Los Escritos de Désirée
El tercer producto
Hay compras que empiezan con una lista.
Y hay otras que terminan agregando algo que nadie había pensado llevarse.
Mariana y Elizabeth llevaban cuatro años juntas.
Se conocían bastante bien.
Lo suficiente como para saber cuándo la otra estaba aburrida, cuándo estaba buscando una excusa y, sobre todo, cuándo una mirada significaba exactamente lo contrario de lo que estaba diciendo.
Aquella tarde entraron a un sex shop sin demasiadas vueltas.
—Tenemos que comprar algo distinto —dijo Elizabeth.
—¿Distinto cómo?
—No sé.
Mariana sonrió.
—Entonces vinimos al lugar correcto.
El local estaba tranquilo.
Un hombre detrás del mostrador levantó la mirada cuando entraron.
—Buenas tardes.
—Hola —respondió Mariana.
—¿Buscan algo en particular?
Elizabeth miró a Mariana.
—Dos cosas.
El empleado sonrió.
—Eso suele ser más fácil de resolver que una.
Las dos se rieron.
—Queremos algo para usar juntas —explicó Mariana.
—Perfecto.
El empleado salió de detrás del mostrador y empezó a mostrarles algunas opciones.
Mariana preguntaba.
Elizabeth observaba.
Y de vez en cuando intercambiaban una mirada.
No era la primera vez que compraban juntas.
Pero sí era la primera vez que ambas parecían prestar tanta atención al hombre que las estaba atendiendo.
Él se llamaba Tomás.
Y tenía esa tranquilidad de quien no necesita llamar la atención para conseguirla.
—¿Algo más intenso? —preguntó.
Elizabeth levantó una ceja.
—¿Más intenso?
—Sí.
—¿Vos qué recomendarías?
Tomás miró primero a Elizabeth.
Después a Mariana.
—Depende de cuánto quieran jugar.
Silencio.
Mariana sonrió.
—Estamos abiertas a recomendaciones.
Tomás les mostró una segunda opción.
Después una tercera.
La conversación empezó a desviarse.
Primero apenas.
Una pregunta.
Una respuesta.
Una sonrisa.
Después aparecieron comentarios que ya no tenían demasiado que ver con los productos.
—Ustedes dos parecen tener bastante confianza —dijo Tomás.
—La tenemos —respondió Elizabeth.
—Se nota.
Mariana apoyó un producto sobre el mostrador.
—¿Y vos siempre sos así con las clientas?
Tomás sonrió.
—¿Así cómo?
—No sé.
—Entonces quizás no sea algo que haga con todas.
Elizabeth miró a Mariana.
Mariana miró a Elizabeth.
Y en esa mirada apareció una conversación completa.
Una que ninguna de las dos necesitó pronunciar.
Tomás siguió mostrando productos.
Pero ahora las tres personas sabían que estaban jugando con algo que no estaba escrito en ninguna ficha técnica.
Finalmente, Mariana eligió uno.
Elizabeth eligió otro.
Tomás los dejó sobre el mostrador.
—Dos productos.
—Sí —dijo Mariana.
Tomás tomó una bolsa.
—¿Algo más?
Elizabeth lo miró.
Esta vez no sonrió.
Solo preguntó:
—¿Se puede?
Tomás entendió perfectamente la pregunta.
—Depende.
—¿De qué?
—De qué estén preguntando.
Mariana se acercó apenas a Elizabeth.
—Creo que ya encontramos lo que buscábamos.
Tomás las observó.
—¿Seguro?
Elizabeth tomó la bolsa.
—No del todo.
Hubo un silencio.
Después Mariana dijo:
—Nos falta uno.
Tomás levantó una ceja.
—¿Otro producto?
Elizabeth negó lentamente con la cabeza.
—No exactamente.
Tomás no respondió.
Pero tampoco apartó la mirada.
Y entonces Mariana soltó una pequeña risa.
—Tranquilo. No te estamos comprando.
—Menos mal.
—Todavía —agregó Elizabeth.
Los tres se rieron.
Pero la frase quedó ahí.
Porque algunas bromas dejan de ser bromas cuando nadie se apresura a desmentirlas.
Tomás cerró la bolsa.
—Entonces tenemos dos productos.
Elizabeth la tomó.
—Sí.
Mariana miró a Tomás.
—Y una conversación pendiente.
Tomás apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—¿Cuándo?
Elizabeth respondió antes que Mariana.
—Cuando cierres.
Tomás sonrió.
—Eso suena bastante menos comercial.
—Nunca dijimos que buscábamos algo comercial.
Y ahí terminó la compra.
O, al menos, la parte que podía quedar registrada en un ticket.
Las dos salieron del local con una bolsa en la mano.
A mitad de cuadra, Mariana miró a Elizabeth.
—¿Estás segura?
Elizabeth sonrió.
—¿Vos no?
Mariana negó con la cabeza.
—No.
Una pausa.
—Pero me gusta.
Elizabeth se acercó y le susurró:
—A mí también.
Y siguieron caminando.
Porque habían entrado buscando dos productos.
Y habían encontrado una tercera posibilidad.
Una que no tenía código de barras.
No tenía precio.
Y definitivamente no venía en una bolsa.
La fantasía detrás de la historia
Hay fantasías que empiezan mucho antes de que alguien las pronuncie.
A veces empiezan con una mirada.
O con una pregunta aparentemente inocente.
O con esa curiosidad que aparece cuando una pareja se permite hablar de aquello que normalmente queda solamente en la imaginación.
Mariana y Elizabeth no entraron al local buscando a Tomás.
Pero tampoco salieron fingiendo que no había pasado nada.
Para llevar la fantasía al juego
La clave está en la conversación.
Preguntar qué le gusta al otro.
Qué le da curiosidad.
Qué nunca se animó a probar.
Qué pasaría si una fantasía dejara de ser solamente una fantasía.
No hace falta responder todo.
A veces alcanza con dejar una pregunta abierta.
Y descubrir que los dos están pensando exactamente lo mismo.
La mirada
Désirée podría decir que Mariana y Elizabeth compraron dos productos.
Eso es lo que dice el ticket.
Pero las historias interesantes rara vez aparecen en los tickets.
Porque quizá el tercer producto nunca estuvo realmente a la venta.
Quizás fue una mirada.
Una posibilidad.
Una conversación que quedó pendiente para después de cerrar el local.
Y quizás, solamente quizás, cuando Tomás bajó la persiana aquella noche…
la historia recién estaba empezando.
Así lo cuenta Désirée.


