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¿Querés una pareja o simplemente no querés estar solo?

¿Querés una pareja o simplemente no querés estar solo?

Hay personas que dicen:

“Quiero encontrar a alguien.”

Y cuando preguntás qué están buscando, la respuesta puede ser bastante diferente:

“Quiero tener con quién hablar.”

“Quiero que alguien me acompañe.”

“No quiero llegar a casa y estar solo.”

“Quiero alguien que me abrace.”

“Quiero sentir que tengo a alguien.”

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Querés realmente una pareja… o querés dejar de sentirte solo?

Parece lo mismo.

No lo es.

Porque podemos desear profundamente compartir nuestra vida con alguien.

Pero también podemos buscar una relación simplemente para escapar de una sensación que nos cuesta tolerar:

la soledad.

Estar solo no significa sentirse solo

Esta diferencia es fundamental.

Una persona puede estar sola y sentirse perfectamente bien.

Puede disfrutar de su espacio.

De sus proyectos.

De sus amigos.

De su libertad.

De sus momentos de silencio.

Y otra persona puede estar en pareja, dormir todas las noches al lado de alguien y sentirse profundamente sola.

Por eso la soledad no depende exclusivamente de cuántas personas tenemos alrededor.

Depende también de cómo nos sentimos dentro de nuestros vínculos.

Y cuando confundimos compañía con conexión, podemos terminar buscando una pareja para solucionar algo que ninguna pareja puede resolver por completo.

Una pareja no debería ser un tratamiento contra la soledad

Una relación puede acompañarnos.

Puede darnos intimidad.

Puede ofrecernos apoyo.

Puede convertirse en uno de los vínculos más importantes de nuestra vida.

Pero no puede ser nuestra única fuente de conexión.

Porque cuando esperamos que una persona llene absolutamente todos nuestros espacios, la relación empieza a cargar con una responsabilidad enorme.

Tiene que ser pareja.

Mejor amigo.

Confidente.

Compañero permanente.

Fuente de autoestima.

Entretenimiento.

Apoyo emocional.

Y además tiene que hacernos sentir deseados.

Es demasiado peso para cualquier persona.

Una pareja puede acompañar tu vida. No debería tener que reemplazarla.

A veces no buscamos amor. Buscamos alivio

Esta es una distinción bastante incómoda.

Podemos estar atravesando un período de soledad y conocer a alguien.

La atención de esa persona nos hace sentir mejor.

Nos escribe.

Nos pregunta cómo estamos.

Quiere vernos.

Nos abraza.

Nos desea.

Y de repente aparece una sensación de alivio:

“Por fin no estoy solo.”

El problema es que ese alivio puede confundirse fácilmente con enamoramiento.

No necesariamente porque el sentimiento sea falso.

Sino porque estamos experimentando dos cosas al mismo tiempo:

nos gusta esa persona…

y nos gusta muchísimo dejar de sentirnos solos.

¿Te enamoraste o te sentiste elegido?

Esta pregunta puede ser brutal.

Porque ser elegido produce una sensación muy poderosa.

Alguien nos presta atención.

Nos busca.

Nos desea.

Nos prioriza.

Y cuando venimos de una etapa de soledad, esa experiencia puede sentirse extraordinaria.

Pero conviene separar dos cosas:

“Me gusta esta persona.”

y

“Me gusta muchísimo cómo me siento porque esta persona me eligió.”

Pueden coexistir.

Pero no son exactamente lo mismo.

El miedo puede elegir por nosotros

Cuando tenemos miedo de estar solos, podemos empezar a aceptar cosas que normalmente no aceptaríamos.

Una relación que no nos convence.

Una persona que no nos trata como queremos.

Una dinámica que nos hace daño.

Falta de reciprocidad.

Poca comunicación.

Incluso situaciones que, en otro momento, probablemente habríamos rechazado.

¿Por qué?

Porque aparece una idea silenciosa:

“Al menos tengo a alguien.”

Y ese “al menos” puede ser peligroso.

Porque transforma una relación en una solución contra el vacío.

Y una relación construida principalmente desde el miedo puede terminar convirtiéndose en una jaula.

“No quiero volver a empezar”

Después de una separación, muchas personas experimentan algo parecido.

No necesariamente extrañan a su ex.

Extrañan tener una persona.

Alguien a quien escribir.

