El sexo puede mejorar una relación. También puede demostrarte que la relación está terminada.
Hay una frase que escuchamos constantemente:
“Tenemos que volver a tener sexo.”
Y quizás sí.
Pero también quizás no.
Porque el sexo puede ser una puerta de entrada a la intimidad.
Puede acercarnos.
Puede devolver complicidad.
Puede despertar el deseo.
Puede recordarnos que, además de compañeros de vida, seguimos siendo amantes.
Pero existe otra posibilidad que pocas personas quieren considerar:
a veces el sexo no arregla una relación porque el problema nunca estuvo realmente en el sexo.
Y cuando intentamos recuperarlo, podemos descubrir algo todavía más incómodo.
Que debajo de la falta de sexo había una falta de conexión.
El sexo puede ser el síntoma, no el problema
Cuando una pareja deja de tener encuentros íntimos, es bastante habitual buscar inmediatamente una explicación sexual.
“Ya no tiene ganas.”
“Está cansado.”
“Algo le pasa.”
“Ya no le gusto.”
“Tenemos menos sexo porque estamos juntos hace demasiado tiempo.”
Pero la sexualidad no existe aislada del resto de nuestra vida.
El deseo puede verse afectado por discusiones acumuladas.
Resentimientos.
Falta de comunicación.
Estrés.
Rutina.
Desconexión emocional.
Falta de tiempo.
Sentirse poco valorado.
O simplemente por haber dejado de mirarse como pareja sexual.
Por eso, antes de preguntar:
“¿Cómo podemos tener más sexo?”
quizás haya que preguntar:
“¿Qué pasó entre nosotros?”
A veces recuperar el sexo sí cambia todo
No hay que caer en el extremo contrario.
La intimidad sexual puede tener un impacto enorme en una relación.
Un encuentro puede romper una etapa de distancia.
Una caricia puede abrir una conversación.
Una noche diferente puede devolver complicidad.
Volver a mirarse con deseo puede recordarles a dos personas que todavía existe algo que las conecta.
Y a veces la pareja simplemente necesitaba salir del piloto automático.
No necesariamente había dejado de quererse.
Había dejado de encontrarse.
Y el sexo puede convertirse nuevamente en un lugar de encuentro.
Pero el sexo también puede convertirse en un parche
El problema aparece cuando utilizamos la intimidad para evitar conversaciones que necesitamos tener.
Discutimos.
Nos acostamos.
Todo parece mejorar.
Pero al día siguiente el problema sigue ahí.
Volvemos a discutir.
Volvemos a tener sexo.
Y repetimos.
El sexo puede aliviar momentáneamente una tensión emocional.
Pero no necesariamente resuelve aquello que la originó.
Es como poner una curita sobre una herida que necesita otra clase de atención.
Puede ayudar. Pero no necesariamente cura.
Hay parejas que tienen buen sexo y están profundamente desconectadas
Esta es una de las situaciones que más rompe con los estereotipos.
Podés tener sexo fantástico con alguien y, sin embargo, no querer compartir tu vida con esa persona.
Podés sentir una enorme atracción y tener conversaciones imposibles.
Podés disfrutar muchísimo de la intimidad y sentirte solo cuando termina.
Porque el sexo responde a una parte del vínculo.
No necesariamente a todas.
La química sexual no garantiza compatibilidad emocional.
Y tampoco garantiza que una relación funcione fuera de la cama.
Y también ocurre lo contrario
Hay parejas que atraviesan una etapa de poco sexo y siguen profundamente conectadas.
Quizás están cansadas.
Quizás atraviesan un período complicado.
Quizás tienen menos oportunidades de intimidad.
Quizás su deseo está temporalmente afectado.
Pero siguen hablando.
Siguen riéndose.
Siguen tocándose.
Siguen buscándose.
Siguen teniendo curiosidad por el otro.
La frecuencia sexual no puede utilizarse como único termómetro de una relación.
Una pareja puede tener poco sexo y mucha intimidad.
Y otra puede tener mucho sexo y sentirse emocionalmente a kilómetros de distancia.
El verdadero problema puede aparecer cuando ya no hay curiosidad
El deseo no siempre es una explosión.
A veces es una pequeña pregunta:
“¿Qué te gusta ahora?”
“¿Qué te está pasando?”
“¿Qué te gustaría probar?”
“¿Cómo te sentís?”
“¿Qué necesitás?”
Cuando desaparece completamente la curiosidad por el otro, algo puede estar cambiando.
No necesariamente significa que la relación terminó.
Pero sí significa que hay algo que merece atención.
Porque una relación puede sobrevivir a muchas cosas.
Lo que resulta más difícil es sobrevivir a la indiferencia.
¿Extrañás el sexo o extrañás sentirte deseado?
Esta pregunta puede ser brutal.
Porque quizás no extrañás solamente tener relaciones.
Quizás extrañás que tu pareja te mire de determinada manera.
Que te busque.
Que te toque.
Que te haga sentir atractivo.
Que tengas la sensación de provocar algo en el otro.
Y quizás tu pareja también extraña exactamente lo mismo.
En ese caso, el problema no es solamente la falta de sexo.
Es la falta de sensación de deseo mutuo.
Y eso requiere una conversación mucho más profunda.
