Cuando una fantasía se convierte en una historia de deseo
Por Désirée
Hay fantasías que no piden ser cumplidas.
Piden ser contadas.
A veces comienzan con algo insignificante.
Una mirada que dura un segundo más de lo necesario.
Una conversación que podría haber terminado, pero continúa.
Una puerta que se cierra.
Una habitación diferente.
Un personaje que, por un instante, deja de ser quien todos conocen.
Y entonces aparece algo.
No necesariamente una acción.
Una posibilidad.
La fantasía empieza antes de que ocurra nada
Quizás por eso las historias tienen tanto poder sobre el deseo.
Porque permiten que la imaginación haga su trabajo.
Un personaje puede sentirse observado sin que nadie lo toque.
Puede sentirse deseado sin que nadie se lo diga.
Puede imaginar qué sucedería si cambiara las reglas.
Y en ese espacio entre lo que ocurre y lo que podría ocurrir aparece una de las partes más interesantes del deseo:
la expectativa.
Lo que todavía no sucedió.
Lo que podría suceder.
Lo que quizás nunca suceda.
Esa noche, ella decidió jugar
No había preparado nada especial.
La cena había terminado hacía rato y la casa estaba tranquila.
Él estaba sentado en el sillón, mirando distraídamente el teléfono.
Ella apareció en la puerta del dormitorio.
No dijo nada.
Simplemente lo miró.
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Ella sonrió.
—Nada.
Y se fue.
Unos minutos después volvió.
Esta vez llevaba algo diferente.
No era un disfraz.
No necesitaba serlo.
Era simplemente otra versión de ella.
Una que él conocía poco.
—Esta noche —dijo— quiero que hagamos algo distinto.
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué cosa?
Ella se acercó.
—Todavía no lo sé.
Y esa respuesta fue suficiente para cambiar el ambiente.
El poder de no saber
Hay algo fascinante en no conocer exactamente qué va a ocurrir.
El deseo puede alimentarse de esa incertidumbre.
Por eso muchas fantasías no necesitan demasiados detalles.
A veces alcanza con una escena.
Un personaje.
Una actitud.
Una frase.
El resto lo completa la imaginación.
Ella se sentó frente a él.
—Hoy no quiero ser yo.
Él sonrió.
—¿Y quién querés ser?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Alguien que todavía no conocés.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Y, de repente, el juego ya había comenzado.
No porque hubieran hecho nada extraordinario.
Sino porque habían aceptado una pequeña regla:
durante un rato, podían imaginar que eran otros.
Cambiar de personaje también puede cambiar la mirada
Eso es lo interesante de los juegos de fantasía.
No solamente permiten imaginar otra situación.
También permiten mirarnos de otra manera.
Una persona tímida puede sentirse segura.
Alguien acostumbrado a tomar decisiones puede experimentar el placer de dejar que otro conduzca.
Una pareja acostumbrada a una determinada dinámica puede descubrir que resulta estimulante invertirla.
No hace falta interpretar literalmente cada fantasía.
A veces el personaje solamente sirve como una puerta.
Una puerta hacia una parte de nosotros que normalmente permanece escondida.
La historia no necesita terminar como imaginabas
Esa noche tampoco hubo un guion.
Ella había comenzado el juego pensando que sabía cómo quería que terminara.
Pero después descubrió algo.
Le gustaba más la expectativa que el resultado.
Le gustaba verlo intentar descubrir quién era ella.
Le gustaba mantener un poco de misterio.
Le gustaba decidir cuándo acercarse y cuándo retroceder.
Y comprendió que quizás la verdadera fantasía nunca había sido convertirse en otra persona.
Quizás había sido descubrir cómo se sentía cuando podía elegir quién quería ser.
Él también parecía haberlo entendido.
Por eso no preguntó demasiado.
Simplemente siguió jugando.
Porque el deseo también necesita espacio
Hay parejas que creen que para recuperar el deseo necesitan hacer algo completamente nuevo.
A veces no.
A veces necesitan imaginar algo nuevo.
Una historia.
Un personaje.
Una situación.
Un pequeño cambio de reglas.
La imaginación puede abrir una puerta que la rutina había cerrado.
Y quizás por eso algunas fantasías son tan poderosas.
No porque quieran convertirse en realidad.
Sino porque nos recuerdan que todavía tenemos un mundo entero dentro de nosotros.
Y después de la fantasía...
La historia puede terminar ahí.
O puede dejar una pregunta.
¿Y si la próxima vez elegimos nosotros el personaje?
Porque una fantasía compartida puede convertirse en un juego.
Y cuando dos personas deciden jugar, aparecen nuevas posibilidades: reglas, desafíos, preguntas, roles y pequeñas provocaciones que permiten llevar la imaginación a la pareja de una manera diferente.
Eso será territorio de Denise.
Porque después de entender la fantasía con Doctora Lust y de vivirla en una historia...
¿qué pasa cuando decidimos jugarla?
Continuará → Blog 15/36: Denise.


