¿Por qué deseamos a quien nos hace daño?
Hay una contradicción que puede resultar muy difícil de explicar:
“Sé que esta persona no me hace bien, pero no puedo dejar de desearla.”
Lo pensamos.
Lo sabemos.
Incluso podemos aconsejarle a otra persona exactamente lo que debería hacer.
“Salí de ahí.”
“Te está haciendo mal.”
“No te merece.”
“Tenés que olvidarte.”
Pero cuando nos toca a nosotros, la lógica parece desaparecer.
Seguimos esperando un mensaje.
Seguimos pensando en esa persona.
Seguimos imaginando un encuentro.
Seguimos recordando los momentos buenos.
Y cuando finalmente vuelve a aparecer…
todo vuelve a empezar.
¿Por qué?
Porque sentir muchísimo no significa sentir algo saludable
Una de las confusiones más peligrosas en las relaciones es creer que cuanto más intensa es una emoción, más verdadero debe ser el vínculo.
“Si me vuelve loco, debe ser amor.”
“Si no puedo dejar de pensar en ella, debe ser especial.”
“Si me afecta tanto, debe significar algo.”
No necesariamente.
Una emoción puede ser intensísima y, al mismo tiempo, estar alimentada por ansiedad, incertidumbre, miedo, frustración o necesidad de aprobación.
La intensidad no es una prueba de compatibilidad.
Y tampoco es una prueba de amor.
Lo impredecible puede enganchar muchísimo
Imaginemos una persona que un día nos busca.
Al siguiente desaparece.
Después vuelve.
Nos demuestra interés.
Se distancia.
Nos promete algo.
Cambia de opinión.
Nos hace sentir especiales.
Después nos ignora.
Ese comportamiento puede resultar emocionalmente agotador.
Pero también puede mantener nuestra atención constantemente activa.
Porque nunca sabemos qué viene después.
Y cuando no sabemos qué viene después, pensamos más.
Esperamos más.
Analizamos más.
Interpretamos más.
La incertidumbre puede convertirse en combustible para la obsesión.
El problema de las pequeñas dosis
Existe una dinámica especialmente difícil de abandonar.
La persona no nos da afecto constantemente.
Nos lo da de manera intermitente.
Pero justamente por eso cada acercamiento puede sentirse enorme.
Un mensaje después de varios días.
Una llamada inesperada.
Un encuentro.
Una frase cariñosa.
Una demostración de interés.
Después vuelve la distancia.
Y nosotros quedamos esperando la próxima dosis.
Esto puede generar una sensación muy poderosa:
“Cuando está bien, es increíble.”
Y esa frase puede mantenernos en situaciones que, vistas en su totalidad, nos hacen mucho daño.
Porque estamos evaluando la relación por sus momentos de máxima intensidad.
No por su funcionamiento cotidiano.
Confundimos ansiedad con mariposas
Esta es una de las confusiones más interesantes.
Cuando alguien es impredecible, nuestro cuerpo puede mantenerse en alerta.
Esperamos.
Nos preguntamos.
Anticipamos.
Revisamos el teléfono.
Intentamos interpretar señales.
Y esa activación puede sentirse intensísima.
A veces la llamamos química.
A veces la llamamos pasión.
A veces decimos:
“Nunca sentí algo así.”
Y quizás sea verdad.
Pero sentir algo nuevo o extremadamente intenso no significa necesariamente que sea algo bueno.
Las mariposas también pueden ser ansiedad.
El vínculo difícil puede ocupar muchísimo espacio mental
Cuando una relación es estable, sabemos aproximadamente dónde estamos.
No tenemos que preguntarnos permanentemente:
“¿Me quiere?”
“¿Va a volver?”
“¿Qué quiso decir?”
“¿Por qué no me responde?”
“¿Estará con alguien?”
La incertidumbre desaparece en gran medida.
Pero cuando una persona es emocionalmente impredecible, nuestra mente puede empezar a dedicarle muchísimo espacio.
Pensamos en ella cuando estamos trabajando.
Cuando manejamos.
Antes de dormir.
Al despertar.
Mientras esperamos un mensaje.
Y entonces podemos cometer otro error:
confundir cuánto pensamos en alguien con cuánto nos gusta.
Quizás pensamos tanto porque nunca conseguimos cerrar el circuito.
A veces no deseamos a la persona. Deseamos que finalmente nos elija
Esta es una de las preguntas más incómodas.
Porque puede existir una diferencia enorme entre:
“Quiero estar con vos.”
y
“Necesito que finalmente me elijas.”
La segunda puede tener mucho que ver con nuestra propia autoestima.
Si alguien nos rechaza, pero después vuelve, puede aparecer una sensación de triunfo.
“Ahora sí.”
“Finalmente se dio cuenta.”
“Ahora me quiere.”
Y durante un momento podemos sentirnos increíblemente valiosos.
