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El complejo de Edipo: cuando el deseo también se construye en la infancia

BLOG 10 — SIGMUND FREUD

El complejo de Edipo: cuando el deseo también se construye en la infancia

Hay una idea de Freud que provocó enormes debates y que todavía hoy genera preguntas:

¿Cómo se construye nuestro deseo?

Para Freud, la sexualidad no comenzaba en la adolescencia ni aparecía mágicamente cuando llegaba la pubertad.

La vida psíquica y la búsqueda de placer comenzaban mucho antes.

Y dentro de ese desarrollo, Freud propuso uno de sus conceptos más conocidos:

el complejo de Edipo.

Un concepto que intentaba explicar cómo, durante la infancia, se construyen determinados deseos, identificaciones y vínculos afectivos que participan en el desarrollo de la personalidad.

Pero antes de entrar en el tema, hay algo importante:

la teoría freudiana sobre la sexualidad infantil pertenece a un contexto histórico determinado y muchas de sus formulaciones fueron posteriormente cuestionadas, reformuladas o rechazadas.

Entonces, ¿por qué seguimos hablando de ella?

Porque cambió para siempre la manera en que pensamos la relación entre infancia, deseo, vínculos e identidad.


¿Qué es el complejo de Edipo?

Freud tomó el nombre de una tragedia de la antigua Grecia: Edipo Rey, de Sófocles.

En términos generales, propuso que durante una etapa del desarrollo infantil pueden aparecer sentimientos de apego, rivalidad e identificación alrededor de las figuras parentales.

La formulación clásica describe un fuerte apego hacia uno de los progenitores y sentimientos de rivalidad hacia el otro.

Pero reducirlo simplemente a:

“un niño quiere casarse con su mamá”

es una simplificación enorme.

La propuesta freudiana era mucho más compleja.

Se trataba de cómo el niño comienza a organizar sus deseos, sus identificaciones y su lugar dentro de los vínculos familiares.


El deseo infantil no es el deseo adulto

Esta distinción es fundamental.

Cuando Freud hablaba de sexualidad infantil, no estaba hablando de sexualidad adulta.

El concepto de sexualidad en el psicoanálisis era mucho más amplio y estaba relacionado con la búsqueda de placer, el vínculo con el cuerpo y las experiencias que producen satisfacción.

Un bebé que disfruta del contacto físico.

Un niño que descubre sensaciones corporales.

La curiosidad por el propio cuerpo.

El placer asociado al cuidado y al contacto.

Todo eso formaba parte, para Freud, del desarrollo de la sexualidad.

No se trata de interpretar la infancia con categorías sexuales adultas.

Y esta diferencia es indispensable para entender correctamente su teoría.


La familia como primer escenario de los vínculos

Durante la infancia aprendemos muchísimo sobre las relaciones humanas.

Aprendemos quién nos cuida.

Quién nos protege.

Quién nos pone límites.

Cómo recibimos afecto.

Cómo expresamos nuestras necesidades.

Cómo reaccionan los demás frente a nuestras emociones.

Y también comenzamos a construir identificaciones.

Observamos a las personas que nos rodean y empezamos a incorporar formas de relacionarnos, de comportarnos y de entender el mundo.

Para Freud, estas primeras experiencias tenían un peso enorme en la formación de la personalidad.


Deseo, rivalidad e identificación

Uno de los elementos centrales del complejo de Edipo es la identificación.

El niño no solamente desea afecto.

También observa y aprende.

Puede querer parecerse a una figura significativa.

Puede incorporar características de ella.

Puede intentar ocupar un determinado lugar dentro de la estructura familiar.

Y, según Freud, la resolución de estos conflictos infantiles contribuiría al desarrollo del Superyó y a la incorporación de normas y valores.

Es decir:

no se trata solamente de quién queremos. También se trata de quién aprendemos a ser.


¿Y qué tiene que ver esto con nuestra sexualidad adulta?

Acá es donde la teoría freudiana se vuelve especialmente interesante.

Freud pensaba que nuestras primeras experiencias afectivas podían participar en la construcción de nuestra vida psíquica posterior.

No significa que cada elección de pareja adulta sea una repetición directa de nuestra relación con nuestros padres.

Eso sería una simplificación excesiva.

Pero sí podemos reconocer que aprendemos a vincularnos desde muy temprano.

Aprendemos qué esperamos del afecto.

Cómo reaccionamos frente a la distancia.

Cómo buscamos aprobación.

Cómo recibimos límites.

Cómo expresamos cariño.

Y esas experiencias pueden formar parte de nuestra historia emocional.


