¿Y si tu fantasía no es hacer eso… sino que alguien te desee haciéndolo?
Hay fantasías que nos excitan.
Y hay fantasías que, si alguien nos preguntara en voz alta si realmente querríamos llevarlas a la realidad, probablemente responderíamos:
“No sé…”
Y eso es completamente normal.
Porque una fantasía sexual no siempre es un plan.
No necesariamente es algo que queremos hacer.
A veces es una escena.
Una sensación.
Una mirada.
Una situación imposible.
Una versión de nosotros mismos.
O, incluso, una manera de sentirnos deseados.
Y acá aparece una pregunta bastante más interesante:
¿Qué parte de tu fantasía te excita realmente?
¿Lo que sucede?
¿Quién lo hace?
¿Quién te mira?
¿La sensación de perder el control?
¿Sentirte elegido?
¿Sentirte irresistible?
¿O simplemente descubrir que alguien te desea muchísimo?
Una fantasía no es una confesión
Existe una idea bastante extendida de que nuestras fantasías sexuales revelan nuestros deseos “verdaderos”.
Como si todo lo que imaginamos tuviera que significar algo que, en el fondo, queremos experimentar.
No necesariamente.
La imaginación sexual no funciona como una declaración jurada.
Podemos fantasear con situaciones que jamás querríamos vivir.
Podemos imaginar personas con las que nunca tendríamos una relación.
Podemos sentir excitación frente a escenarios que, fuera de nuestra imaginación, no nos resultarían atractivos.
Y eso no significa que haya algo incorrecto.
Una fantasía puede ser excitante precisamente porque pertenece al territorio de la imaginación.
Entonces… ¿qué es lo que realmente nos excita?
Esta es la parte interesante.
Imaginemos que alguien tiene una fantasía en la que otra persona hace algo determinado.
A primera vista, podríamos pensar:
“Le excita eso.”
Pero quizá no.
Quizá lo que realmente le produce excitación es que, dentro de esa escena, alguien la mira de una determinada manera.
O que esa persona la desea.
O que la elige entre muchas otras.
O que toma la iniciativa.
O que la hace sentir atractiva.
En ese caso, el elemento central de la fantasía no sería necesariamente la acción.
Sería la sensación de ser profundamente deseado.
Y eso cambia completamente la lectura.
A veces queremos ser el objeto del deseo
Todos necesitamos, en mayor o menor medida, sentir que somos deseables.
Pero hay algo particularmente poderoso en la fantasía de descubrir que alguien nos desea intensamente.
No simplemente que nos quiera.
No simplemente que nos encuentre atractivos.
Sino que nos desee.
Esa diferencia puede ser enorme.
Porque sentirse querido puede brindar seguridad.
Sentirse deseado puede despertar otra cosa.
Puede hacernos sentir atractivos, especiales, poderosos, elegidos o sexualmente vivos.
Por eso algunas fantasías tienen como protagonista a otra persona, pero en realidad hablan muchísimo de nosotros mismos.
“Quiero que me mire así”
Hay personas que creen que su fantasía tiene que ver con lo que ocurre dentro de la escena.
Pero cuando empiezan a describirla, aparece otro elemento recurrente:
La mirada.
La reacción del otro.
La atención.
El interés.
La sensación de que esa persona no puede dejar de mirarnos.
Y entonces aparece una posibilidad:
quizás la fantasía no sea solamente hacer algo, sino provocar algo en alguien.
No necesariamente queremos experimentar determinada situación.
Queremos experimentar el efecto que tenemos sobre otra persona.
Queremos comprobar:
“¿Realmente te gusto?”
“¿Realmente me deseás?”
“¿Realmente te vuelvo loco?”
Y, para algunas personas, esa sensación puede ser incluso más poderosa que la situación imaginada.
El deseo también alimenta el ego
Y acá podemos entrar en un terreno incómodo.
Porque nos gusta pensar que el sexo es solamente conexión, intimidad y placer.
Pero el deseo también tiene una dimensión relacionada con nuestra autoestima.
Sentirnos deseados puede reforzar nuestra percepción de nosotros mismos.
Puede recordarnos que seguimos siendo atractivos.
