BLOG 8 — SIGMUND FREUD
La represión: cuando deseamos olvidar lo que no queremos sentir
Hay cosas que preferimos no pensar.
Un recuerdo que nos incomoda.
Una fantasía que nos da vergüenza.
Un deseo que sentimos que “no deberíamos” tener.
Una experiencia que preferimos guardar bajo llave.
Pero, ¿qué pasa cuando algo que intentamos sacar de nuestra conciencia no desaparece realmente?
Para Freud, una de las respuestas estaba en un mecanismo fundamental del funcionamiento psíquico:
la represión.
No es simplemente olvidar
Cuando hablamos de represión, muchas veces pensamos en olvidar algo voluntariamente.
Pero para Freud era algo diferente.
La represión es un proceso mediante el cual determinados pensamientos, deseos, recuerdos o representaciones que generan conflicto son mantenidos fuera de la conciencia.
No porque decidamos conscientemente olvidarlos.
Sino porque nuestra propia mente intenta mantenerlos alejados.
Y acá aparece una de las ideas más provocadoras del psicoanálisis:
podemos no saber conscientemente algo que, de alguna manera, sigue formando parte de nosotros.
¿Por qué reprimimos?
Porque no todo lo que sentimos resulta fácil de aceptar.
Podemos aprender desde muy pequeños que determinados deseos son incorrectos, vergonzosos o inaceptables.
La educación, la cultura, la familia, la religión, las normas sociales y nuestras propias experiencias pueden enseñarnos qué está permitido sentir y qué no.
Entonces aparece el conflicto.
“Lo deseo, pero no debería desearlo.”
Y cuando ese conflicto se vuelve demasiado intenso, la mente puede intentar mantener ese deseo fuera de nuestra conciencia.
Pero mantener algo fuera de la conciencia no significa necesariamente eliminarlo.
El deseo puede encontrar otra salida
Esta es una de las razones por las que Freud estaba tan interesado en los sueños, los lapsus, las fantasías y ciertos síntomas.
Si un deseo o conflicto no puede expresarse directamente, puede aparecer de otra manera.
Una fantasía recurrente.
Un sueño extraño.
Una reacción emocional inesperada.
Una conducta repetitiva.
Una atracción que no conseguimos explicar.
Pero cuidado:
esto no significa que cada sueño, fantasía o conducta esconda automáticamente un deseo reprimido.
Las cosas son mucho más complejas.
La teoría freudiana intentaba encontrar relaciones entre esos fenómenos y los conflictos inconscientes de cada persona.
La sexualidad fue uno de los grandes territorios de la represión
Y acá Freud fue especialmente revolucionario para su época.
Planteó que muchas personas podían experimentar deseos sexuales que entraban en conflicto con las normas que habían aprendido.
Y cuando un deseo era considerado inaceptable, podía ser reprimido.
Esto podía generar una tensión entre:
lo que sentimos
y
lo que creemos que deberíamos sentir.
Y esa tensión puede resultar agotadora.
Porque negar constantemente una parte de nuestra experiencia interna requiere energía.
“Yo no siento eso”
Imaginemos una persona que siente una fuerte atracción por alguien.
Pero esa atracción contradice completamente la imagen que tiene de sí misma.
Entonces empieza a buscar explicaciones:
“Solo me cae bien.”
“Es admiración.”
“Me parece interesante, nada más.”
“Estoy imaginando cosas.”
Quizás tenga razón.
Pero también podría estar intentando mantener una emoción incómoda fuera de su conciencia.
No podemos saberlo simplemente observando desde afuera.
Y eso es importante.
No todo deseo necesita ser interpretado como represión.
El autoconocimiento requiere curiosidad, no conclusiones apresuradas.
Reprimir no es lo mismo que elegir
Esta diferencia es fundamental.
Si tengo una fantasía y decido conscientemente no llevarla a la realidad, eso no significa necesariamente que la esté reprimiendo.
Puedo reconocerla.
Aceptar que existe.