Pero entonces la pregunta cambia:
¿Estamos buscando una relación o estamos buscando la confirmación de que somos suficientemente buenos para esa persona?
La conquista puede convertirse en el verdadero objetivo
Hay personas que pierden interés cuando alguien finalmente está disponible.
Mientras existe distancia, hay deseo.
Cuando la persona se acerca, el deseo baja.
Y entonces aparece alguien nuevo.
Otra persona difícil.
Otra historia complicada.
Otro desafío.
Esto puede convertirse en un patrón.
No necesariamente porque la persona “ame sufrir”.
Sino porque puede haber aprendido a asociar deseo con dificultad.
Lo que está disponible parece menos excitante.
Y lo que hay que conquistar parece más valioso.
Lo conocido también puede sentirse familiar
Si una persona creció o vivió experiencias donde el afecto era impredecible, puede acostumbrarse a esa dinámica.
No significa que conscientemente busque sufrir.
Significa que, para algunas personas, la incertidumbre puede sentirse extrañamente familiar.
Entonces una relación tranquila puede parecer aburrida.
Una persona emocionalmente disponible puede parecer “sin química”.
Y alguien que genera dudas puede provocar una intensidad enorme.
La mente puede interpretar lo familiar como conocido.
Pero conocido no significa saludable.
¿Por qué lo difícil puede parecernos más valioso?
Existe otro mecanismo psicológico interesante.
Cuando algo requiere esfuerzo, tiempo o perseverancia, podemos asignarle más valor.
Si tuvimos que luchar muchísimo por la atención de alguien, podemos terminar pensando:
“Debe ser especial.”
Porque, después de todo, ¿por qué habríamos invertido tanto si no lo fuera?
Pero el esfuerzo que invertimos no demuestra el valor de aquello que perseguimos.
Demuestra cuánto estuvimos dispuestos a invertir.
No todo lo difícil es valioso.
A veces simplemente es difícil.
La idealización también hace su trabajo
Cuando una relación es complicada, podemos empezar a recordar solamente los momentos buenos.
La noche increíble.
La conversación perfecta.
El beso.
La mirada.
La vez que dijo exactamente lo que necesitábamos escuchar.
Y dejamos en segundo plano:
Las discusiones.
La indiferencia.
Las desapariciones.
Las promesas incumplidas.
La ansiedad.
El dolor.
El desequilibrio.
Nuestra memoria puede convertirse en una editora bastante selectiva.
Y cuando extrañamos a alguien, muchas veces extrañamos una versión editada de esa persona.
El deseo también puede sobrevivir a la decepción
Esto puede resultar desconcertante.
Podemos estar profundamente decepcionados y seguir sintiendo atracción.
Podemos saber racionalmente que alguien no nos conviene y seguir deseándolo sexualmente.
No existe necesariamente una contradicción.
La razón y el deseo no siempre avanzan al mismo ritmo.
Podemos pensar:
“No quiero estar con esta persona.”
Y al mismo tiempo sentir:
“Pero todavía me atrae muchísimo.”
Eso no significa que debamos actuar.
Significa que somos seres humanos con emociones complejas.
Sentir deseo no nos obliga a obedecerlo.
El deseo no es una orden
Esta idea es fundamental.
Podemos desear a alguien que no nos conviene.
Podemos extrañar a alguien que nos hizo daño.
Podemos sentir atracción por alguien con quien sabemos que no queremos volver.
Y aun así podemos elegir no regresar.
El deseo aparece.
Nos informa.
Nos muestra algo.
Pero no tiene por qué tomar las decisiones por nosotros.
Sentir no es lo mismo que elegir.
¿Qué pasa cuando finalmente esa persona nos trata bien?
Esta es una pregunta muy interesante.
Imaginemos que alguien que durante mucho tiempo fue distante finalmente empieza a comportarse de manera estable.
Nos busca.
Está disponible.
Cumple lo que dice.
Nos demuestra afecto.
Nos da seguridad.
Y de repente…
la intensidad baja.
¿Por qué?
Porque desapareció la incertidumbre.
Ya no necesitamos esperar.
Ya no tenemos que conquistar.
Ya no tenemos que demostrar nuestro valor.
Ya no existe ese “¿me elegirá?”
Y quizás descubrimos algo incómodo:
una parte de nuestro deseo estaba alimentada por la persecución.
Eso no significa que toda relación difícil sea adictiva
Hay que evitar las etiquetas fáciles.
No toda relación intensa es tóxica.
No toda persona distante está manipulando.
No toda atracción por alguien complicado significa que existe un trauma.
Las relaciones humanas son mucho más complejas.
La pregunta importante es observar el patrón.
¿Cómo te sentís la mayor parte del tiempo?
¿Hay reciprocidad?
¿Existe respeto?
¿Podés expresarte?
