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Capítulo 6 — Ser vistos

Ser vistos

Al día siguiente, Camila despertó antes que Diego.

La habitación estaba iluminada por una franja de sol que se filtraba entre las cortinas.

Se quedó unos segundos mirando el techo.

Después recordó la conversación de la noche anterior.

Me gusta que me mires.

Sonrió.

No sabía exactamente por qué aquella frase había quedado dando vueltas en su cabeza.

Quizás porque era sencilla.

Quizás porque durante años había supuesto que algunas cosas no necesitaban decirse.

Y ahora, de repente, decirlas parecía haber abierto una puerta.

Diego todavía dormía.

Camila se levantó y salió al balcón.

Cancún estaba comenzando otro día.


Una pregunta

Cuando Diego finalmente apareció, Camila estaba tomando café.

—Buen día.

—Buen día.

Él se sirvió y se sentó frente a ella.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

Camila lo miró.

—¿Te puedo preguntar algo?

—Ya empezamos…

Ella sonrió.

—¿Qué sentís cuando alguien me mira?

Diego dejó la taza sobre la mesa.

—Depende.

—¿De qué?

—De cómo te mira.

Camila se quedó pensando.

—¿Y si simplemente mira?

—No me molesta.

—¿Nunca?

Diego negó con la cabeza.

—No.

Camila tomó un sorbo de café.

—A mí tampoco me molesta.

Silencio.

—Creo que incluso me da curiosidad.

Diego la observó.

—¿Curiosidad por qué?

Camila sonrió.

—Por saber qué ven.


Otra playa

Ese día decidieron cambiar de escenario.

Fueron hacia otra zona de playa de Cancún.

Había turistas, familias, parejas y grupos de amigos.

El Caribe parecía extenderse hasta el horizonte.

Camila se acomodó bajo una sombrilla.

Llevaba un traje de baño negro y una salida de playa liviana.

Diego se sentó a su lado.

Durante un rato hablaron de cualquier cosa.

De comida.

Del hotel.

De qué iban a hacer esa noche.

Hasta que Camila volvió a mirar alrededor.

Había gente pasando.

Algunas personas miraban.

Ella lo sabía.

Diego también.

Pero esta vez ninguno hizo como si no existiera.

Camila se inclinó hacia él.

—¿Viste?

—Sí.

—¿Y?

—Nada.

Ella sonrió.

—Te estás especializando en esa palabra.

—Porque no pasa nada.

—Exactamente.

Y esa respuesta le gustó.


El pequeño juego

Más tarde caminaron por la playa.

Camila iba unos pasos adelante.

Se detuvo.

Esperó a Diego.

Y cuando él llegó a su lado, ella preguntó:

—¿Te gusta?

—¿Qué cosa?

—Que camine adelante.

Diego sonrió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque puedo mirarte.

Camila soltó una pequeña carcajada.

—Entonces voy a caminar adelante.

—Perfecto.

Siguieron.

No había reglas.

No había instrucciones.

Solamente una complicidad nueva.

Una mirada podía durar un segundo.

Una sonrisa podía decir mucho más.

Y lo que para cualquier otra persona era simplemente una pareja caminando por la playa, para ellos se estaba convirtiendo en un pequeño código privado.


La noche

Al caer la tarde volvieron al hotel.

Después de ducharse, Camila eligió un vestido rojo.

Diego la miró cuando salió de la habitación.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

—¿Qué?

—Esa mirada.

Diego sonrió.

—¿Cuál?

—La que ya conozco.

Él se acercó.

—¿Y te molesta?

Camila negó con la cabeza.

—Todo lo contrario.

Salieron nuevamente.

Cancún estaba encendido.

Las luces de los hoteles se reflejaban sobre las calles.

Los restaurantes estaban llenos.

La música empezaba a aparecer desde los bares.

Camila caminaba junto a Diego.

Esta vez no necesitaba preguntarle si estaba mirando.

Lo sabía.

Y quizás eso era lo que más le gustaba.


La confesión

Más tarde se sentaron en un bar.

Camila tomó su bebida y miró hacia la calle.

—Creo que entendí algo.

—¿Qué?

—Que no me gusta solamente que me mires vos.

Diego la observó en silencio.

—Me gusta saber que puedo llamar la atención.

Él sonrió.

—Eso también lo sabía.

Camila levantó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Entonces estamos empatados.

Los dos se rieron.

Y la conversación continuó.

No tenían intención de convertir aquella curiosidad en una obligación.

No necesitaban demostrar nada.

Era simplemente algo que habían descubierto juntos.

Un juego que solamente tenía sentido porque ambos querían jugarlo.


Cuando regresaron al hotel, Camila volvió a salir al balcón.

El calor seguía allí.

Cancún seguía despierto.

Diego apareció detrás de ella.

—¿En qué pensás?

Camila miró las luces.

—En que todavía nos quedan cinco días.

Diego sonrió.

—¿Eso te preocupa?

Ella negó lentamente.

—No.

Hizo una pausa.

—Me intriga.

Y esa palabra quedó flotando entre los dos.

Intriga.

Quizás era exactamente eso lo que habían venido a buscar sin saberlo.

No una respuesta.

No una aventura.

Simplemente la posibilidad de descubrir algo nuevo.


Continuará…

Capítulo 7 — La noche de Cancún

Una noche de música, luces y una conversación que hará que Camila y Diego se pregunten hasta dónde quieren llevar aquel juego.

WHAT HAPPENS IN PLAYA… QUEDA EN PLAYA
Una historia de Désirée