Los Escritos de Désirée — Historias Ardientes
🌶️🌶️🌶️🌶️🌶️ BONUS TRACK
Lo echamos a suerte
El fin de semana largo había empezado mucho antes de llegar al hotel.
Para Juan Manuel y Mariana, esos tres días eran una pequeña escapada de la rutina. Habían reservado una habitación con balcón, habían dejado el teléfono del trabajo en silencio y habían prometido no mirar el reloj demasiado.
No era la primera vez que viajaban juntos.
Pero sí hacía bastante que no se regalaban una noche sin horarios.
Mariana había sido la primera en decirlo:
—Este fin de semana no quiero hacer nada.
Juan Manuel se había reído.
—¿Nada de nada?
—Nada que tenga horario.
Y así llegaron.
A unos kilómetros de distancia, Matías y Ludmila habían hecho prácticamente lo mismo.
También necesitaban escapar.
También habían elegido el hotel por su tranquilidad.
Y también habían llegado con esa sensación extraña de quienes están acostumbrados a compartir la vida pero, de vez en cuando, necesitan cambiar el escenario para volver a mirarse de otra manera.
Ludmila había llevado tres vestidos para tres noches.
Matías le había dicho que era demasiado.
Ella respondió:
—Por eso los traje.
Y se rieron.
La escapada prometía ser tranquila.
Hasta que apareció el bar.
El hotel tenía un bar pequeño, elegante, con una barra de madera oscura, algunas mesas bajas y una iluminación cálida que hacía que todo pareciera un poco más íntimo de lo que realmente era.
Esa noche, cerca de las diez, Juan Manuel y Mariana se sentaron en una mesa junto a una ventana.
Pidieron algo para tomar.
Hablaron del viaje.
De la cena.
De una pareja que habían visto en la piscina.
De cualquier cosa.
Pero había algo más.
Mariana lo había notado hacía unos minutos.
Una pareja acababa de entrar.
Un hombre y una mujer.
Se sentaron en una mesa bastante cercana.
No demasiado.
Lo suficiente.
La mujer llevaba un vestido oscuro.
El hombre, una camisa clara con las mangas arremangadas.
Mariana los miró apenas un segundo.
Después volvió a mirar a Juan Manuel.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Te estoy mirando normal.
Mariana sonrió.
—Claro.
Y siguieron hablando.
El barman se acercó a la mesa.
—¿Qué les sirvo?
Mariana pidió una copa de vino.
Juan Manuel, un whisky.
El barman se alejó.
En la otra mesa, Ludmila acababa de pedir exactamente lo mismo que Mariana.
Una copa de vino.
Matías pidió un whisky.
El barman levantó las cejas apenas.
No dijo nada.
Pero empezó a prestar atención.
Pasaron veinte minutos.
Después treinta.
Las dos parejas seguían en sus respectivas mesas.
Cada tanto, alguna mirada cruzaba el espacio.
Nada demasiado evidente.
Una mirada breve.
Una sonrisa.
Un gesto que podía significar cualquier cosa.
O nada.
El problema con las miradas es justamente ese.
Que uno nunca sabe.
A las diez y media, Mariana se inclinó hacia Juan Manuel.
—¿La conocés?
—¿A quién?
Mariana señaló discretamente con los ojos.
Juan Manuel miró.
—No.
—¿Te gusta?
Juan Manuel volvió la mirada hacia ella.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Mariana sonrió.
—Una pregunta.
Él tomó un sorbo de whisky.
—Es linda.
—Sí.
Silencio.
—¿Y él?
Mariana lo miró.
—También.
Juan Manuel sonrió.
—Ah.
Y ahí quedó.
No hubo ninguna confesión.
Ninguna propuesta.
Solo dos palabras.
Es linda.
En la otra mesa ocurría algo parecido.
Ludmila había esperado unos minutos antes de decir:
—¿Viste a la pareja de ahí?
Matías fingió no saber de quién hablaba.
—¿Qué pareja?
