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La libido: la energía que mueve nuestro deseo

BLOG 2 — SIGMUND FREUD

La libido: la energía que mueve nuestro deseo

Cuando hablamos de libido, muchas veces pensamos simplemente en “tener ganas de sexo”.

Pero para Sigmund Freud, el concepto era bastante más amplio.

La libido era una energía vinculada a las pulsiones sexuales y a la búsqueda de placer. Una fuerza que participa en nuestra manera de relacionarnos, de sentir atracción, de buscar contacto y de experimentar satisfacción.

Y entenderla puede cambiar bastante la manera en que pensamos nuestro deseo.

¿Qué es realmente la libido?

Para Freud, la libido no era solamente el deseo de tener relaciones sexuales.

Era una energía psíquica relacionada con la sexualidad, el placer, la atracción y el vínculo.

Por eso, nuestra libido puede expresarse de muchas maneras.

En una mirada, en una fantasía, en el deseo de acercarnos a alguien, en la excitación, en la curiosidad o en esa sensación difícil de explicar que aparece cuando alguien nos atrae.

El deseo no siempre empieza en el cuerpo. A veces empieza mucho antes, en nuestra mente.

La libido no funciona como un interruptor

No tenemos simplemente “libido” o “no tenemos libido”.

Nuestro deseo puede cambiar.

Hay momentos en los que estamos especialmente conectados con nuestra sexualidad y otros en los que parece desaparecer.

El estrés, el cansancio, las preocupaciones, los conflictos emocionales, las experiencias personales y la calidad de nuestros vínculos pueden influir en cómo vivimos nuestro deseo.

Y esto nos lleva a una idea importante:

tener menos deseo no significa necesariamente haber dejado de ser una persona sexual.

Nuestra sexualidad no es una máquina que funciona siempre de la misma manera.

¿Y qué pasa cuando reprimimos el deseo?

Acá Freud vuelve a ponerse interesante.

Si una pulsión busca satisfacción pero encuentra prohibiciones, miedo, culpa o conflicto, puede ser reprimida.

Eso no significa necesariamente que desaparezca.

Puede cambiar de forma.

Puede aparecer en una fantasía, en un sueño, en una obsesión, en una conducta aparentemente desconectada o simplemente permanecer como una tensión interna.

Por eso el psicoanálisis empezó a prestar tanta atención a aquello que una persona dice que no quiere, pero que de alguna manera sigue apareciendo.

Porque a veces el deseo no desaparece.

Simplemente busca otra puerta.

La libido también puede transformarse

Freud planteaba que esa energía podía desplazarse hacia diferentes actividades.

El deseo puede encontrar expresión en la creatividad, la imaginación, los vínculos, el trabajo o distintas formas de búsqueda de placer.

Esto está relacionado con uno de los conceptos más interesantes del pensamiento freudiano: la sublimación.

Una energía que originalmente está vinculada a una pulsión puede transformarse y encontrar una salida socialmente aceptada.

Dicho de una manera mucho más simple:

no todo lo que deseamos termina en la cama.

A veces termina en una obra de arte.

En una obsesión.

En un proyecto.

En una conquista.

En una fantasía.

O en una historia que seguimos intentando entender muchos años después.

¿Por qué algunas personas nos despiertan deseo?

Esta es una de las preguntas más fascinantes.

Podemos conocer a alguien que, objetivamente, parece no tener nada extraordinario.

Pero sucede algo.

Una mirada.

Una voz.

Una manera de moverse.

Un olor.

Una actitud.

Y de repente aparece una sensación que no elegimos conscientemente.

La libido no siempre sigue nuestra lógica racional.

Podemos decir:

“Esta persona no es mi tipo”.

Y, sin embargo, sentirnos irresistiblemente atraídos.

Porque el deseo no siempre responde a una lista de características.

La cabeza puede hacer una evaluación. La libido puede tener otra opinión.

El deseo también puede entrar en conflicto con nosotros mismos

Y ahí aparece una de las grandes tensiones de la teoría freudiana.

Por un lado, tenemos aquello que deseamos.

Por otro, aquello que creemos que deberíamos desear.

Y entre ambas cosas pueden aparecer la moral, la educación, las normas sociales, las experiencias familiares y nuestras propias inseguridades.

Entonces surge el conflicto:

“¿Por qué quiero esto?”

“¿Está bien que me excite?”

“¿Qué dice esto de mí?”

“¿Debería contárselo a mi pareja?”

“¿Por qué me atrae alguien que jamás imaginé que me atraería?”

Pero sentir un deseo no es lo mismo que actuar sobre él.

Una fantasía no es una obligación. Una pulsión no es una orden.

Conocernos implica poder reconocer lo que sentimos sin necesariamente convertirlo en una conducta.

Y acá aparece una pregunta incómoda

Tal vez no deberíamos preguntarnos solamente cuánto deseamos.

También podríamos preguntarnos:

¿Qué hacemos con aquello que deseamos?

Podemos negarlo.

Podemos sentir culpa.

Podemos perseguirlo compulsivamente.

Podemos reprimirlo.

O podemos intentar comprenderlo.

La última opción quizás sea la más interesante.

Porque conocer nuestra libido no significa liberar todos nuestros impulsos.

Significa aprender a reconocerlos.

🖤 La pregunta de Doctora Lust

¿Cuántas veces dijiste:

“No sé por qué me atrae…”

y pensaste que eso significaba que había algo extraño en vos?

Quizás no haya nada extraño.

Quizás simplemente existe una parte de tu mundo interno que todavía no terminaste de conocer.

Porque el deseo no siempre necesita una explicación inmediata.

A veces necesita espacio para ser observado.

Y como diría Freud, conocer aquello que nos mueve también puede ser una forma de conocernos a nosotros mismos.

 

Tu libido no define quién sos.
Pero puede contarte cosas interesantes sobre vos.