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La invitación

Blog 5/36 — Désirée

La invitación

El mensaje llegó a las siete y doce de la tarde.

No decía mucho.

“Esta noche no hagas planes. Yo me ocupo de todo.”

Ella lo leyó.

Sonrió.

Y volvió a leerlo.

No había una explicación.

No había una dirección.

Ni siquiera una hora.

Solamente esas ocho palabras.

Durante los siguientes minutos intentó descubrir qué significaban.

¿Una cena?

¿Una salida?

¿Una sorpresa?

¿Algo que habían hablado alguna vez?

Preguntó.

La respuesta tardó unos segundos.

“No hagas preguntas.”

Esta vez sonrió más.

Una noche diferente

Cuando llegó a casa, encontró sobre la cama un vestido que nunca había usado.

Junto al vestido había otra tarjeta.

“Esta noche elegí por vos.”

Debajo, una segunda línea:

“Pero si algo no te gusta, me lo decís.”

Ahí estaba la diferencia.

No era una orden.

Era una invitación.

Ella se quedó mirando la tarjeta durante unos segundos.

Después tomó el vestido.

Y comenzó a prepararse.

Las cartas que no se muestran

Él había cambiado algunas cosas en la casa.

La iluminación era diferente.

Había música.

Sobre la mesa había dos copas y un pequeño sobre negro.

Ella lo abrió.

Dentro había tres tarjetas.

La primera decía:

“Elegí una.”

La segunda:

“Todavía no.”

La tercera:

“Esperá.”

Ella soltó una pequeña carcajada.

—¿En serio?

Él apareció detrás de ella.

—¿Qué pasa?

—Que no sé qué estás planeando.

—Ese era el objetivo.

Ella lo miró.

Y por primera vez entendió que la sorpresa no estaba solamente en lo que iba a suceder.

Estaba en no saberlo.

La espera

Durante la cena hablaron de cualquier cosa.

Excepto de la sorpresa.

Y cuanto menos hablaban de ella, más presente estaba.

Una mirada.

Una sonrisa.

Una mano que rozaba la suya.

Un silencio un poco más largo.

Cada pequeño gesto parecía formar parte de algo que todavía no conocía.

La imaginación empezó a completar los espacios vacíos.

Y descubrió que había algo extraño en eso:

a veces esperar puede ser tan intenso como descubrir.

La última tarjeta

Después de cenar, él tomó el sobre negro.

—Ahora sí.

Le entregó la última tarjeta.

Ella la abrió.

Solamente decía:

“Ahora elegís vos.”

Ella levantó la mirada.

—¿Eso era todo?

—No.

—¿Entonces?

—Ahora empieza la parte que no puedo decidir por vos.

Ella volvió a mirar la tarjeta.

Y comprendió.

Toda la noche había pensado que él estaba preparando una sorpresa.

Pero quizás la verdadera sorpresa había sido otra.

Había creado un espacio para que ella imaginara.

Para que esperara.

Para que deseara.

Y ahora le devolvía la decisión.

Ella tomó una de las tres tarjetas que había dejado sobre la mesa.

La primera.

“Elegí una.”

La sostuvo entre los dedos.

—Creo que ya sé qué quiero.

Él sonrió.

—¿Qué?

Ella se acercó.

—Que esta vez no me cuentes nada.

Él se quedó mirándola.

—¿Por qué?

Ella dejó la tarjeta sobre la mesa.

—Porque quiero seguir imaginándolo.

Y esa noche descubrieron que algunas de las mejores partes de una fantasía no están en lo que finalmente sucede.

Están en todo aquello que imaginamos antes.


La fantasía detrás de la historia

La seducción no siempre necesita grandes gestos.

A veces alcanza con crear expectativa.

Una sorpresa, una frase inesperada, una elección diferente o simplemente dejar algo sin explicar pueden darle espacio a la imaginación.

Porque cuando no conocemos todas las respuestas, nuestra mente empieza a construirlas.

Y cada persona construye una historia diferente.

La clave está en que el misterio sea un juego compartido y que ambos puedan decidir hasta dónde quieren llevarlo.

Continuá la saga

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