LOS ESCRITOS DE DÉSIRÉE
HISTORIAS ARDIENTES
LA INVITACIÓN
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Hay matrimonios que necesitan grandes discusiones para darse cuenta de que algo cambió.
Y hay otros que simplemente necesitan una cena.
María Emilia y Augusto llevaban cinco años casados.
No eran una pareja de grandes sobresaltos. Tampoco lo necesitaban. Habían construido una vida ordenada, previsible y, en muchos aspectos, cómoda.
Tenían sus horarios, sus costumbres, sus pequeñas rutinas.
Y tenían una cena.
Una vez al mes, Augusto elegía uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad y llevaba a María Emilia.
No importaba demasiado cuál fuera el motivo.
A veces era simplemente porque había pasado otro mes.
Otras veces porque había sido un aniversario de algo que ninguno de los dos recordaba demasiado bien.
Pero la cena estaba.
Una mesa reservada.
Una botella de vino.
Dos platos que costaban bastante más de lo que gastarían cualquier otra noche.
Y, de vez en cuando, champagne.
Era casi un ritual.
El restaurante podía cambiar.
La conversación, no tanto.
—¿Qué querés pedir?
—Lo que quieras.
—¿Probamos el menú de degustación?
—Bueno.
Después hablaban del trabajo, de las cuentas, de algún conocido, de lo que había pasado durante la semana.
Y después volvían a casa.
No estaba mal.
Ese era justamente el problema.
Era siempre igual.
Aquella noche, Augusto había elegido uno de los cinco restaurantes más caros de la ciudad.
Desde la calle ya parecía otro mundo.
La entrada estaba iluminada apenas, con una luz cálida que se reflejaba sobre los vidrios oscuros. Adentro predominaban las mesas pequeñas, separadas entre sí lo suficiente para que cada conversación pareciera privada.
Manteles blancos.
Copas finísimas.
Cubiertos perfectamente alineados.
Una iluminación baja que hacía que todo pareciera más íntimo de lo que realmente era.
María Emilia llevaba un vestido negro sencillo.
No era nuevo.
Augusto lo conocía perfectamente.
Cuando terminaron el postre, él pidió la cuenta.
Mientras esperaba, miró a María Emilia y sonrió.
—Cinco años.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Cinco años invitándote a cenar.
María Emilia sonrió.
—¿Y?
—Y algún día podrías invitarme vos.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—¿Yo?
—Sí, vos.
—No me alcanza el sueldo para traerme a mí misma a este lugar.
Augusto se rio.
—Bueno, entonces vas a tener que buscar una solución.
—¿Qué solución?
Él hizo una pausa exagerada.
—No sé... abrí una página de contenido.
María Emilia lo miró durante un segundo.
—¿Una página de contenido?
—Sí.
—¿Y qué contenido haría yo?
Augusto levantó los hombros.
—El que quieras.
Los dos se rieron.
La cuenta llegó.
Augusto sacó la tarjeta.
Y el asunto pareció terminar ahí.
Pareció.
Porque algunas bromas tienen la mala costumbre de quedarse dando vueltas.
Durante los días siguientes, María Emilia recordó aquella conversación varias veces.
Al principio le causaba gracia.
Después empezó a preguntarse cómo funcionaban realmente esas páginas.
Una noche, mientras Augusto dormía, buscó información.
Después volvió a hacerlo al día siguiente.
Y al otro.
No era solamente el dinero.
Había algo más.
La idea de hacer algo que estuviera completamente fuera de la rutina le producía una mezcla extraña de curiosidad y nervios.
Una noche, finalmente, abrió una cuenta.
No le contó a Augusto.
Tampoco sabía muy bien qué estaba haciendo.
Empezó despacio.
Sin grandes expectativas.
Y descubrió algo inesperado.
Había personas dispuestas a pagar por verla.
Por sus fotos.
Por su estilo.
Por pequeños detalles que ella nunca había considerado especialmente importantes.
Una mirada.
Un vestido.
Una fotografía frente al espejo.
Una imagen cuidadosamente preparada.
