Tu amante no necesariamente te gusta más. Puede que simplemente no conozca tu peor versión.
Hay una frase que aparece con frecuencia cuando alguien se enamora de otra persona:
“Con él/ella es diferente.”
Y puede ser verdad.
Puede existir más química.
Más deseo.
Más conversación.
Más espontaneidad.
Más intensidad.
Pero también existe una pregunta que casi nadie quiere hacerse:
¿Te gusta más esa persona… o te gusta más la versión de vos mismo que aparece cuando estás con ella?
Porque hay algo que una relación nueva tiene a su favor y una relación estable suele perder:
todavía no existe demasiada realidad.
No hay cuentas que pagar juntos.
No hay discusiones por cosas domésticas.
No hay malos días compartidos.
No hay rutinas.
No hay silencios incómodos acumulados.
No hay hábitos que conocemos de memoria.
No hay que convivir con todo aquello que hace que una persona sea, justamente, una persona.
Y ahí comienza una de las trampas más interesantes del deseo.
La fantasía tiene una ventaja: todavía no tiene demasiados defectos
Cuando conocemos a alguien fuera de nuestra rutina cotidiana, solemos encontrarnos con una versión seleccionada.
Nos mostramos más atractivos.
Más divertidos.
Más atentos.
Más disponibles.
Más interesantes.
Y la otra persona también.
Es lógico.
En las primeras etapas de una relación solemos mostrar aquello que queremos que el otro conozca de nosotros.
No necesariamente estamos mintiendo.
Simplemente todavía no existe suficiente tiempo compartido como para que aparezca todo lo demás.
Por eso una relación nueva puede sentirse extraordinariamente intensa.
Todavía estamos descubriendo.
Y descubrir es combustible para el deseo.
Con tu pareja no solamente conocés su mejor versión
También conocés la que no aparece en una primera cita.
Sabés cómo reacciona cuando está cansada.
Qué hace cuando está de mal humor.
Cómo maneja el estrés.
Qué cosas la irritan.
Qué hábitos tiene.
Cómo discute.
Qué inseguridades arrastra.
Qué necesita cuando algo sale mal.
Y probablemente esa persona también conoce todo eso de vos.
La intimidad tiene una paradoja:
cuanto más conocemos a alguien, menos espacio queda para idealizarlo.
Y eso no significa necesariamente que haya menos amor.
Significa que hay menos fantasía.
El amante puede convertirse en una especie de “zona sin rutina”
Cuando una relación paralela existe, muchas veces los encuentros ocurren en momentos especialmente seleccionados.
Una cena.
Un mensaje.
Una escapada.
Un encuentro esperado durante días.
Una conversación hasta la madrugada.
Todo está concentrado.
No hay que atravesar necesariamente el resto de la vida cotidiana.
Y cuando eliminamos la rutina, eliminamos también una parte importante de las fricciones que existen en cualquier vínculo.
Por eso puede aparecer la sensación:
“Con esta persona todo es fácil.”
Pero quizás no sabemos si sería fácil.
Todavía no tuvimos la oportunidad de comprobarlo.
El deseo se alimenta de lo que todavía no conocemos
Hay algo fascinante en la incertidumbre.
Cuando no conocemos completamente a una persona, nuestra mente completa los espacios vacíos.
Y generalmente los completa con aquello que esperamos encontrar.
Si alguien nos atrae, tendemos a interpretar determinadas características de manera favorable.
Su seguridad puede parecernos irresistible.
Su misterio, fascinante.
Su independencia, atractiva.
Su distancia, provocadora.
Y aquello que todavía no conocemos puede convertirse fácilmente en aquello que imaginamos.
La fantasía rellena los espacios en blanco.
“Con mi amante puedo ser yo mismo”
Esta frase merece atención.
Porque muchas veces puede ser absolutamente cierta.
Quizás esa persona realmente nos permite expresarnos de una manera que nuestra pareja no facilita.
Quizás existe una comunicación diferente.
Quizás nos sentimos más escuchados.
Más deseados.
Más libres.
Más espontáneos.
Eso no debería ser ignorado.
Pero también vale la pena preguntarse:
¿Estoy siendo yo mismo… o estoy siendo una versión de mí que todavía no tuvo que enfrentarse a las consecuencias de la convivencia?
Porque ser nosotros mismos cuando todo funciona es relativamente fácil.
La verdadera compatibilidad aparece cuando aparecen los problemas.
La comparación suele ser injusta
Comparar a una pareja estable con un amante puede ser como comparar dos películas.
Una lleva cinco temporadas.
La otra acaba de estrenarse.
Una tiene personajes secundarios, conflictos, capítulos malos y momentos extraordinarios.
La otra todavía tiene misterio.
¿Quién va a parecer más emocionante?
Probablemente la segunda.
Pero eso no demuestra que sea una historia mejor.
Demuestra que todavía no sabemos cómo continúa.
También puede existir una necesidad legítima detrás de la atracción
Esto es importante.
No todo interés por otra persona significa que la relación actual esté condenada.
Pero tampoco significa que haya que ignorarlo.
A veces la aparición de alguien nuevo pone en evidencia algo que estaba faltando:
Más atención.
Más conversación.
Más erotismo.
Más novedad.
Más reconocimiento.
Más libertad.
