¿Por qué algunas personas necesitan sentirse deseadas por todos?
Hay personas que disfrutan de gustar.
Y hay personas que necesitan gustar.
La diferencia parece pequeña.
Pero no lo es.
Porque una cosa es disfrutar cuando alguien nos mira, nos halaga, nos busca o nos demuestra interés.
Y otra muy diferente es sentir que, si nadie nos desea, algo dentro nuestro empieza a sentirse mal.
Entonces aparece la necesidad de comprobarlo.
Un mensaje.
Un like.
Una mirada.
Un comentario.
Una conversación que se vuelve un poco más personal.
Una persona nueva que muestra interés.
Y por un momento aparece esa sensación:
“Todavía gusto.”
El problema es que el alivio dura poco.
Y entonces necesitamos volver a comprobarlo.
¿Te gusta seducir o necesitás sentirte deseado?
Esta puede ser una de las primeras preguntas.
Porque seducir puede ser divertido.
Puede formar parte de nuestra personalidad.
Puede hacernos sentir seguros, atractivos, espontáneos y vivos.
No hay nada necesariamente problemático en disfrutar de eso.
La cuestión cambia cuando la seducción deja de ser un juego y se convierte en una necesidad emocional.
Cuando necesitamos constantemente una señal externa que nos confirme:
“Soy atractivo.”
“Todavía puedo conseguir a alguien.”
“Todavía genero deseo.”
“Todavía tengo poder de seducción.”
Ahí quizás ya no estemos buscando solamente placer.
Estamos buscando validación.
El deseo de los demás puede convertirse en un espejo
Todos construimos parte de nuestra autoestima a partir de cómo nos relacionamos con otras personas.
Y la mirada de los demás puede influir muchísimo en cómo nos percibimos.
Cuando alguien nos desea, puede producir una sensación poderosa.
Nos sentimos atractivos.
Especiales.
Elegidos.
Importantes.
Incluso más seguros.
El problema aparece cuando ese espejo se vuelve imprescindible.
Porque entonces nuestra autoestima empieza a depender de algo que no controlamos:
la atención de los demás.
Y cuando la atención desaparece, también puede desaparecer parte de nuestra seguridad.
El peligro está en necesitar una confirmación constante
Imaginemos esta situación.
Una persona recibe mucha atención.
Se siente increíble.
Tiene conversaciones.
Recibe cumplidos.
Siente que genera interés.
Pero después pasa un día sin recibir ningún mensaje.
Y algo cambia.
Empieza a preguntarse:
“¿Qué pasó?”
“¿Ya no gusto?”
“¿Estaré menos atractivo?”
“¿Por qué nadie me escribe?”
La realidad probablemente no haya cambiado.
Pero la percepción sí.
Y entonces aparece la necesidad de buscar nuevamente esa confirmación.
Una pequeña dosis de validación calma la inseguridad.
Hasta que la inseguridad vuelve.
Y vuelve a empezar.
El círculo de la validación
Puede funcionar de una manera bastante sencilla:
Inseguridad → búsqueda de atención → validación → alivio → nueva inseguridad → nueva búsqueda.
El problema es que cada vuelta del círculo puede hacer que necesitemos más.
Más mensajes.
Más personas.
Más atención.
Más aprobación.
Más confirmaciones.
Y lo paradójico es que ninguna cantidad parece suficiente durante demasiado tiempo.
Porque estamos intentando solucionar una inseguridad interna utilizando una fuente externa.
Y las fuentes externas son variables.
Hoy alguien nos desea.
Mañana puede no hacerlo.
Hoy recibimos veinte mensajes.
Mañana ninguno.
Hoy nos sentimos irresistibles.
Mañana necesitamos que alguien vuelva a demostrárnoslo.
Las redes sociales pueden potenciarlo
Vivimos en una época particularmente interesante para esto.
Nunca fue tan fácil recibir pequeñas señales de aprobación.
Un like.
Una reacción.
Un comentario.
Un mensaje privado.
Una respuesta a una historia.
Una persona que comienza a seguirnos.
Pequeñas señales que pueden funcionar como microconfirmaciones de nuestra imagen.
Y cuando además existe contenido donde mostramos constantemente nuestra apariencia, nuestra vida o nuestra personalidad, la respuesta de los demás puede convertirse fácilmente en un indicador de autoestima.