Nada de aquello se parecía demasiado a la María Emilia que iba una vez por mes al mismo restaurante con el mismo marido y elegía casi siempre el mismo plato.
Pasaron los días.
Después las semanas.
Y María Emilia comenzó a hacerlo cada vez con más seguridad.
Descubrió qué funcionaba.
Qué ropa le gustaba mostrar.
Qué fotografías recibían más atención.
Qué podía guardar para sí misma.
Y, sobre todo, descubrió que podía jugar con esa nueva versión de ella sin dejar de ser quien era.
Augusto no preguntó demasiado.
Quizás porque no sospechaba nada.
Quizás porque pensaba que aquella broma había quedado enterrada aquella noche entre el postre y la cuenta.
Hasta que llegó el mes siguiente.
La noche de la nueva cena, María Emilia tardó más de lo habitual en prepararse.
Cuando finalmente salió de la habitación, Augusto levantó la vista.
Y se quedó callado.
El vestido era nuevo.
Negro, largo, de una caída elegante que acompañaba su figura sin necesidad de exagerarla. Tenía una abertura discreta que apenas aparecía cuando caminaba.
No era un vestido llamativo.
Era un vestido que sabía perfectamente lo que hacía.
María Emilia llevaba el cabello recogido de una manera sencilla.
En el cuello, una cadena fina brillaba apenas bajo la luz.
Augusto la miró.
—¿Eso es nuevo?
Ella tocó la cadena con los dedos.
—Sí.
—Es linda.
—Gracias.
Y entonces él percibió el perfume.
No era el que ella usaba habitualmente.
Tenía una fragancia más profunda, elegante, con notas dulces apenas perceptibles.
María Emilia pasó frente a él y tomó su cartera.
—¿Nos vamos?
Augusto todavía la estaba mirando.
—Sí.
El restaurante era todavía más impresionante de noche.
Las luces de la entrada parecían flotar sobre el vidrio.
El maître los recibió por su nombre.
Los condujo hasta una mesa apartada.
María Emilia se sentó.
Augusto lo hizo frente a ella.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
—Estás distinta —dijo finalmente él.
María Emilia sonrió.
—¿Distinta cómo?
—No sé.
Ella abrió la carta.
—Entonces debe ser algo bueno.
La cena comenzó.
Pero esa noche María Emilia parecía disfrutar cada detalle de una manera diferente.
El sonido de las copas.
La música baja.
El brillo de los cubiertos.
El aroma del pan recién horneado.
El camarero sirviendo el vino.
Todo parecía formar parte de una escena que ella había decidido dirigir.
Cuando llegó el momento de elegir el vino, Augusto tomó la carta.
—¿Pedimos el de siempre?
María Emilia negó con la cabeza.
—No.
Lo miró.
—Hoy quiero el más caro.
Augusto levantó las cejas.
—¿El más caro?
—El más caro.
Él sonrió.
—Bueno.
El camarero tomó nota.
María Emilia apoyó una mano sobre la mesa.
La cadena volvió a brillar.
Augusto la miró otra vez.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Estoy tratando de entender de dónde salió todo esto.
María Emilia sonrió.
—Después te cuento.
La cena terminó.
Augusto, como siempre, hizo el movimiento de buscar la tarjeta.
Pero María Emilia puso la mano sobre la cuenta.
—No.
Él la miró.
—¿Qué?
Ella tomó la carpeta.
—Esta vez invito yo.
Augusto se quedó quieto.
Durante un segundo pareció no entender.
Después sonrió.
—¿Vos?
María Emilia sacó su tarjeta.
—Yo.
Pagó la cena.
Y dejó una propina generosa.
Augusto todavía tenía la mirada fija en ella.
—¿Qué hiciste?
María Emilia tomó su copa.
La levantó suavemente.
—¿No te acordás?
—¿De qué?
Ella sonrió.
—Hace un mes me dijiste que durante cinco años me habías invitado vos.
Augusto empezó a recordar.
La conversación.
La broma.
La página de contenido.
Y entonces entendió.
—No...
María Emilia dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Sí.
Augusto la miró, entre sorprendido y divertido.
—¿Lo hiciste de verdad?
