Hay fantasías que nos excitan.
Y hay fantasías que, además de excitarnos, nos hacen pensar:
“¿Qué pensaría mi pareja si supiera que imagino esto?”
Y ahí aparece la vergüenza.
Porque una cosa es lo que deseamos hacer y otra, muy diferente, es lo que nuestra mente puede imaginar.
La fantasía no es una confesión
Una fantasía sexual no es necesariamente un deseo literal.
La mente puede construir escenarios que jamás llevaríamos a la realidad.
Puede jugar con lo prohibido, con lo diferente, con lo inesperado o simplemente con algo que nos resulta excitante imaginar.
Y eso no significa que haya algo malo en nosotros.
Pensarlo no significa querer hacerlo.
¿Entonces por qué nos da vergüenza?
Porque muchas veces creemos que nuestras fantasías deberían coincidir perfectamente con la persona que somos.
“Si amo a mi pareja, no debería imaginar a nadie más.”
“Si soy una persona tranquila, no debería fantasear con algo tan atrevido.”
“Si nunca haría eso, ¿por qué me excita imaginarlo?”
La respuesta puede ser mucho más sencilla de lo que creemos:
porque la imaginación no tiene que respetar las mismas reglas que la realidad.
La fantasía vive en un territorio sin consecuencias
En nuestra cabeza podemos explorar posibilidades sin tener que llevarlas a cabo.
Podemos imaginar una situación y, al mismo tiempo, saber perfectamente que nunca querríamos vivirla.
Por eso no tiene sentido juzgar automáticamente una fantasía como si fuera una intención.
Una fantasía puede despertar curiosidad.
Puede representar novedad.
Puede estar relacionada con sentirse deseado.
Puede ser simplemente una imagen que nuestro cerebro encontró excitante.
Y puede desaparecer mañana.
El verdadero problema aparece cuando empezamos a juzgarnos
Si cada vez que aparece una fantasía pensamos:
“Esto está mal.”
“Esto significa algo terrible sobre mí.”
“Nunca debería haber pensado eso.”
podemos terminar convirtiendo nuestra propia sexualidad en un espacio de culpa.
Y la culpa no suele ser una buena compañera del deseo.
Conocerse también implica poder observar lo que nos pasa sin tener que convertir cada pensamiento en una declaración sobre nuestra identidad.
¿Hay que contarle todas nuestras fantasías a nuestra pareja?
No.
Compartir fantasías puede generar mucha intimidad cuando existe confianza.
Pero no existe una obligación de contar absolutamente todo lo que pasa por nuestra cabeza.
La intimidad también necesita privacidad.
Podemos elegir qué compartir, cuándo compartirlo y con quién.
Y si decidimos hacerlo, también es importante recordar algo:
contar una fantasía no es pedir permiso para hacerla realidad.
Es simplemente abrir una ventana a nuestro mundo interno.
Y si la fantasía involucra a otra persona...
Acá aparecen muchos de los conflictos de pareja.
Porque imaginar a otra persona puede despertar inseguridad.
Pero nuevamente:
fantasía no es infidelidad.
Lo importante está en diferenciar pensamiento, deseo, decisión y conducta.
Son cosas distintas.
Y confundirlas puede generar conflictos donde quizás solamente había una imaginación.
La pregunta más interesante no es “¿por qué fantaseo con esto?”
Quizás sea:
“¿Qué me provoca esta fantasía?”
Porque ahí podemos descubrir algo.
Tal vez no nos interesa realmente la situación que imaginamos.
Tal vez lo que nos atrae es sentirnos deseados.
La novedad.
La adrenalina.
La libertad.
El juego.
La sensación de romper temporalmente con la rutina.
Entender eso puede ser mucho más revelador que intentar encontrar una explicación literal.
El consejo de la Doctora Lust
No todas las fantasías tienen que cumplirse.
No todas tienen que compartirse.
Y, sobre todo, no todas tienen que darte vergüenza.
Tu imaginación es un espacio mucho más complejo que tus decisiones.
Conocerte sexualmente no significa hacer todo lo que imaginás.
Significa poder preguntarte qué te pasa, qué te gusta, qué no querés y cuáles son tus límites.
Porque una fantasía puede quedarse perfectamente donde nació:
en tu cabeza.
Y eso también está bien.
Hasta el próximo consejo,
La Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo.
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