¿Cómo hablar de sexualidad con los hijos?
Sexualidad ayer, hoy y todo lo que cambió — Artículo 5
Hay conversaciones que muchos padres esperan tener algún día.
La conversación sobre sexo.
El momento en que habrá que explicar qué pasa con el cuerpo, hablar de relaciones, responder preguntas sobre sexualidad o explicar qué significa cuidarse.
El problema es que muchas veces esperamos “la gran conversación”.
Y quizás esa conversación no exista.
Hablar de sexualidad con los hijos no suele ser una charla única, sino un proceso que comienza mucho antes y se va adaptando a medida que ellos crecen.
No hace falta esperar a que llegue “el momento”
Una de las ideas más extendidas es que hay que esperar hasta que los hijos tengan cierta edad para hablar de sexualidad.
Pero la educación sexual comienza mucho antes de hablar específicamente de relaciones sexuales.
Empieza cuando un niño aprende que su cuerpo le pertenece.
Cuando aprende los nombres de las partes de su cuerpo.
Cuando comprende que existen espacios privados.
Cuando aprende a respetar sus propios límites y los de otras personas.
Y también cuando descubre que puede hacer preguntas sin ser avergonzado.
La conversación empieza mucho antes de la adolescencia.
Hablar de sexualidad no significa hablar de todo de una vez
No necesitamos sentar a un niño de ocho años y darle una clase completa sobre sexualidad.
Tampoco necesitamos esperar a los quince para explicarle todo.
La información puede incorporarse progresivamente, de acuerdo con la edad, el desarrollo y las preguntas que aparecen.
Un niño pequeño puede necesitar saber cómo se llaman correctamente las partes de su cuerpo.
Más adelante puede preguntar de dónde vienen los bebés.
Un adolescente puede querer saber sobre anticoncepción, consentimiento, atracción o relaciones.
La conversación cambia porque las preguntas cambian.
La pregunta importa, pero también importa quién responde
Cuando un hijo hace una pregunta sobre sexualidad, muchas veces los padres se concentran inmediatamente en encontrar la respuesta correcta.
Pero hay algo anterior:
¿Cómo reaccionamos?
Un gesto de sorpresa.
Una carcajada.
Un “¿por qué querés saber eso?”
Un cambio de tema.
Una respuesta excesivamente alarmista.
Todo eso también comunica.
El hijo puede interpretar que esa pregunta era incorrecta, que el tema es vergonzoso o que no debería volver a preguntar.
En cambio, una respuesta tranquila puede transmitir algo muy diferente:
“Podés preguntarme.”
Y esa posibilidad puede ser más importante que tener una respuesta perfecta.
No hace falta saberlo todo
Este es uno de los mayores temores de muchos padres.
“¿Qué hago si me pregunta algo que no sé?”
La respuesta puede ser sorprendentemente sencilla:
“No lo sé, pero podemos averiguarlo.”
Reconocer que no tenemos todas las respuestas no nos convierte en malos padres.
Al contrario.
También enseñamos que buscar información confiable forma parte del aprendizaje.
Lo importante es que la fuente sea adecuada y que el adulto no abandone la conversación simplemente porque apareció una pregunta difícil.
La edad importa
Hablar de sexualidad con un hijo no significa utilizar el mismo lenguaje a los cinco, diez o quince años.
La información debe ser adecuada para cada etapa del desarrollo.
Con niños pequeños, las explicaciones pueden ser concretas y sencillas.
Con preadolescentes pueden incorporarse cuestiones relacionadas con los cambios corporales, la pubertad y las emociones.
Con adolescentes, la conversación puede incluir relaciones, consentimiento, anticoncepción, infecciones de transmisión sexual, orientación sexual, intimidad y cuidado.
No se trata de decir más.
Se trata de decir lo que corresponde, cuando corresponde y de una manera que puedan comprender.
¿Hay que hablar de sexo aunque no pregunten?
Sí, aunque no necesariamente mediante una conversación formal.
Si esperamos siempre a que nuestros hijos hagan la primera pregunta, podemos terminar llegando tarde a algunos temas.
La sexualidad aparece en películas, redes sociales, conversaciones entre amigos, publicidad y contenidos de Internet.
Por eso, muchas veces una escena de una serie, una noticia o algo que aparece en redes puede convertirse en una oportunidad natural para conversar.
No hace falta convertir cada situación en una clase.