Ella bebió un sorbo.
—Te dije que esta vez te invitaba yo.
Augusto volvió a mirar el vestido.
La cadena.
El perfume.
Y finalmente sus ojos.
—Entonces... ¿todo esto salió de ahí?
María Emilia inclinó apenas la cabeza.
—La cena, el vestido, la cadena...
Hizo una pausa.
—Y algunas cosas más.
Augusto sonrió.
—No puedo creerlo.
—Yo tampoco.
En ese momento, un camarero apareció junto a la mesa.
Llevaba una botella de champagne dentro de una cubitera plateada.
La etiqueta era imposible de ignorar.
Augusto miró la botella.
Después miró a María Emilia.
—Ah, bueno...
Sonrió.
—Entonces hoy seguimos comprando la bebida más cara de la casa.
María Emilia no respondió.
El camarero dejó la botella sobre la mesa.
Augusto hizo un gesto hacia ella.
—¿La pediste vos?
El camarero sonrió.
—No, señor.
Hizo una pequeña pausa.
—Esta es una invitación del caballero.
Augusto frunció el ceño.
—¿Qué caballero?
El camarero señaló discretamente hacia atrás.
A unos metros, junto a la barra, una figura acababa de levantarse.
No se distinguía el rostro.
Solo una silueta.
Una sombra oscura recortada contra la luz del salón.
El hombre levantó apenas la copa.
Después se dio vuelta.
Y desapareció entre las mesas.
Augusto miró a María Emilia.
Ella permaneció tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Emilia?
María Emilia tomó la botella.
La observó durante unos segundos.
Después levantó los ojos hacia él.
Y sonrió.
—Augusto, no te preocupes.
Él seguía mirando hacia donde había desaparecido la figura.
—¿Quién era?
María Emilia se acercó la copa a los labios.
Y, con una sonrisa casi imperceptible, respondió en voz baja:
—It's just... a fan.
Augusto la miró.
Ella sostuvo la mirada.
Y entonces él entendió el juego de palabras.
No supo si reírse.
No supo si preguntar.
No supo, tampoco, cuánto de aquella noche había sido planeado.
María Emilia descorchó el champagne.
El sonido seco del corcho cortó por un instante la música del restaurante.
Sirvió primero la copa de Augusto.
Después la suya.
—¿Brindamos?
Augusto levantó la copa.
—¿Por qué?
María Emilia sonrió.
—Por las invitaciones.
Las copas chocaron suavemente.
Y por primera vez en cinco años, ninguno de los dos sabía exactamente cómo iba a terminar la noche.
Mientras salían del restaurante, Augusto abrió la puerta para ella.
María Emilia pasó primero.
Afuera hacía frío.
Él se acercó.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Y ahora qué hacemos?
María Emilia lo miró.
Sonrió.
Y mientras acomodaba la cadena sobre su cuello, respondió:
—Ahora...
Se acercó un poco más.
—...la próxima invitación la hacemos entre los dos.
Así lo cuenta Désirée.
Lo demás, como siempre, queda entre líneas.
La fantasía detrás de la historia
A veces la fantasía no aparece cuando una pareja rompe con su rutina.
Aparece cuando alguien se anima a jugar con ella.
María Emilia no necesitaba convertirse en otra persona. Solo necesitaba descubrir que también podía elegir cómo quería ser mirada, qué quería mostrar y, sobre todo, cuánto podía sorprender a alguien que creía conocerla completamente.
Y quizás esa sea la parte más interesante de una relación larga: descubrir que todavía existen habitaciones que nunca habíamos abierto.
Para llevar la fantasía al juego
Una cena especial puede convertirse en algo más que una salida.
Elegir un restaurante diferente, vestirse de una manera que la pareja no espera, usar un perfume reservado para ocasiones especiales o incluso plantear un pequeño desafío entre los dos puede devolverle misterio a una relación que ya conoce demasiado bien sus rutinas.
Porque a veces no hace falta cambiar de pareja.
Solo hace falta cambiar la invitación.
¿Y vos? ¿Hace cuánto no sorprendés a tu pareja con una invitación que no esperaba?
— Désirée
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