Alguien que pregunte cómo fue el día.

Alguien con quien hacer planes.

Alguien a quien abrazar.

Y esa ausencia puede doler muchísimo.

Pero hay una diferencia entre extrañar a una persona y extrañar el lugar que esa persona ocupaba en nuestra vida.

A veces creemos que queremos recuperar la relación cuando, en realidad, queremos recuperar la sensación de compañía.

El problema de elegir desde el miedo

Cuando el miedo a estar solo es más fuerte que el deseo de elegir bien, podemos terminar tomando decisiones apresuradas.

“Mejor esto que nada.”

“Ya tengo cierta edad.”

“No voy a encontrar a alguien mejor.”

“Por lo menos me quiere.”

“Todos mis amigos están en pareja.”

“¿Quién me va a querer después?”

Estas frases pueden parecer realistas.

Pero muchas veces están construidas sobre miedo.

Y el miedo tiene una característica:

hace que cualquier compañía parezca mejor que ninguna.

No siempre es así.

Estar acompañado también puede ser una forma de soledad

Esta es quizás la parte más paradójica.

Podés tener pareja.

Podés compartir una casa.

Podés dormir juntos.

Podés tener sexo.

Podés salir a cenar.

Podés publicar fotos felices.

Y aun así sentir que nadie realmente te conoce.

Porque compañía física no siempre significa intimidad emocional.

La verdadera conexión aparece cuando podemos mostrarnos.

Hablar.

Ser escuchados.

Sentirnos comprendidos.

Compartir vulnerabilidad.

Y saber que la otra persona está ahí no solamente para ocupar un lugar.

Está ahí porque quiere conocernos.

¿Y qué pasa con el sexo?

También puede aparecer esta confusión.

A veces no extrañamos necesariamente una relación.

Extrañamos contacto.

Piel.

Besos.

Abrazos.

Deseo.

Sentirnos atractivos.

Dormir junto a alguien.

La sexualidad también puede estar relacionada con nuestra necesidad de conexión.

Y no hay nada malo en eso.

Pero nuevamente hay que distinguir:

querer intimidad sexual no significa necesariamente querer una relación.

Y querer una relación tampoco significa que todo lo que buscamos sea sexo.

Son necesidades que pueden cruzarse, pero no son idénticas.

El miedo a no encontrar a nadie

Esta es una de las frases más poderosas de la soledad:

“¿Y si nadie vuelve a elegirme?”

Ese pensamiento puede hacer que una persona permanezca en relaciones que ya no quiere.

O que entre rápidamente en otras para evitar el vacío.

Pero nadie puede garantizar que vamos a encontrar a determinada persona.

Y nadie puede garantizar que una relación durará para siempre.

Lo único que podemos hacer es aprender a elegir desde un lugar más consciente.

No desde:

“Necesito que alguien me quiera.”

Sino desde:

“Quiero compartir mi vida con alguien que realmente elijo.”

La diferencia es enorme.

Aprender a estar solo cambia la manera de elegir

Esto no significa convertirse en una persona que no necesita a nadie.

Somos seres sociales.

Necesitamos vínculos.

Necesitamos afecto.

Necesitamos contacto.

Necesitamos pertenecer.

La cuestión es que una cosa es necesitar conexión humana y otra es sentir que no podemos existir emocionalmente sin tener pareja.

Cuando aprendemos a estar solos, la pareja deja de ser una salvación.

Se convierte en una elección.

Y eso puede cambiar completamente el tipo de relación que construimos.

¿Qué pasa cuando aparece alguien nuevo?

Acá hay una prueba interesante.

Conocés a alguien.

Te trata bien.

Te presta atención.

Hay química.

Y automáticamente pensás:

“Por fin.”

Pero quizás convenga detenerse.

Preguntarte:

¿Me interesa esta persona?

¿Me gusta cómo piensa?

¿Me gusta cómo trata a los demás?

¿Tenemos valores compatibles?

¿Me siento cómodo siendo yo mismo?

¿Me atrae realmente?

¿O simplemente me encanta no estar solo?

Porque cuando venimos de un vacío, cualquier conexión puede sentirse gigantesca.

No conviertas a cualquier persona en “la indicada”

La soledad puede generar una ilusión muy particular.

Como necesitamos compañía, empezamos a completar los espacios vacíos.