Cuando el sexo vuelve… pero algo sigue roto
Imaginemos que una pareja decide intentarlo.
Empiezan a tener más encuentros.
Buscan momentos.
Recuperan cierta intimidad.
Y, sin embargo, algo sigue sintiéndose extraño.
Después del sexo no hay ganas de hablar.
No hay ternura.
No hay curiosidad.
No hay proyectos compartidos.
No hay ganas de pasar tiempo juntos.
Solamente existe ese momento.
Esto puede ser una señal importante.
Porque quizás lograron recuperar el sexo.
Pero no lograron recuperar la relación.
Y son dos cosas diferentes.
También puede suceder algo todavía más incómodo
Que el sexo funcione perfectamente…
y que aun así quieras terminar.
Esto puede resultar difícil de aceptar.
Porque existe una creencia muy instalada:
“Si todavía tenemos química, entonces todavía nos amamos.”
No necesariamente.
Podés desear muchísimo a alguien y saber que no querés construir una vida con esa persona.
Podés tener una conexión sexual extraordinaria y una incompatibilidad profunda en otros aspectos.
Podés disfrutar de la intimidad y, al mismo tiempo, sentir que la relación llegó a su límite.
El buen sexo no obliga a quedarse.
Y al revés: una relación puede estar bien aunque el sexo haya cambiado
La sexualidad cambia.
Las personas cambian.
Las relaciones también.
No todas las etapas tienen la misma intensidad.
No todos los períodos de una pareja tienen que parecerse a los primeros meses.
El deseo puede transformarse.
Puede hacerse más tranquilo.
Más íntimo.
Más espontáneo.
O necesitar nuevas formas de expresión.
Por eso no deberíamos comparar permanentemente la sexualidad actual con la del comienzo.
El objetivo no es recuperar exactamente lo que existía antes.
Es descubrir qué puede existir ahora.
La pregunta no es solamente “¿cuánto sexo tenemos?”
Quizás sea:
“¿Cómo nos sentimos cuando estamos juntos?”
¿Hay ganas de acercarse?
¿Hay ternura?
¿Hay admiración?
¿Hay curiosidad?
¿Hay contacto?
¿Hay humor?
¿Hay complicidad?
¿Hay deseo?
¿Hay ganas de reparar cuando algo se rompe?
Porque una relación no se sostiene solamente con encuentros sexuales.
Se sostiene con cientos de pequeños momentos de conexión.
El sexo puede ser uno de ellos.
Uno muy importante.
Pero no el único.
¿Y si el problema está fuera de la cama?
A veces queremos solucionar en la cama algo que está ocurriendo en la vida cotidiana.
Si existe resentimiento, quizás haya que hablar del resentimiento.
Si existe falta de tiempo, quizás haya que recuperar tiempo.
Si existe sensación de abandono, quizás haya que hablar de presencia.
Si existe inseguridad, quizás haya que trabajar la confianza.
Si existe aburrimiento, quizás haya que introducir novedad.
Si existe una herida, quizás haya que repararla.
Porque esperar que el sexo resuelva todo puede generar todavía más frustración.
El dormitorio no puede cargar con todos los problemas de una relación.
Y acá aparece la pregunta más incómoda
Imaginá que mañana tu vida sexual volviera a ser exactamente como al principio.
Más pasión.
Más deseo.
Más encuentros.
Más química.
Todo perfecto.
¿Eso alcanzaría para que quisieras seguir con esa persona?
Si la respuesta es sí, quizás exista algo que vale la pena recuperar.
Si la respuesta es no…
quizás el problema nunca fue solamente sexual.
Y esa respuesta puede doler.
Pero también puede ser liberadora.
Porque a veces el sexo salva
Puede salvar momentos.
Puede recuperar complicidad.
Puede abrir puertas.
Puede volver a conectar dos personas que todavía quieren encontrarse.
Puede devolverles una parte de la relación que habían dejado dormida.
Pero no puede hacer todo.
No puede reemplazar respeto.
No puede reemplazar comunicación.
No puede reemplazar confianza.
No puede reemplazar afecto.
No puede reemplazar una decisión compartida de seguir construyendo.
Y a veces el sexo revela
Revela que todavía hay deseo.
Revela que todavía hay curiosidad.
Revela que todavía existe una pareja detrás de la rutina.
Pero también puede revelar lo contrario.
Que el sexo funciona, pero la relación no.
Que existe atracción, pero no proyecto.
Que existe cariño, pero no ganas.
Que existe costumbre, pero no elección.
Y eso puede ser mucho más difícil de aceptar.
La reflexión de la Doctora Lust
No uses el sexo como una prueba de amor.
Y tampoco uses la falta de sexo como una sentencia automática.
Preguntate algo más profundo:
“Cuando estamos juntos, ¿todavía queremos encontrarnos?”
Porque quizás necesiten recuperar la intimidad.
Quizás necesiten hablar.
Quizás necesiten cambiar algunas cosas.
Quizás necesiten volver a mirarse.
Y quizás descubran que todavía hay muchísimo por construir.
Pero también puede suceder que después de recuperar el sexo descubran algo inesperado:
que la cama nunca fue el problema.
Porque a veces el sexo puede salvar una relación.
Y otras veces simplemente deja de esconder que la relación ya estaba terminada.
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo
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