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EL MENSAJE DE LAS 22:17

LOS ESCRITOS DE DÉSIRÉE — HISTORIAS ARDIENTES

EL MENSAJE DE LAS 22:17

🌶️🌶️ / 5

Hay noches que no empiezan con una fantasía.

Empiezan con un mensaje.


Clara y Martín llevaban siete años juntos.

No eran de grandes demostraciones.

Tampoco las necesitaban.

Habían aprendido a entenderse con pequeños gestos: una mirada desde la otra punta de una mesa, una mano apoyada sobre la pierna mientras miraban televisión, un café preparado exactamente como le gustaba al otro.

Su relación tenía esa tranquilidad que llega después de muchos años.

Pero también tenía sus rutinas.

Demasiadas, quizás.

Aquella noche Martín tenía que trabajar hasta tarde.

Había avisado durante la tarde.

—No me esperes para cenar.

—Bueno —respondió Clara.

Una respuesta absolutamente normal.

A las 21:46, Clara cenó sola.

A las 22:03 lavó los platos.

A las 22:12 se puso el pijama.

Y a las 22:17, su teléfono vibró.

Era Martín.

El mensaje tenía una sola línea.

“Hoy no vuelvo temprano. Hacé algo que no haríamos normalmente.”

Clara lo leyó dos veces.

Después sonrió.

—¿Qué se supone que significa eso?

No hubo respuesta.

Esperó.

Nada.

Dejó el teléfono sobre la mesa.

Lo volvió a agarrar.

Nada.

Entonces empezó a pensar.

¿Qué era algo que normalmente no harían?

Miró alrededor.

La casa estaba exactamente como cualquier otra noche.

El sillón.

La televisión apagada.

La mesa de la cocina.

La copa que había usado para tomar vino.

Todo demasiado conocido.

Clara se levantó.

Fue hasta el equipo de música.

Hacía meses que no lo usaba.

Eligió una canción.

Después otra.

Abrió una botella de vino que habían guardado para una ocasión especial.

Sirvió una copa.

Y se quedó unos segundos mirando el reflejo de la cocina en la ventana.

Quizás la ocasión especial no tenía que llegar sola.

Quizás había que inventarla.


A las 22:41, Clara volvió a su habitación.

Abrió el placard.

Miró la ropa.

Descartó varias opciones.

Finalmente eligió un vestido que casi nunca usaba.

No porque fuera demasiado elegante.

Sino porque Martín siempre decía que le quedaba especialmente bien.

Se soltó el pelo.

Se puso unas gotas de perfume.

Nada exagerado.

El mismo perfume que había usado aquella primera noche que salieron juntos.

Cuando terminó, volvió a mirar el teléfono.

22:56.

Todavía no había respuesta.

Clara escribió:

“Estoy haciendo algo que normalmente no haríamos.”

Lo pensó.

Y agregó:

“Espero que llegues.”

Envió el mensaje.

Esta vez la respuesta llegó casi inmediatamente.

“Llegaré.”

Nada más.


A las 23:18, la llave giró en la puerta.

Martín entró cansado.

Dejó las llaves.

Se quitó el abrigo.

Y entonces la vio.

Clara estaba sentada en el sillón, con una copa de vino en la mano.

La música sonaba baja.

Había dos copas sobre la mesa.

Martín sonrió.

—¿Qué hiciste?

Clara levantó su copa.

—Lo que me pediste.

Él dejó el bolso.

—¿Y qué te pedí?

Ella lo miró.

—Algo que normalmente no haríamos.

Martín observó la escena.

La música.

La botella abierta.

El vestido.

El perfume.

Y finalmente ella.

—Creo que entendiste bastante bien el mensaje.

Clara sonrió.

—Todavía no terminé.

Se levantó.

Tomó su mano.

Y lo llevó hacia la cocina.

Había preparado algo sencillo.

Nada de restaurante.

Nada de reservas.

Nada de grandes gastos.

Solo dos platos, una botella de vino y una mesa pequeña junto a la ventana.

Martín se sentó.

—¿Sabés qué es lo raro?

—¿Qué?

—Que hace siete años que estamos juntos y nunca hicimos esto.

Clara sonrió.

—Por eso.


Comieron lentamente.

Hablaron de cosas que hacía tiempo no hablaban.

De cuando se conocieron.

De la primera película que fueron a ver juntos.

De aquel viaje que nunca hicieron.

De todas las cosas que habían postergado porque siempre parecía haber tiempo.

En algún momento, Martín tomó su copa.

—Deberíamos hacer esto más seguido.

Clara negó con la cabeza.

—No.

Él la miró sorprendido.

—¿No?

—No.

Sonrió.

—Si lo hacemos más seguido, deja de ser especial.

Martín levantó la copa.

—Entonces habrá que esperar otro mensaje.

Clara chocó suavemente su copa contra la de él.

—O mandar uno.


Más tarde, cuando la música terminó y la botella quedó vacía, Martín tomó el teléfono.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Sí.

—¿Por qué 22:17?

Clara frunció el ceño.

—¿Qué?

—El mensaje. Me dijiste que llegó a las 22:17.

Ella sonrió.

—Porque miré la hora.

Martín se quedó pensando.

—¿Y si hubiera llegado a las 22:18?

Clara se acercó.

—Entonces esta historia se llamaría El mensaje de las 22:18.

Él se rio.

—No tiene mucho misterio.

Clara apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Las mejores cosas tampoco.

Y quizá tenía razón.

Porque aquella noche no había habido una gran fantasía.

No había habido secretos.

No había habido terceros.

Solo dos personas que, después de siete años, habían decidido por unas horas olvidarse de la rutina.

A veces eso alcanza.

A veces una pareja no necesita buscar algo nuevo.

Solo necesita recordar cómo era mirarse como si todavía estuvieran descubriéndose.

Así lo cuenta Désirée.

Y algunas invitaciones no necesitan una dirección.

Solo una hora.

 

22:17.