¿Hay seguridad?
¿Podés poner límites?
¿La relación te permite crecer?
¿O pasás la mayor parte del tiempo esperando, dudando y tratando de conseguir una mínima señal de afecto?
Ahí aparece información mucho más útil.
¿Te atrae esa persona o te atrae cómo te sentís cuando finalmente te presta atención?
Esta puede ser la pregunta central de todo el artículo.
Porque quizás la persona no sea extraordinaria.
Quizás lo extraordinario sea el momento en que finalmente te presta atención.
Después de días de silencio.
Después de haber pensado que te había olvidado.
Después de sentir que no eras suficiente.
Cuando vuelve y te busca, sentís una descarga enorme.
Y esa descarga puede sentirse como amor.
Pero quizás sea otra cosa:
alivio.
Y alivio no siempre significa felicidad.
A veces simplemente significa que dejó de doler algo que nunca debería haber dolido tanto.
El verdadero problema puede ser lo que aprendiste sobre el amor
Algunas personas crecieron creyendo, consciente o inconscientemente, que el amor tiene que costar.
Que si alguien te quiere demasiado fácilmente, “algo raro debe haber”.
Que si no hay celos, no hay pasión.
Que si no hay peleas, no hay intensidad.
Que si no sufrís, no estás enamorado.
Pero el sufrimiento no es una medida de profundidad.
Una relación puede ser intensa sin ser destructiva.
Puede ser apasionada sin ser impredecible.
Puede tener deseo sin tener ansiedad.
El amor no necesita mantenerte permanentemente en alerta para ser real.
Una relación sana también puede generar deseo
A veces tenemos miedo de que la estabilidad mate la pasión.
Pero estabilidad no significa monotonía.
Una persona puede ser emocionalmente segura y sexualmente interesante.
Puede estar disponible y seguir siendo misteriosa en algunos aspectos.
Puede conocerte profundamente y seguir sorprendiéndote.
Puede darte tranquilidad sin quitarte deseo.
El verdadero desafío no es elegir entre:
seguridad o pasión.
Es aprender que pueden coexistir.
La pregunta incómoda
La próxima vez que sientas una atracción enorme por alguien que te hace daño, preguntate:
“¿Me atrae esta persona… o me atrae la sensación que tengo cuando finalmente consigo su atención?”
Y después hacete otra:
“Si esta persona fuera completamente estable, disponible y afectuosa conmigo, ¿seguiría deseándola de la misma manera?”
La respuesta puede ser reveladora.
No porque determine automáticamente qué tenés que hacer.
Sino porque puede ayudarte a entender qué parte de esa relación te está atrapando.
Y si descubrís que te pasa una y otra vez…
Quizás valga la pena mirar el patrón, no solamente a la persona.
Si una relación termina y aparece otra prácticamente igual…
Si siempre terminás deseando a personas emocionalmente inaccesibles…
Si la tranquilidad te aburre y la incertidumbre te obsesiona…
Si necesitás sentir que tenés que conquistar para sentir deseo…
Quizás la pregunta ya no sea:
“¿Por qué esta persona me hace esto?”
Sino:
“¿Por qué esta dinámica me resulta tan familiar?”
Esa pregunta puede abrir una conversación mucho más profunda.
No necesitás dejar de sentir para empezar a elegir
Este puede ser el punto más importante.
No necesitás convencerte de que esa persona no te gusta.
No necesitás fingir indiferencia.
No necesitás apagar el deseo de un día para otro.
Podés reconocer:
“Sí, todavía me atrae.”
“Sí, todavía pienso en ella.”
“Sí, todavía siento algo.”
Y al mismo tiempo decir:
“Esto no significa que tenga que volver.”
Porque madurar emocionalmente no significa dejar de sentir.
Significa aprender a no convertir cada sentimiento en una decisión.
La reflexión de la Doctora Lust
Quizás alguna vez alguien te hizo sentir algo tan intenso que pensaste:
“Tiene que ser amor.”
Pero quizás era ansiedad.
Quizás era incertidumbre.
Quizás era necesidad de aprobación.
Quizás era el deseo de ser elegido.
Quizás era la adrenalina de perseguir algo difícil.
O quizás sí había amor.
No siempre podemos saberlo inmediatamente.
Pero existe una verdad que vale la pena recordar:
que alguien te haga sentir muchísimo no significa que te haga bien.
El deseo puede ser poderoso.
La química puede ser real.
La atracción puede ser extraordinaria.
Y aun así, una relación puede no ser saludable para vos.
Por eso, la próxima vez que alguien te haga perder la cabeza, además de preguntarte:
“¿Cuánto lo/la deseo?”
probá preguntarte:
“¿Cómo me siento después de estar con esta persona?”
Porque quizás la respuesta más importante no esté en la intensidad del deseo.
Está en lo que ese vínculo hace con vos.
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo
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