—La que está junto a la ventana.
—Sí.
—¿Te gusta ella?
Matías sonrió.
—¿A vos te gusta él?
Ludmila tomó su copa.
—Puede ser.
Matías la miró.
—A mí también.
Y volvieron a quedarse callados.
El barman ya había entendido algo.
Lo interesante era que había escuchado las dos conversaciones por separado.
Primero, cuando Juan Manuel había pedido otra bebida, Mariana había comentado:
—Son una pareja interesante.
Después, mientras atendía a Matías, Ludmila había dicho:
—Los de la ventana tienen algo.
Más tarde, Juan Manuel le había preguntado al barman:
—¿Ellos están hospedados acá?
—Sí.
Y unos minutos después, Ludmila había hecho exactamente la misma pregunta.
El barman empezó a sospechar que no estaba frente a dos parejas cualquiera.
Estaba frente a dos parejas que estaban esperando que alguien dijera algo.
Las copas se fueron vaciando.
La música cambió.
La noche avanzó.
Y sin que nadie lo propusiera, las cuatro personas comenzaron a mirarse con menos disimulo.
Hasta que ocurrió algo inesperado.
Mariana se levantó para ir al baño.
Ludmila también.
Se cruzaron cerca del pasillo.
Se sonrieron.
—Hola.
—Hola.
Una palabra.
Nada más.
Pero cuando regresaron a sus mesas, ambas tenían una sonrisa distinta.
Juan Manuel miró a Mariana.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Matías miró a Ludmila.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Y los dos recibieron exactamente la misma respuesta.
Nada.
A las once y cuarto, el barman llevó una nueva ronda.
Esta vez dejó las bebidas sobre la mesa de Juan Manuel y Mariana.
Y antes de irse dijo:
—Si quieren, después puedo juntar las mesas.
Los cuatro levantaron la mirada.
Mariana fue la primera en sonreír.
—¿Se nota mucho?
El barman se encogió de hombros.
—Yo solo sirvo bebidas.
Juan Manuel soltó una carcajada.
Matías también.
Ludmila negó con la cabeza.
Y por primera vez, los cuatro se rieron juntos.
Cinco minutos después, las mesas estaban juntas.
Y ahí comenzó realmente la noche.
Hablaron de viajes.
De hoteles.
De lugares que habían conocido.
De relaciones.
De cosas que les gustaban.
De cosas que no.
De cuánto tiempo llevaban juntos.
De cómo se habían conocido.
De las pequeñas diferencias entre una pareja y otra.
Mariana descubrió que Ludmila también viajaba mucho.
Juan Manuel y Matías encontraron que tenían varios intereses en común.
Las mujeres se rieron de algunas historias.
Los hombres hablaron de fútbol.
Después dejaron de hablar de fútbol.
La conversación se fue haciendo cada vez más personal.
Más cómoda.
Más peligrosa.
Pero nadie cruzaba la línea.
A las once y cuarenta y cinco, Mariana preguntó:
—¿Ustedes alguna vez hicieron algo así?
Matías miró a Ludmila.
Ludmila miró a Mariana.
Juan Manuel dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Algo así como qué?
Mariana sonrió.
—No sé.
Y ese no sé dijo muchísimo más que cualquier pregunta.
Silencio.
El barman, desde el otro lado de la barra, siguió limpiando una copa.
No miró.
Pero escuchó.
Fue Ludmila quien finalmente habló.
—Hay cosas que uno imagina.
Mariana la miró.
—Sí.
—Pero imaginar no significa necesariamente hacer.
Juan Manuel asintió.
—Exactamente.
Matías agregó:
—A veces la fantasía es más fácil.
Otra pausa.
Esta vez nadie se rió.
Porque los cuatro habían entendido.
Ya no estaban hablando de una idea abstracta.
Estaban hablando de ellos.
De los cuatro.
El reloj marcó las doce.
El bar estaba casi vacío.
El barman se acercó.
—¿Última ronda?
Los cuatro se miraron.