“Seguro que con el tiempo cambia.”

“Seguro que después se compromete.”

“Seguro que aprende a comunicarse.”

“Seguro que cuando me conozca mejor…”

Y de repente nos enamoramos de una versión futura de alguien.

No de la persona que tenemos delante.

El miedo a estar solo puede hacer que imaginemos potencial donde todavía no existe realidad.

También existe el miedo a quedarse solo después de una relación larga

Cuanto más tiempo pasamos en pareja, más difícil puede parecer imaginar otra vida.

No necesariamente porque sigamos profundamente enamorados.

A veces simplemente olvidamos cómo se vive de otra manera.

Y entonces aparece:

“¿Qué voy a hacer solo?”

“¿Con quién voy a salir?”

“¿Quién me va a acompañar?”

“¿Cómo voy a empezar nuevamente?”

Son preguntas legítimas.

Pero ninguna responde a una pregunta mucho más importante:

“¿Quiero seguir con esta persona?”

Porque quedarse solamente para evitar esas preguntas también es una decisión.

Una relación no debería ser un refugio contra vos mismo

Esta quizás sea la idea central.

Una pareja puede ser refugio.

Puede ser hogar.

Puede ser un lugar seguro.

Pero si necesitamos permanentemente a otra persona para no enfrentarnos con nosotros mismos, la relación puede convertirse en dependencia.

Y entonces dejamos de preguntarnos:

“¿Esta persona me hace bien?”

para empezar a preguntarnos:

“¿Esta persona evita que me sienta mal?”

Son preguntas completamente diferentes.

¿Querés compañía o conexión?

Probablemente necesites ambas cosas.

Pero distinguirlas puede ayudarte muchísimo.

Compañía: alguien con quien estar.

Conexión: alguien con quien podés sentirte verdaderamente visto.

Podemos tener compañía sin conexión.

Y podemos tener conexión sin estar permanentemente acompañados.

Una relación saludable puede ofrecer ambas.

Pero ninguna debería construirse exclusivamente para anestesiar la soledad.

La pregunta que puede cambiarlo todo

Imaginá que mañana supieras con absoluta certeza que vas a estar bien aunque estés solo.

Que vas a tener amigos.

Proyectos.

Experiencias.

Viajes.

Momentos de placer.

Personas que te quieren.

Una vida propia.

Y que no necesitás una pareja para sentir que tu vida tiene valor.

¿A quién elegirías entonces?

Esa pregunta puede revelar muchísimo.

Porque cuando desaparece el miedo a la soledad, queda algo más limpio:

el deseo de compartir.

Quizás no necesitás encontrar a alguien

Quizás necesitás volver a encontrarte vos.

No como una frase de autoayuda.

Sino literalmente.

Descubrir qué te gusta.

Qué querés.

Qué límites tenés.

Qué cosas ya no estás dispuesto a aceptar.

Qué tipo de relación querés.

Qué clase de persona querés ser dentro de ella.

Porque cuanto mejor te conocés, menos probable es que aceptes cualquier vínculo solamente para no estar solo.

Y cuando finalmente aparezca alguien…

La diferencia puede ser enorme.

Ya no vas a pensar:

“Por fin alguien me quiere.”

Quizás pienses:

“Me gusta esta persona y quiero compartir mi vida con ella.”

No parece una diferencia enorme.

Pero lo es.

En la primera frase, la necesidad está primero.

En la segunda, la elección está primero.

Y una relación construida desde la elección tiene mucho más espacio para respirar.

La reflexión de la Doctora Lust

No está mal querer una pareja.

No está mal querer compañía.

No está mal extrañar un abrazo, una conversación antes de dormir o la sensación de tener a alguien esperándote.

Somos humanos.

Necesitamos conexión.

Pero quizás valga la pena hacerse una pregunta antes de entrar —o permanecer— en una relación:

“¿Estoy eligiendo a esta persona porque realmente quiero compartir mi vida con ella… o porque me da miedo cómo se siente mi vida cuando estoy solo?”

Porque hay una diferencia enorme entre:

“No quiero estar solo.”

y

“Quiero estar con vos.”

La primera frase habla del miedo.

La segunda habla del deseo.

Y quizás una de las formas más sanas de amar sea aprender a distinguirlas.

 

Doctora Lust
Especialista en bienestar íntimo