Más aventura.
Más sensación de ser deseado.
La tercera persona puede no ser necesariamente “la solución”.
Pero puede funcionar como un espejo.
Nos muestra algo que estábamos necesitando mirar.
¿Te gusta esa persona o cómo te sentís cuando está con vos?
Esta puede ser una de las preguntas más incómodas.
Porque quizás no estés completamente fascinado por esa persona.
Quizás estés fascinado por quién sos cuando esa persona te mira.
Más atractivo.
Más interesante.
Más deseado.
Más joven.
Más libre.
Más seguro.
Más sexual.
Y entonces el objeto de deseo no es solamente el otro.
También es la versión de vos que aparece frente a sus ojos.
Eso puede ser tremendamente poderoso.
La química existe. Pero la química no es compatibilidad
No hay que negar la química.
Existe.
Y puede ser extraordinariamente intensa.
Dos personas pueden sentir una atracción inmediata y genuina.
Pero la química responde a una pregunta:
“¿Qué siento cuando estoy con vos?”
La compatibilidad responde a otra:
“¿Cómo funcionamos juntos cuando la vida deja de ser excitante?”
Son preguntas diferentes.
Una puede existir sin la otra.
Y confundirlas puede llevarnos a tomar decisiones importantes basándonos exclusivamente en intensidad.
¿Y si el problema no es tu pareja?
A veces la comparación con una persona nueva lleva a una conclusión automática:
“Mi pareja ya no me gusta.”
Pero quizás el problema sea otro.
Quizás la relación necesita recuperar espacios de novedad.
Quizás el deseo quedó atrapado en la rutina.
Quizás dejaron de mirarse como amantes y comenzaron a funcionar solamente como compañeros de vida.
Quizás existe resentimiento acumulado.
Quizás dejaron de hablar.
O quizás, sí, el vínculo cambió y ya no existe el mismo deseo.
La cuestión es descubrir cuál de esas cosas está ocurriendo.
El amante tampoco conoce necesariamente tu peor versión
Esta es la parte que suele incomodar.
Quizás tu amante te conoce profundamente en algunos aspectos.
Pero eso no significa que te conozca completamente.
Todavía puede no haber visto cómo reaccionás cuando estás agotado.
Cómo manejás la frustración.
Cómo enfrentás una crisis.
Cómo resolvés un problema económico.
Cómo cuidás a alguien cuando está enfermo.
Cómo discutís cuando tenés miedo.
Cómo actuás cuando las cosas no salen como querés.
Y vos tampoco necesariamente conocés todo eso de esa persona.
No porque la relación sea falsa.
Sino porque todavía no tuvo tiempo de atravesar todas las estaciones.
Entonces, ¿el amante puede gustarte más?
Por supuesto.
Puede existir una compatibilidad real.
Puede aparecer un vínculo profundo.
Puede haber una conexión que no existía en tu relación anterior.
No se trata de decir que el amante es “solamente fantasía”.
Eso sería tan simplista como afirmar que la pareja estable necesariamente es mejor.
La cuestión es otra:
antes de decidir que alguien nuevo es mejor, hay que comprobar cuánto conocemos realmente de esa persona.
Porque a veces estamos comparando una persona real con una versión editada de otra.
La pregunta que casi nadie quiere responder
Si mañana tu amante pasara a formar parte de tu vida cotidiana…
¿Seguiría pareciéndote igual de irresistible?
Si tuviera que convivir con vos.
Si conociera tus malos días.
Si aparecieran discusiones.
Si desapareciera el secreto.
Si ya no hubiera que esperar para verse.
Si la incertidumbre desapareciera.
Si dejara de existir esa sensación de “esto no debería estar pasando”.
¿Seguiría existiendo el mismo deseo?
No hay una respuesta correcta.
Pero vale la pena hacerse la pregunta.
Porque quizá no estás enamorado de una persona
Quizás estás enamorado de una posibilidad.
De una vida diferente.
De una versión diferente de vos.
De cómo te sentís cuando alguien nuevo te mira.
De la sensación de volver a ser deseado.
De la adrenalina.
Del secreto.
De la novedad.
De escapar durante unas horas de una vida que quizás se volvió demasiado previsible.
Y entender eso no significa invalidar lo que sentís.
Significa separar las cosas.
Deseo.
Fantasía.
Amor.
Compatibilidad.
Rutina.
Necesidad.
No son sinónimos.
La reflexión de la Doctora Lust
Una persona nueva puede hacernos sentir cosas que habíamos olvidado.
Puede despertar nuestro deseo.
Puede devolvernos curiosidad.
Puede hacernos recordar una parte de nosotros que estaba dormida.
Y eso merece ser escuchado.
Pero antes de concluir que encontramos a alguien “mejor”, quizás convenga hacernos una pregunta mucho más incómoda:
¿Estoy viendo realmente a esta persona… o estoy viendo todo lo que todavía no conozco de ella?
Porque la fantasía tiene una ventaja enorme:
no tiene que lavar los platos, atravesar una crisis ni conocernos cuando estamos insoportables.
La realidad sí.
Y quizás por eso la verdadera prueba del deseo no sea cuánto nos atrae alguien cuando todo es nuevo.
Sino qué queda cuando la novedad desaparece.
— Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo


