esta puede ser una pregunta poderosa para una pareja.
Antes de saber todo del otro, existía curiosidad.
Antes de tener una historia, existía descubrimiento.
Antes de conocer sus rutinas, existía misterio.
Pero quizás hoy ambos sean personas diferentes.
Y eso significa que existe una posibilidad que muchas parejas olvidan:
volver a conocerse.
No como eran.
Como son ahora.
Preguntarse qué cambió.
Qué desean.
Qué imaginan.
Qué necesitan.
Qué cosas nuevas aparecieron.
Porque quizás llevamos años intentando recuperar una sexualidad que ya no existe.
Cuando podríamos estar construyendo una nueva.
El error de perseguir el deseo del pasado
“Antes teníamos muchísimo sexo.”
“Antes no podíamos esperar.”
“Antes nos buscábamos todo el tiempo.”
Esas frases pueden convertirse en una trampa.
Porque intentar recuperar exactamente la relación sexual del principio puede generar frustración.
La pregunta más interesante podría ser:
“¿Qué tipo de deseo queremos construir ahora?”
No el de hace diez años.
El de hoy.
El que corresponde a las personas que somos actualmente.
Cuando la falta de deseo sí merece atención
Todo esto no significa que cualquier pérdida de deseo sea simplemente “normal”.
Si el cambio es persistente, genera malestar o aparece acompañado de otros síntomas, puede ser útil consultar con un profesional de salud o de sexualidad.
También puede haber factores físicos, emocionales, relacionales o medicamentosos involucrados.
No todo es psicológico.
Y no todo es culpa de la rutina.
A veces simplemente necesitamos investigar qué está ocurriendo.
Escuchar al cuerpo también es parte del bienestar íntimo.
Quizás necesitás dejar de perseguir lo que eras
Esta idea puede ser liberadora.
No necesitás volver a ser quien eras sexualmente a los 20.
Ni a los 30.
Ni siquiera hace falta que tu deseo se parezca al de hace cinco años.
Tu sexualidad puede evolucionar.
Puede volverse más consciente.
Más libre.
Más selectiva.
Más profunda.
Más curiosa.
Más tuya.
Y eso también puede ser una forma de crecimiento.
La pregunta incómoda
Entonces, la próxima vez que pienses:
“Ya no deseo como antes.”
probá agregar una segunda pregunta:
“¿Y si no necesito desear como antes?”
Quizás no perdiste algo.
Quizás cambiaste.
Quizás ahora necesitás otras cosas para que aparezca el deseo.
Quizás tu cuerpo pide otra velocidad.
Quizás tu mente necesita otra conexión.
Quizás tu relación necesita salir de la rutina.
O quizás estás descubriendo una sexualidad que todavía no conocías.
La reflexión de la Doctora Lust
El deseo no es una línea recta.
No aumenta para siempre.
No disminuye para siempre.
No funciona igual durante toda nuestra vida.
Tiene etapas.
Tiene pausas.
Tiene cambios.
Tiene contradicciones.
Y muchas veces necesita que dejemos de preguntarnos:
“¿Por qué ya no deseo como antes?”
para empezar a preguntarnos:
“¿Qué necesito hoy para volver a sentir deseo?”
Porque quizás el deseo no se fue.
Quizás simplemente dejó de hablar el mismo idioma.
Y tal vez crecer sexualmente no consista en recuperar lo que sentíamos antes.
Consista en descubrir qué nos hace desear ahora.
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo
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