No somos prisioneros de nuestra infancia

Este punto es fundamental.

Hablar de la influencia de la infancia no significa decir que nuestro futuro está decidido desde pequeños.

Las personas cambiamos.

Aprendemos.

Construimos nuevas experiencias.

Tenemos vínculos diferentes.

Desarrollamos recursos.

Cuestionamos aquello que aprendimos.

Por eso, nuestra historia puede influir en nosotros sin convertirse necesariamente en nuestro destino.

Entender de dónde venimos no significa quedar atrapados allí.


El complejo de Edipo también fue muy cuestionado

Y acá es importante ser honestos con Freud.

El complejo de Edipo es una de las partes más debatidas de su teoría.

Sus formulaciones originales estuvieron profundamente influenciadas por las ideas culturales y científicas de su época, y posteriormente diferentes corrientes de la psicología y el psicoanálisis cuestionaron su alcance, su universalidad y algunas de sus interpretaciones.

Por eso hoy no debería presentarse como una verdad científica indiscutible.

Es más útil entenderlo como un concepto histórico del psicoanálisis que abrió una discusión enorme sobre cómo se forman nuestros deseos, vínculos e identificaciones.


Lo verdaderamente revolucionario fue la pregunta

Más allá de si aceptamos o no la teoría de Freud, hay una pregunta que permanece:

¿Cuánto de nuestra manera de relacionarnos comenzó a construirse antes de que pudiéramos recordarlo?

Porque durante la infancia aprendemos cosas que después pueden parecernos completamente naturales.

Cómo buscamos afecto.

Qué esperamos de los demás.

Cómo respondemos al rechazo.

Qué significa para nosotros sentirnos elegidos.

Cómo manejamos los celos.

Cómo reaccionamos ante la distancia.

Muchas de esas experiencias comienzan mucho antes de nuestras primeras relaciones amorosas.


Y quizás ahí aparezca algo que todavía hacemos de adultos

Todos tenemos una historia.

Y esa historia puede influir en la forma en que buscamos amor, atención, reconocimiento e intimidad.

A veces queremos sentirnos elegidos.

A veces necesitamos aprobación.

A veces tememos perder a alguien incluso cuando no existe una amenaza real.

A veces interpretamos una distancia mínima como rechazo.

Y otras veces buscamos relaciones que nos resultan familiares.

No necesariamente porque queramos repetir nuestro pasado.

Quizás porque lo conocido puede sentirse extrañamente seguro.


La sexualidad también tiene una historia

Cuando hablamos de deseo adulto, muchas veces pensamos solamente en el presente.

Pero nuestra sexualidad tiene una historia.

Está atravesada por lo que aprendimos sobre el cuerpo.

Por cómo nos hablaron del placer.

Por las normas que recibimos.

Por nuestras primeras experiencias afectivas.

Por aquello que nos permitieron preguntar.

Y también por aquello que nos hicieron sentir que era mejor no preguntar.

Por eso conocernos sexualmente no consiste únicamente en descubrir qué nos gusta hoy.

También puede implicar preguntarnos:

“¿Qué aprendí sobre el deseo?”


La pregunta no es quién fue nuestro primer amor

Quizás el verdadero aporte que podemos rescatar hoy del concepto de Edipo no sea buscar una explicación literal para nuestras relaciones.

Es mirar cómo aprendimos a vincularnos.

¿Qué significa para nosotros ser queridos?

¿Qué hacemos cuando sentimos que alguien puede alejarnos?

¿Cómo reaccionamos frente a los límites?

¿Buscamos aprobación?

¿Nos cuesta separarnos?

¿Necesitamos sentirnos elegidos constantemente?

Estas preguntas pueden ser mucho más útiles que intentar encontrar una correspondencia exacta entre nuestra infancia y cada relación adulta.


🖤 La pregunta de Doctora Lust

Tal vez nunca te hayas preguntado:

¿Qué aprendiste sobre el amor antes de aprender a amar?

Antes de tus primeras parejas.

Antes de tus primeras experiencias sexuales.

Antes incluso de saber qué era el deseo.

Ya estabas aprendiendo.

Aprendiendo qué significaba recibir afecto.

Qué significaba perderlo.

Qué significaba sentirse elegido.

Qué significaba sentirse rechazado.

Y quizás algunas de esas primeras lecciones todavía aparezcan, de vez en cuando, en tus vínculos adultos.

No para condenarte a repetirlas.

Sino para darte la posibilidad de reconocerlas.

Porque conocerte también significa descubrir que algunas cosas que hoy llamás “mi forma de ser” quizás alguna vez fueron simplemente una forma de aprender a relacionarte.