Las luces de enfrente
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Mariela vivía sola.
No porque le gustara especialmente la soledad, sino porque había aprendido a disfrutar de ese espacio que era solamente suyo: su departamento, su música, sus horarios y, sobre todo, sus noches de jueves.
Bailar era su pasión.
No necesitaba público. No necesitaba escenario.
Le alcanzaba con cerrar la puerta, bajar un poco las luces y dejar que la música hiciera el resto.
Hasta que una noche decidió cambiar una pequeña cosa.
A las 22:17, como si esa hora tuviera algún significado que todavía desconocía, puso una canción que le encantaba y comenzó a bailar frente al ventanal.
Del otro lado de la calle había un edificio enorme.
Siempre oscuro.
Mariela lo había notado desde que se había mudado: después de cierta hora, casi todas las ventanas quedaban apagadas.
Esa noche también.
—Perfecto —pensó.
No había nadie mirando.
O eso creía.
El jueves siguiente, cuando volvió del trabajo, encontró una caja en portería.
—Mariela, esto es para vos —le dijo el encargado.
—¿De quién?
El hombre levantó los hombros.
—No dejaron nombre.
Dentro había una pequeña prenda de lencería, cuidadosamente envuelta.
Y una nota.
“Para el próximo jueves. 22:17.”
Mariela la leyó dos veces.
No supo si reírse, preocuparse o guardar la nota.
Terminó haciendo las tres cosas.
El jueves siguiente esperó hasta las 22:17.
Se puso música.
Se acercó al ventanal.
Y bailó.
Esta vez sabía que alguien podía estar mirando.
Lo que no sabía era quién.
Cuando terminó la canción, encontró algo apoyado junto a la puerta del departamento.
Otra caja.
Nadie había tocado el timbre.
Dentro había otro pequeño regalo.
Y otra nota.
“Las luces de enfrente siguen apagadas.”
Mariela levantó la mirada.
El edificio estaba completamente oscuro.
Sintió un pequeño escalofrío.
No de miedo.
De curiosidad.
A partir de entonces, los jueves tuvieron un ritual.
22:17.
Música.
Baile.
La ventana.
Y una caja.
A veces era lencería.
A veces, un pequeño accesorio.
Una vez apareció solamente una tarjeta:
“Hoy bailaste distinto.”
Mariela comenzó a jugar con la idea.
No sabía quién dejaba los regalos.
No sabía desde dónde la observaban.
Y, sobre todo, no sabía si realmente alguien estaba detrás de aquellas ventanas oscuras.
Pero empezó a bailar pensando en esa persona.
Y eso cambió completamente la experiencia.
Ya no bailaba solamente porque le gustaba.
Bailaba porque alguien, en algún lugar, esperaba que lo hiciera.
Una noche, después de bailar, Mariela apagó la música.
Se quedó quieta frente al ventanal.
Miró el edificio de enfrente.
Todas las ventanas estaban oscuras.
Excepto una.
Una pequeña luz acababa de encenderse en el último piso.
Mariela sonrió.
No hizo ningún gesto.
No saludó.
Simplemente volvió a poner música.
Y empezó a bailar otra vez.
A las 22:17.
La fantasía detrás de la historia
Hay algo particularmente poderoso en la fantasía de ser observada sin saber exactamente quién está mirando.
No se trata solamente de exhibirse.
Se trata de sentir que existe un secreto compartido entre dos desconocidos.
Una mirada que nunca termina de confirmarse.
Una ventana.
Una luz.
Un gesto.
Y la imaginación haciendo el resto.
Porque a veces el verdadero juego no está en saber quién está del otro lado.
Está en preguntarse si realmente hay alguien.
Para llevar la fantasía al juego
No hace falta convertir la fantasía en algo complicado.
Una música elegida especialmente.
Una habitación con luz tenue.
Una ventana.
Un pequeño juego de mensajes anónimos entre dos personas que ya tienen confianza.
La clave está en construir la expectativa.
Y en dejar siempre una parte de la historia sin explicar.
Porque cuando la imaginación participa, la fantasía puede ser mucho más grande que cualquier respuesta.
La mirada de Désirée
Hay noches en las que una persona baila para sí misma.
Y hay otras en las que empieza a bailar para alguien que quizá ni siquiera conoce.
Mariela nunca descubrió quién dejaba aquellas cajas.
Quizás fue alguien del edificio de enfrente.
Quizás alguien que simplemente conocía su rutina.
O quizás todo comenzó con una casualidad.
Pero desde aquella primera noche, las 22:17 dejaron de ser una hora cualquiera.
Se convirtieron en una invitación.
Una pregunta.
Y una fantasía que todavía podía continuar.
**Porque algunas historias empiezan cuando alguien mira.
Y otras, cuando alguien decide dejarse mirar.**