A veces alcanza con preguntar:
“¿Qué pensás de eso?”
Y escuchar.
Escuchar es tan importante como explicar
Los adultos solemos tener una tendencia muy particular: cuando nuestros hijos hablan, queremos solucionar.
Pero algunas conversaciones no necesitan una solución inmediata.
Necesitan espacio.
Un adolescente que cuenta algo sobre una relación puede estar buscando información.
O quizás solamente quiera ser escuchado.
Antes de responder, puede ser útil preguntar:
“¿Querés que te dé mi opinión o querés contarme lo que pasó?”
Esa pequeña diferencia puede cambiar completamente una conversación.
No educamos solamente con lo que decimos
La educación sexual también ocurre a través del ejemplo.
Los hijos observan cómo los adultos hablamos sobre nuestros cuerpos.
Cómo tratamos a nuestra pareja.
Cómo reaccionamos ante una diferencia.
Cómo hablamos sobre otras personas.
Cómo respetamos límites.
Cómo manejamos una situación de intimidad.
Por eso, enseñar sobre sexualidad no consiste únicamente en transmitir información.
También consiste en mostrar formas saludables de relacionarse.
Consentimiento: una conversación que empieza mucho antes
El consentimiento tampoco debería aparecer recién cuando hablamos de relaciones sexuales.
Puede enseñarse desde situaciones cotidianas.
Un niño puede aprender que no tiene que dar un beso o un abrazo si no quiere.
Puede aprender que otra persona también puede decir que no.
Puede aprender que un “no” debe ser respetado.
Estas experiencias cotidianas construyen una comprensión progresiva de algo fundamental:
nuestro cuerpo merece respeto y el cuerpo de los demás también.
Más adelante, ese aprendizaje podrá aplicarse a relaciones afectivas y sexuales.
¿Y qué hacemos con Internet?
Esta es una de las diferencias más grandes respecto de nuestra propia infancia.
Muchos adultos crecimos con información limitada.
Nuestros hijos crecen en un mundo en el que una pregunta puede tener miles de respuestas en segundos.
Eso hace todavía más importante que exista un adulto disponible para conversar.
Porque Internet puede ofrecer información, pero no necesariamente contexto.
Puede mostrar una imagen, un concepto o una experiencia sin explicar si es apropiada, realista o saludable.
Por eso, prohibir que nuestros hijos tengan preguntas probablemente no sea una estrategia suficiente.
Necesitamos enseñarles también dónde buscar respuestas.
La vergüenza no debería ser la herramienta educativa
Durante mucho tiempo, determinadas conversaciones sobre sexualidad estuvieron acompañadas de miedo o vergüenza.
“Eso no se habla.”
“Esas cosas son de grandes.”
“No preguntes eso.”
Hoy sabemos que una educación basada exclusivamente en el silencio puede dejar a los chicos buscando respuestas en otros lugares.
Hablar con naturalidad no significa perder los límites.
Significa poder establecerlos sin convertir la sexualidad en un tema del que haya que avergonzarse.
¿Cuál es entonces la mejor manera de hablar?
Probablemente no exista una fórmula perfecta.
Pero sí hay algunos principios que pueden ayudar:
Escuchar antes de responder.
Utilizar información adecuada para cada edad.
No burlarse de las preguntas.
No asumir qué sienten o piensan nuestros hijos.
Hablar de límites y consentimiento.
Reconocer cuando no sabemos algo.
Buscar fuentes confiables.
Y, sobre todo, dejar abierta la puerta para una próxima conversación.
Porque una buena charla sobre sexualidad no necesariamente termina cuando respondemos una pregunta.
Puede empezar ahí.
Sexualidad ayer, hoy y todo lo que cambió
Quizás nuestros padres no hablaron demasiado de sexualidad con nosotros porque ellos tampoco tuvieron esa conversación.
Nosotros tenemos la posibilidad de hacer algo diferente.
No necesitamos convertirnos en expertos ni tener un discurso preparado.
Necesitamos estar disponibles.
Porque nuestros hijos probablemente no necesiten padres que sepan responder absolutamente todo.
Necesitan adultos a los que puedan acudir cuando tengan una duda, una preocupación, una experiencia nueva o simplemente una pregunta que les dé vergüenza hacerle a alguien más.
La educación sexual no es una charla. Es una conversación que puede durar toda la vida.


