Los Escritos de Désirée
La amiga de la amiga
Hay personas que aparecen en una noche cualquiera.
Y hay personas que hacen que una noche cualquiera deje de serlo.
Clara conoció a Martina a través de Julieta.
Por eso, técnicamente, era la amiga de la amiga.
Aunque después de aquella noche, esa definición empezó a parecerle demasiado inocente.
Habían empezado con una copa.
Después vino otra.
La conversación pasó de las relaciones a las fantasías con una facilidad peligrosa.
—Yo siempre digo que una fantasía empieza mucho antes de hacer nada —comentó Martina.
Clara la miró.
—¿Y cuándo empieza?
Martina sostuvo la mirada.
—Cuando alguien se atreve a decirla en voz alta.
Julieta sonrió desde el otro lado del sofá.
—Bueno, entonces esta noche estamos diciendo demasiadas cosas.
Las tres rieron.
Pero Clara notó que Martina no había apartado los ojos de ella.
Un rato después, Julieta se levantó.
—Voy al baño.
Martina miró su copa.
—Yo también.
Clara sonrió.
—Qué casualidad.
Julieta se encogió de hombros.
—El baño es grande.
Las dos desaparecieron por el pasillo.
Clara se quedó sola.
Al principio siguió mirando el teléfono.
Después miró el reloj.
Cinco minutos.
Se sirvió un poco más de vino.
Diez minutos.
Cuando empezaba a preguntarse qué estarían haciendo, escuchó la puerta.
Martina apareció primero.
Julieta detrás.
Las dos tenían esa expresión que resulta imposible explicar sin decir demasiado.
Clara las miró.
—¿Todo bien?
—Perfecto —respondió Julieta.
—¿Qué hicieron durante diez minutos?
Martina tomó su copa.
—Nada que podamos contar.
Clara soltó una carcajada.
—¿Nada?
Martina la miró.
—Bueno… podemos contarte dos minutos.
Julieta bajó la mirada para esconder una sonrisa.
—Martina…
—¿Qué? —dijo ella—. Dos minutos sí.
Clara las observó.
Había algo en aquella respuesta.
Algo que no necesitaba explicación.
—¿Y los otros ocho?
Martina levantó la copa.
—Esos quedan entre nosotras.
La conversación continuó.
Pero ya no era la misma.
Cada vez que Martina hablaba, parecía haber una frase escondida detrás de la frase.
Cada vez que Julieta sonreía, parecía saber algo que Clara todavía no.
Hasta que, cerca de la medianoche, Martina tomó su bolso.
—Me voy.
Julieta la acompañó hasta la puerta.
Clara se quedó unos pasos atrás.
Martina se volvió antes de salir.
—Clara.
—¿Sí?
—Me gustó conocerte.
—A mí también.
Martina sonrió.
—La próxima vez, quizás podamos terminar esa conversación.
Clara levantó una ceja.
—¿La conversación de hoy?
—No.
Una pausa.
—La que empezó en el baño.
Y salió.
Clara esperó a escuchar cómo se cerraba la puerta.
Después se volvió lentamente hacia Julieta.
—Vos sabías.
Julieta no respondió.
—¿Vos sabías que iba a pasar algo?
Julieta tomó la copa que había dejado sobre la mesa.
—Sabía que Martina quería conocerte.
—Eso no es lo que te pregunté.
Julieta sonrió.
—No.
Clara se quedó mirándola.
—¿Entonces?
Julieta dejó la copa.
—Yo fui la que le dijo que viniera.
—Eso ya lo sé.
—No. No entendiste.
Se acercó un poco más.
—Martina no vino por mí, Clara.
Silencio.
—Vino porque yo le hablé de vos.
Clara tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué le dijiste?
Julieta sonrió.
—Lo suficiente.
—¿Y los diez minutos?
—Los diez minutos fueron idea de ella.
Julieta hizo una pausa.
—Pero la oportunidad… esa se la di yo.
Clara la miró, entre sorprendida y divertida.
—¿Y por qué hiciste eso?
Julieta levantó su copa.
—Porque hace semanas que te escucho hablar de las cosas que te dan curiosidad.
Clara no respondió.
Julieta sonrió una última vez.
—Y pensé que quizás necesitabas una amiga que no te diera consejos.
Una pausa.
—Quizás necesitabas una amiga que te presentara a la persona correcta.
Clara miró hacia la puerta por donde Martina acababa de salir.
Después volvió a mirar a Julieta.
—¿Y ahora qué?
Julieta se encogió de hombros.
—Ahora tenés su número.
Clara sonrió.
—Vos sos peligrosa.
—No.
Julieta tomó el teléfono de Clara, lo dejó sobre la mesa y se levantó.
—Yo solamente soy la amiga de la amiga.
Y se fue hacia la cocina.
Clara miró su teléfono.
Había un mensaje nuevo.
Martina: “¿Llegaste a entender por qué fueron diez minutos?”
Clara sonrió.
Todavía no había respondido.
Porque quizás Julieta tenía razón.
Algunas personas aparecen en una historia.
Otras hacen que la historia ocurra.
Y algunas saben exactamente cuándo abrir una puerta.
Désirée sabe que, de los diez minutos, quizás podamos hablar de dos.
Pero hay algo que nadie puede contar por nosotras:
qué hacemos con los otros ocho cuando llega la próxima oportunidad.
Así lo cuenta Désirée.


