Blog 8/36 — Désirée
La puerta entreabierta
La puerta estaba abierta apenas unos centímetros.
No recordaba haberla dejado así.
Se quedó mirándola desde el pasillo.
La luz que escapaba por la rendija era tenue, rojiza.
Y sobre la puerta había una pequeña tarjeta negra.
“Si querés saber qué hay detrás, entrá.”
Sonrió.
Después volvió a mirar la tarjeta.
Debajo había una segunda frase:
“Pero solamente si realmente querés.”
Eso cambió todo.
Porque ahora ya no era simplemente una puerta.
Era una invitación.
La curiosidad
Durante unos segundos pensó en seguir de largo.
Podía hacerlo.
Nadie la estaba esperando.
Nadie le había pedido que entrara.
Pero justamente por eso quería hacerlo.
Empujó suavemente la puerta.
Se abrió un poco más.
Adentro había una habitación que conocía perfectamente.
Y, al mismo tiempo, parecía completamente diferente.
Una lámpara.
Una copa.
Música muy baja.
Y sobre una mesa, tres sobres.
Uno blanco.
Uno rojo.
Uno negro.
Ella entró.
La puerta quedó entreabierta detrás de ella.
Las tres opciones
Tomó el sobre blanco.
Dentro había una sola palabra:
“Esperar.”
Dejó el sobre sobre la mesa.
Tomó el rojo.
“Elegir.”
Sonrió.
Finalmente tomó el negro.
Antes de abrirlo, escuchó una voz detrás de ella.
—Todavía podés dejarlo ahí.
Se dio vuelta.
Él estaba apoyado contra el marco de la puerta.
—¿Y si quiero abrirlo?
—Entonces lo abrís.
—¿Y si cambio de opinión?
—Lo dejás.
Ella volvió a mirar el sobre.
Y descubrió que eso era precisamente lo que hacía que quisiera abrirlo.
No había obligación.
No había presión.
Había una posibilidad.
Y la posibilidad era suficiente.
Lo que no se ve
Abrió el sobre.
Dentro no había una instrucción.
Había una pregunta:
“¿Qué imaginaste que iba a decir?”
Ella se quedó callada.
Él tampoco dijo nada.
Porque la respuesta ya estaba ocurriendo dentro de su cabeza.
Había imaginado muchas cosas.
Algunas divertidas.
Otras inesperadas.
Otras que jamás habría dicho en voz alta.
Pero ahora entendía algo.
La habitación no era lo importante.
Tampoco los sobres.
Ni siquiera la puerta.
Lo importante era todo aquello que su imaginación había construido antes de descubrir qué había realmente detrás.
El juego
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
Él señaló los tres sobres.
—Ahora elegís vos.
Ella miró nuevamente las palabras.
Esperar.
Elegir.
Y la tercera opción que todavía no había utilizado:
Descubrir.
Tomó la tarjeta que estaba debajo del sobre negro.
La levantó.
—Creo que me quedo con esta.
—¿Descubrir?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
Sonrió.
—Seguir imaginando.
Y cerró nuevamente el sobre.
La puerta
Se acercó a la puerta.
Esta vez fue ella quien la dejó entreabierta.
Antes de salir, miró hacia atrás.
La habitación seguía exactamente igual.
La luz.
La mesa.
Los sobres.
El misterio.
Pero ahora sabía algo que antes no sabía.
Que algunas fantasías no necesitan llegar hasta el final.
A veces alcanza con acercarse.
Mirar.
Imaginar.
Y decidir.
Porque quizás el verdadero atractivo de una puerta entreabierta no sea saber qué hay detrás.
Es saber que podés elegir si querés abrirla.
Ella sonrió.
Y se fue.
La puerta quedó allí.
Entreabierta.
Esperando otra historia.
La fantasía detrás de la historia
Lo prohibido, lo desconocido y lo misterioso pueden despertar nuestra imaginación.
Pero una fantasía no necesita convertirse en realidad para resultar significativa.
A veces, lo interesante está precisamente en imaginar las posibilidades y decidir cuáles queremos explorar.
El deseo puede vivir en esa zona intermedia entre la curiosidad y la elección.
Una puerta abierta.
Una posibilidad.
Y la libertad de decidir si entramos.
Continuá la saga
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