Que tenemos capacidad de provocar.
Que alguien nos encuentra irresistibles.
Y no hay nada necesariamente malo en eso.
El problema aparece cuando nuestra autoestima depende exclusivamente de la mirada sexual de los demás.
Una cosa es disfrutar de sentirnos deseados.
Otra muy distinta es necesitar permanentemente que alguien nos desee para sentir que valemos algo.
Por eso una misma fantasía puede significar cosas diferentes
Dos personas pueden tener exactamente la misma fantasía y estar buscando cosas completamente distintas.
Para una puede representar aventura.
Para otra, libertad.
Para otra, sentirse poderosa.
Para otra, dejar de tener que tomar decisiones.
Para otra, sentirse atractiva.
Y para otra, simplemente escapar durante un rato de la rutina.
Por eso interpretar una fantasía de manera automática puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
La fantasía tiene un escenario, pero también tiene un significado.
Y ese significado es personal.
¿Por qué algunas fantasías aparecen justamente cuando falta algo?
Esta pregunta también es interesante.
A veces una fantasía aparece o se intensifica durante períodos en los que una persona necesita algo emocionalmente.
Más atención.
Más novedad.
Más conexión.
Más autoestima.
Más libertad.
Más intensidad.
Más sensación de ser deseada.
Eso no significa que la fantasía sea una señal de que existe un problema.
Pero puede funcionar como una pequeña ventana hacia nuestro mundo interno.
Quizás no nos esté diciendo:
“Quiero hacer esto.”
Quizás nos esté preguntando:
“¿Qué sensación estoy buscando?”
La fantasía y la realidad no tienen que coincidir
Este punto es fundamental.
Podemos disfrutar muchísimo de imaginar algo y no querer llevarlo a la realidad.
La fantasía tiene una ventaja enorme:
nosotros controlamos las reglas.
Podemos entrar cuando queremos.
Salir cuando queremos.
Modificar la escena.
Cambiar a los protagonistas.
Detenerla.
Volver a empezarla.
En la realidad existen consecuencias, emociones, límites, acuerdos y otras personas.
Por eso no todas las fantasías necesitan convertirse en experiencias.
Algunas están perfectamente bien donde están:
en nuestra imaginación.
Y acá viene la pregunta incómoda
La próxima vez que aparezca una fantasía sexual que te sorprenda, en lugar de preguntarte inmediatamente:
“¿Por qué quiero hacer esto?”
probá con otra pregunta:
“¿Cómo quiero sentirme en esta fantasía?”
¿Deseado?
¿Admirado?
¿Poderoso?
¿Libre?
¿Irresistible?
¿Buscado?
¿Elegido?
¿Sorprendido?
¿Cuidado?
¿O simplemente lejos de la rutina?
La respuesta puede decirte mucho más sobre tu deseo que la escena misma.
Tal vez tu fantasía no habla de sexo
Bueno… no solamente de sexo.
Puede hablar de autoestima.
De curiosidad.
De necesidad de conexión.
De novedad.
De poder.
De vulnerabilidad.
De confianza.
De validación.
De libertad.
Y, muchas veces, de algo tan humano como querer sentir:
“Alguien me desea exactamente como soy.”
Quizás por eso algunas fantasías tienen tanta fuerza.
Porque durante unos minutos no solamente imaginamos lo que alguien nos hace.
Imaginamos quiénes somos cuando alguien nos desea de esa manera.
La conclusión de la Doctora Lust
No tengas miedo de tus fantasías.
Tampoco las conviertas automáticamente en deseos que debés cumplir.
Escuchalas.
Observá qué emoción aparece detrás.
Porque una fantasía puede mostrarte una escena…
pero también puede mostrarte una necesidad.
Y quizá la próxima vez que tu imaginación te lleve a un lugar inesperado, la pregunta más interesante no sea:
“¿Por qué quiero hacer eso?”
Sino:
“¿Qué quiero sentir cuando alguien me desea?”
Porque a veces la fantasía no busca una experiencia.
Busca una sensación.
Y a veces, detrás de una fantasía sexual aparentemente atrevida, hay algo mucho más simple y profundamente humano:
querer sentir que somos irresistibles para alguien.
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo
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