No significa que cada persona que disfruta de los likes tenga un problema.
Por supuesto que no.
Pero vale la pena preguntarse:
“¿Me gusta compartir esto o necesito comprobar qué reacción provoca?”
Son cosas diferentes.
¿Y qué pasa cuando ya tenés pareja?
Acá la cuestión se vuelve todavía más interesante.
Porque algunas personas creen que cuando entran en una relación dejan automáticamente de necesitar validación externa.
Pero no siempre ocurre.
Podemos estar profundamente enamorados y seguir necesitando sentir que otras personas nos encuentran atractivos.
Podemos querer a nuestra pareja y disfrutar cuando alguien nos coquetea.
Podemos estar felices en nuestra relación y, aun así, buscar constantemente atención.
Eso no significa automáticamente que queramos ser infieles.
Pero sí puede revelar algo:
quizás nuestra pareja no sea suficiente para calmar una inseguridad que en realidad nació dentro de nosotros.
“Si puedo conseguirlo, entonces valgo”
Este pensamiento puede aparecer de manera muy silenciosa.
No necesariamente lo formulamos así.
Pero puede funcionar internamente:
“Si esa persona me quiere, significa que soy atractivo.”
“Si puedo conquistarla, significa que valgo.”
“Si todavía genero deseo, significa que no estoy perdiendo atractivo.”
“Si alguien más me elegiría, entonces mi pareja no es la única que podría quererme.”
Y entonces el deseo de otra persona deja de ser solamente deseo.
Se convierte en una especie de certificado.
“Alguien me eligió, por lo tanto valgo.”
Pero ningún certificado externo puede resolver permanentemente una inseguridad interna.
El problema no es querer gustar
Esto merece aclararse.
Querer gustar es humano.
Disfrutar de un cumplido es humano.
Sentirse atractivo es agradable.
Disfrutar de la seducción puede ser parte de una sexualidad saludable.
No necesitamos convertir todo en un problema psicológico.
La pregunta es otra:
¿Qué pasa cuando nadie te está mirando?
Si podés sentirte bien con vos mismo incluso cuando no recibís atención, probablemente la validación externa sea simplemente un plus.
Si necesitás constantemente que alguien te confirme que sos atractivo para sentirte bien, quizás haya algo más profundo para explorar.
¿Por qué necesitamos sentirnos deseados?
No existe una única explicación.
Puede haber inseguridad.
Experiencias de rechazo.
Cambios físicos.
Envejecimiento.
Comparaciones.
Relaciones anteriores.
Necesidad de reconocimiento.
Miedo a dejar de ser atractivo.
Dificultad para reconocer nuestro propio valor.
O simplemente una personalidad que encuentra mucha satisfacción en la seducción.
Y a veces pueden coexistir varias cosas.
Por eso no sirve etiquetar rápidamente a alguien como “narcisista”, “infiel” o “superficial”.
La conducta puede parecer la misma, pero la necesidad que existe detrás puede ser completamente diferente.
Hay una pregunta especialmente incómoda
Supongamos que mañana nadie te prestara atención.
Nadie te coqueteara.
Nadie reaccionara a tus fotos.
Nadie te enviara un mensaje insinuante.
Nadie intentara conquistarte.
¿Seguirías sintiéndote atractivo?
No significa que debas responder “sí” inmediatamente.
La pregunta simplemente permite observar cuánto de nuestra percepción personal depende de la mirada externa.
Porque sentirse deseado por otros puede ser maravilloso.
Pero sentir que necesitás ser deseado por otros para sentirte bien puede convertirse en una prisión.
¿Y si no buscás personas? ¿Y si buscás confirmaciones?
Esta diferencia puede cambiar completamente la interpretación.
Quizás no te interesan realmente esas personas.
Quizás no querés una relación con ellas.
Quizás ni siquiera querés llegar a conocerlas.
Pero necesitás comprobar que podrías conseguirlas.
Entonces aparece una pregunta todavía más incómoda:
¿Querés a esa persona o necesitás saber que esa persona te quiere?
Porque son dos deseos completamente diferentes.
Uno está dirigido hacia el otro.
El segundo está dirigido hacia nosotros mismos.
Cuando la conquista termina, ¿qué queda?
Esta pregunta puede revelar muchísimo.
Algunas personas sienten una enorme excitación mientras alguien intenta conquistarlas.