Y simplemente decidir que no quiero convertirla en una experiencia.
Eso es una elección.
La represión, en el sentido freudiano, implica algo diferente: que determinados contenidos son mantenidos fuera de la conciencia porque resultan conflictivos.
Por eso:
aceptar un deseo no significa tener que actuarlo.
Podemos reconocer lo que sentimos y, al mismo tiempo, elegir nuestros límites.
Cuando la culpa aparece antes que el deseo
A veces ni siquiera llegamos a reconocer lo que sentimos.
Antes aparece la culpa.
“Esto está mal.”
“No debería excitarme con esto.”
“¿Qué clase de persona soy por pensar así?”
Y entonces dejamos de explorar nuestra experiencia.
La culpa ocupa todo el espacio.
Pero sentir una emoción o tener una fantasía no es lo mismo que actuar.
Nuestros pensamientos no siempre representan nuestras intenciones.
Y nuestras fantasías no son contratos.
Podemos observarlas sin convertirlas automáticamente en decisiones.
La represión también puede protegernos
Freud no planteaba la represión simplemente como un enemigo.
En cierta medida, los mecanismos psíquicos de defensa cumplen una función protectora.
Hay experiencias que quizá nuestra mente necesita procesar poco a poco.
El problema aparece cuando aquello que fue una protección temporal se convierte en una forma permanente de evitar determinadas partes de nosotros mismos.
Porque entonces puede suceder algo paradójico:
intentamos no pensar en algo y terminamos pensando cada vez más en ello.
Lo que negamos puede seguir influyendo
Quizás esta sea una de las ideas más interesantes que podemos rescatar de Freud.
No necesitamos convertir nuestra vida en una búsqueda obsesiva de deseos ocultos.
Pero sí podemos prestar atención a nuestros patrones.
¿Qué temas nos generan una reacción desproporcionada?
¿Qué deseos nos provocan una culpa inmediata?
¿Qué situaciones evitamos sistemáticamente?
¿Qué parte de nuestra sexualidad nos cuesta incluso nombrar?
No para obligarnos a descubrir una verdad escondida.
Sino para preguntarnos:
“¿Qué me pasa con esto?”
Conocernos no significa sacar todo a la luz
Y esto también es importante.
No todo necesita ser analizado.
No todo pensamiento necesita una explicación.
No todo deseo necesita convertirse en una confesión.
El autoconocimiento no consiste en abrir cada cajón de nuestra mente y dejar todo expuesto.
Consiste en poder acercarnos a nosotros mismos con suficiente seguridad como para mirar aquello que antes nos generaba demasiado conflicto.
Sin juzgarnos.
Sin obligarnos.
Sin convertir cada pensamiento en una verdad absoluta.
La libertad empieza cuando podemos reconocer lo que sentimos
Quizás la verdadera pregunta no sea:
“¿Cómo dejo de tener este deseo?”
Sino:
“¿Por qué necesito que este deseo desaparezca para sentirme bien conmigo?”
A veces el problema no es lo que sentimos.
Es la historia que aprendimos a contarnos sobre eso que sentimos.
Y ahí el trabajo de conocernos puede ser profundamente liberador.
No para hacer todo lo que queremos.
Sino para dejar de vivir en guerra con nuestra propia vida interior.
🖤 La pregunta de Doctora Lust
Hay algo que quizás nunca te permitiste reconocer.
No necesariamente porque esté mal.
Tal vez simplemente porque alguna vez aprendiste que no estaba permitido sentirlo.
Y acá aparece una pregunta poderosa:
¿Eso que realmente no querés… o eso que aprendiste que no deberías querer?
La diferencia puede parecer pequeña.
Pero puede cambiar completamente la manera en que entendés tu deseo.
Porque quizá la libertad no consista en eliminar aquello que nos incomoda.
Quizás empiece cuando podemos mirarlo de frente y decir:
“Sí, esto existe en mí.
Ahora puedo decidir qué hago con ello.”


