Hay cosas que nos gustan.
Y hay cosas que nos gustan… pero preferimos no reconocerlo.
No necesariamente porque sean malas.
No necesariamente porque queramos hacerlas realidad.
A veces simplemente porque no encajan con la idea que tenemos de nosotros mismos.
“Yo no soy así.”
“Eso nunca me interesaría.”
“No entiendo cómo a alguien puede gustarle eso.”
Hasta que, en algún momento, aparece una pequeña contradicción.
Una fantasía.
Una curiosidad.
Una persona que nos atrae y no esperábamos que nos atrajera.
Una situación que nos genera morbo.
O simplemente algo que imaginamos y que inmediatamente intentamos expulsar de nuestra cabeza.
¿Por qué?
Carl Jung tenía una idea particularmente interesante para pensar estas contradicciones: la sombra.
Para Jung, nuestra personalidad consciente no contiene todo lo que somos. También existen aspectos que dejamos fuera de la imagen que construimos sobre nosotros mismos.
Y cuanto más convencidos estamos de que “yo soy de determinada manera”, más incómodo puede resultar descubrir algo que contradiga esa definición.
Ahí aparece el conflicto.
Porque quizás no nos molesta tanto el deseo.
Quizás nos molesta lo que ese deseo parece decir sobre nosotros.
¿Y si te gusta algo que no coincide con quien creías ser?
Podés considerarte una persona muy tradicional y sentir curiosidad por algo diferente.
Podés pensar que nunca tendrías determinada fantasía y descubrir que imaginarla te provoca algo.
Podés sentirte completamente seguro de tus preferencias y, de repente, sorprenderte con una nueva atracción.
Eso no significa que tengas que actuar sobre ella.
Y tampoco significa que esa fantasía defina quién sos.
Una fantasía no es una obligación.
Una curiosidad no es una decisión.
Y un pensamiento no es necesariamente un deseo que quieras convertir en realidad.
Pero sí puede resultar interesante preguntarnos:
¿Por qué esto me genera algo?
En lugar de juzgarnos inmediatamente, podemos observar nuestra reacción.
Porque quizás lo verdaderamente interesante no sea qué nos gusta.
Quizás sea por qué necesitamos esconderlo incluso de nosotros mismos.
La sombra no siempre es oscura
Cuando escuchamos la palabra “sombra”, podemos imaginar algo negativo.
Pero en la psicología de Jung, la sombra no representa simplemente aquello que es malo o perverso.
También puede contener aspectos de nosotros mismos que no reconocemos, no aceptamos o no mostramos.
Y eso incluye contradicciones.
Deseos.
Impulsos.
Sensibilidades.
Fantasías.
Partes de nuestra personalidad que aprendimos que “no correspondían” con nosotros.
Tal vez porque alguien nos enseñó que eso era incorrecto.
Tal vez porque nuestra educación nos hizo sentir vergüenza.
Tal vez porque construimos una identidad demasiado rígida.
O simplemente porque nunca nos habíamos permitido explorar esa parte de nosotros.
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Cuánto de lo que creemos que no nos gusta realmente no nos gusta… y cuánto aprendimos que no debía gustarnos?
El deseo también puede sorprendernos
La sexualidad no siempre funciona como una lista perfectamente ordenada de preferencias.
Podemos descubrir cosas nuevas con el tiempo.
Podemos cambiar.
Podemos sentir curiosidad por algo y después dejar de sentirla.
Podemos fantasear con algo que jamás llevaríamos a la práctica.
Y podemos descubrir que aquello que alguna vez nos avergonzaba simplemente necesitaba ser entendido, no castigado.
Por eso conocernos no significa darle rienda suelta a todo lo que aparece en nuestra cabeza.
Significa poder mirarlo.
Preguntarnos qué significa para nosotros.
Y decidir, desde la conciencia y nuestros propios límites, qué queremos hacer con ello.
Doctora Lust dice:
“A veces no escondemos un deseo porque esté mal. Lo escondemos porque todavía no sabemos qué hacer con lo que nos provoca.”
Y quizás la pregunta de este episodio no sea:
“¿Qué te gusta?”
Sino algo bastante más incómodo:
¿Qué te gusta y todavía no te animás a admitir?
Porque quizás tu sombra no esté intentando esconderte algo.
Quizás esté intentando mostrarte una parte de vos que todavía no conocés.