Pero una vez que consiguen su atención, pierden rápidamente el interés.
¿Por qué?
Porque quizás el verdadero objetivo no era establecer un vínculo.
Era conseguir la confirmación.
“Pude hacerlo.”
Y cuando esa confirmación llega, el desafío desaparece.
Entonces aparece otra persona.
Otro objetivo.
Otra conquista.
Otra dosis de validación.
Y el ciclo continúa.
La seducción puede convertirse en una forma de escapar
A veces buscar atención externa no tiene tanto que ver con el sexo.
Puede ser una manera de escapar de cómo nos sentimos.
Cuando estamos aburridos.
Cuando estamos inseguros.
Cuando estamos atravesando una crisis.
Cuando nuestra relación está estancada.
Cuando necesitamos sentirnos vivos.
Cuando queremos recordar una versión más joven o más deseada de nosotros mismos.
Una conversación coqueta puede cambiar nuestro estado de ánimo en cuestión de minutos.
Y precisamente por eso puede convertirse en un recurso al que recurrimos cada vez que necesitamos sentirnos mejor.
Pero hay algo que nadie puede hacer por nosotros
Nadie puede darnos autoestima de manera permanente.
Otra persona puede hacernos sentir deseados.
Puede hacernos sentir atractivos.
Puede admirarnos.
Puede buscarnos.
Puede decirnos cosas maravillosas.
Pero no puede garantizar que mañana sigamos sintiéndonos así.
Porque esa sensación depende de una fuente externa.
Y las fuentes externas cambian.
Por eso una sexualidad saludable también implica desarrollar una relación propia con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestro valor.
No necesitamos dejar de disfrutar de la mirada de los demás. Necesitamos que nuestra autoestima no dependa completamente de ella.
¿Y qué tiene que ver esto con el deseo?
Muchísimo.
Porque cuando confundimos deseo con validación podemos terminar buscando personas que nos atraen menos de lo que creemos.
Quizás no nos interesa realmente esa persona.
Nos interesa que nos encuentre atractivos.
Quizás no queremos estar con ella.
Queremos saber que podríamos estarlo.
Quizás no buscamos una experiencia sexual.
Buscamos la sensación de ser elegidos.
Y reconocer esa diferencia puede cambiar completamente la manera en que entendemos nuestras propias conductas.
No todo deseo de ser deseado es inseguridad
También existe otra posibilidad.
Hay personas que simplemente disfrutan de la seducción.
Les gusta llamar la atención.
Disfrutan del juego.
Se sienten cómodas con su sexualidad.
Y no necesitan que eso les confirme su valor.
La diferencia está en la dependencia.
Disfrutar de la atención es una cosa. Necesitarla para sentirte bien es otra.
Y esa diferencia solamente la puede conocer realmente la persona que está viviendo la situación.
La pregunta que te puede dejar pensando
La próxima vez que alguien te preste mucha atención y sientas esa satisfacción inmediata, preguntate:
“¿Me gusta esta persona… o me gusta que esta persona me desee?”
No son lo mismo.
Y si la respuesta es la segunda, tampoco significa que haya algo malo en vos.
Simplemente puede ser una pista.
Quizás estás buscando seguridad.
Quizás reconocimiento.
Quizás sentirte atractivo.
Quizás recuperar una parte de tu autoestima.
Quizás comprobar que todavía podés despertar deseo.
Y descubrirlo puede ser mucho más útil que juzgarlo.
La reflexión de la Doctora Lust
Nos gusta sentirnos deseados.
Nos gusta que nos miren.
Nos gusta gustar.
Y sí, incluso nos puede gustar saber que todavía podríamos conquistar a alguien.
Somos humanos.
No hay que convertir cada deseo en un problema.
Pero existe una diferencia fundamental:
una cosa es disfrutar de sentirte deseado; otra es necesitar que alguien te desee para sentir que valés.
Porque cuando tu autoestima depende de cuántas personas quieren tenerte…
siempre vas a necesitar una persona más.
Un mensaje más.
Un like más.
Una conquista más.
Una confirmación más.
Y quizás la verdadera libertad no sea dejar de querer gustar.
Quizás sea poder mirarte al espejo un día en el que nadie te está buscando y pensar:
“Aunque hoy nadie me desee, yo sé quién soy.”
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo
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