Mariana levantó su copa.
—Última.
El barman sirvió.
Después miró las cuatro caras.
Y tomó una decisión.
Se alejó unos segundos.
Volvió con una pequeña bolsa de terciopelo.
La dejó sobre la mesa.
—Tengo una propuesta.
Nadie habló.
—No me corresponde meterme en la vida de mis clientes —dijo—. Pero después de una hora y media escuchando esta conversación...
Los cuatro comenzaron a reír.
El barman sonrió.
—Creo que puedo ayudarles con un pequeño problema.
—¿Cuál? —preguntó Matías.
—Que ninguno quiere ser el primero en decidir.
Silencio.
El barman extendió la mano.
—Pongan las tarjetas de sus habitaciones acá.
Mariana miró a Juan Manuel.
Ludmila miró a Matías.
Nadie se movió durante unos segundos.
Hasta que Mariana sacó la tarjeta.
La dejó en la bolsa.
Ludmila hizo lo mismo.
Los dos hombres las siguieron.
El barman cerró la bolsa.
La agitó suavemente.
—Muy sencillo.
Sacó las dos tarjetas.
Las mezcló.
—Cada uno de ustedes va a sacar una.
Miró a Juan Manuel.
Después a Matías.
—Si cada uno recupera la tarjeta de su propia habitación...
Hizo una pausa.
—La noche termina acá.
Los cuatro entendieron.
—Pero si cada uno saca la tarjeta del otro...
Otra pausa.
El barman sonrió.
—Entonces ya no tienen que decidir ustedes.
Juan Manuel metió la mano.
Sacó una tarjeta.
La miró.
Matías hizo lo mismo.
Durante un segundo, ninguno levantó la vista.
Mariana tenía las manos apoyadas sobre la mesa.
Ludmila sostenía su copa sin beber.
El barman esperó.
Juan Manuel miró finalmente a Mariana.
Después miró la tarjeta.
Matías levantó los ojos.
Y entonces los cuatro entendieron.
El azar acababa de hablar.
El barman levantó su copa.
—Bueno...
Sonrió.
—Parece que esta noche lo echaron a suerte.
La fantasía detrás de la historia
Hay fantasías que empiezan mucho antes de que ocurra algo.
Empiezan con una mirada.
Con una pregunta.
Con un “¿y si...?” que nadie se anima a terminar.
Y quizá eso sea lo más interesante de una fantasía compartida: descubrir que la otra persona estaba imaginando exactamente lo mismo.
Juan Manuel y Mariana no necesitaban que nadie los convenciera.
Matías y Ludmila tampoco.
Solo necesitaban saber que del otro lado había alguien pensando lo mismo.
Y entonces apareció el azar.
Una bolsa.
Dos tarjetas.
Dos posibilidades.
Y una decisión que nadie tuvo que pronunciar en voz alta.
Para llevar la fantasía al juego
No hace falta copiar la historia.
La gracia está en la idea.
Cuatro personas.
Una conversación.
Una fantasía que aparece lentamente.
Y un juego que permita que el azar tome una decisión que todos estaban evitando tomar.
A veces, la fantasía no necesita instrucciones.
Necesita tiempo.
Una copa.
Una mirada.
Y alguien que se anime a decir:
“¿Y si lo echamos a suerte?”
La mirada de Désirée
Quizás nunca sepamos qué ocurrió después.
Y tampoco hace falta.
Porque esta historia no termina cuando Juan Manuel y Matías miran sus tarjetas.
En realidad, termina exactamente ahí.
En ese segundo.
En ese silencio.
En esas cuatro miradas intentando descubrir qué había decidido el azar.
Porque algunas fantasías son mejores cuando no tienen una explicación.
Ni una descripción.
Ni un final contado.
Solo una pregunta suspendida en el aire:
¿Qué habrías hecho vos si la tarjeta que tenías en la mano no fuera la tuya?
Y ahí, querido lector, termina mi historia.
Lo demás lo decide tu imaginación.
— Désirée


