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Freud: el hombre que nos enseñó que no somos tan dueños de nosotros mismos

BLOG 12 — SIGMUND FREUD

Freud: el hombre que nos enseñó que no somos tan dueños de nosotros mismos

Hay una frase que podría resumir buena parte de la revolución que provocó Sigmund Freud:

“No todo lo que hacemos, deseamos o sentimos tiene una explicación consciente.”

Y quizás eso sea lo que más incomoda de Freud.

Nos gusta pensar que conocemos nuestras razones.

Que sabemos por qué elegimos.

Por qué deseamos.

Por qué rechazamos.

Por qué nos enamoramos de determinadas personas.

Por qué repetimos ciertas historias.

Por qué algo nos excita y otra cosa nos genera rechazo.

Nos gusta pensar que tenemos el control.

Freud vino a poner una pregunta incómoda sobre la mesa:

¿Y si una parte de nosotros toma decisiones antes de que nuestra conciencia se entere?


El hombre que puso al inconsciente en el centro

Antes de Freud, la idea de que la mente podía contener procesos que no conocemos no era completamente nueva.

Pero él convirtió esa idea en el centro de un sistema de pensamiento.

El inconsciente pasó a ocupar un lugar fundamental.

Y con él aparecieron conceptos que todavía forman parte de nuestra cultura:

pulsiones, libido, represión, sueños, fantasías, mecanismos de defensa, transferencia, deseo.

Freud intentó construir un mapa de aquello que no podemos observar directamente.

Y aunque muchas de sus teorías fueron posteriormente cuestionadas, modificadas o rechazadas, su impacto fue enorme.

Porque cambió la pregunta.

Ya no se trataba solamente de:

“¿Qué hace una persona?”

También había que preguntarse:

“¿Qué está ocurriendo dentro de esa persona?”


El deseo no era un detalle

Uno de los aspectos más provocadores de Freud fue darle a la sexualidad un lugar central en la vida psíquica.

En una época en la que hablar abiertamente de deseo, placer y sexualidad estaba profundamente condicionado por las normas sociales, Freud planteó que la sexualidad no podía simplemente ser ignorada.

El deseo formaba parte de nosotros.

La libido.

Las fantasías.

Las pulsiones.

La búsqueda de placer.

La represión.

La culpa.

Los conflictos.

Todo podía formar parte de una misma historia.

Y eso nos lleva a una idea que todavía resulta tremendamente actual:

no somos solamente lo que hacemos con nuestro deseo. También somos la manera en que aprendimos a relacionarnos con él.


¿Qué pasa cuando deseamos algo que creemos que no deberíamos desear?

Ahí aparece el conflicto.

Una parte quiere.

Otra juzga.

Otra intenta negociar.

Y nuestra mente busca alguna manera de mantener todo funcionando.

Freud describió ese conflicto a través de conceptos como el Ello, el Yo y el Superyó.

El deseo puede decir:

“Lo quiero.”

La norma puede responder:

“No deberías.”

Y la realidad aparece preguntando:

“¿Qué vas a hacer con eso?”

Quizás esa conversación interna ocurra más veces de las que imaginamos.

Cuando sentimos atracción.

Cuando aparece una fantasía.

Cuando queremos romper una regla.

Cuando sentimos culpa.

Cuando tenemos que decidir entre lo que deseamos y lo que consideramos correcto.


Y entonces aparecen nuestras defensas

Porque no siempre estamos preparados para mirar todo lo que sentimos.

A veces negamos.

A veces reprimimos.

A veces proyectamos.

A veces racionalizamos.

A veces buscamos una explicación perfectamente lógica para algo que comenzó siendo completamente emocional.

No necesariamente porque seamos falsos.

Porque nuestra mente también intenta protegernos.

Y esta idea es una de las más interesantes que nos deja Freud:

A veces aquello que hacemos para protegernos termina también alejándonos de nosotros mismos.


Los sueños, las fantasías y esos pensamientos que aparecen de la nada

Freud prestó especial atención a todo aquello que parecía escapar al control consciente.

Los sueños.

Los lapsus.

Las fantasías.

Las asociaciones inesperadas.

Los deseos que no sabíamos que teníamos.

No significa que cada sueño esconda un secreto.

Ni que cada error al hablar revele una verdad reprimida.

Hoy sabemos que la mente humana es mucho más compleja que cualquier teoría individual.

Pero la pregunta de fondo sigue siendo poderosa:

¿Cuánto de nuestra vida interior ocurre sin que podamos explicarlo inmediatamente?


También llevamos nuestro pasado a nuestras relaciones

Freud observó que nuestras experiencias anteriores pueden influir en la manera en que nos vinculamos.

Y acá aparece la transferencia.

Podemos reaccionar frente a una persona actual desde emociones que también tienen relación con nuestra historia.

Podemos esperar abandono.

Buscar aprobación.

Temer el rechazo.

Sentir una intensidad enorme frente a alguien que acabamos de conocer.

No significa que todo vínculo sea una repetición de nuestra infancia.

Pero tampoco llegamos a una relación con una mente completamente vacía.

Llegamos con una historia.


Y quizás por eso repetimos algunas cosas

Hay personas que cambian de pareja pero parecen vivir siempre la misma historia.

El mismo tipo de conflicto.

La misma distancia.

Los mismos celos.

La misma necesidad de aprobación.

La misma sensación de no ser suficiente.

Freud se interesó profundamente por estas repeticiones.

Y aunque hoy existen muchas maneras diferentes de explicarlas, la pregunta continúa siendo válida:

¿Por qué algunas historias parecen encontrarnos una y otra vez?

Quizás porque aquello que conocemos puede sentirse más familiar que aquello que realmente nos hace bien.


Pero Freud también nos dejó una posibilidad

Si existe algo inconsciente que influye en nosotros, entonces conocernos puede cambiar nuestra relación con ese algo.

No para controlarlo todo.

No para eliminar nuestros deseos.

No para convertirnos en personas perfectamente racionales.

Sino para empezar a observarnos.

Reconocer patrones.

Cuestionar nuestras culpas.

Entender nuestras contradicciones.

Aceptar que podemos sentir algo sin necesariamente actuarlo.

Y descubrir que una fantasía no es una obligación.

Un deseo no es una orden.

Una emoción no es una sentencia.


La verdadera libertad no es dejar de desear

Y quizás acá es donde la mirada de Doctora Lust puede separarse de una interpretación simplista de Freud.

Una sexualidad libre no significa hacer absolutamente todo lo que deseamos.

Tampoco significa eliminar los límites.

Ni vivir buscando estímulos constantemente.

La libertad sexual puede ser algo mucho más profundo:

poder reconocer lo que sentimos sin sentir automáticamente vergüenza por sentirlo.

Poder decir que no.

Poder decir que sí.

Poder cambiar de opinión.

Poder hablar de nuestras fantasías.

Poder conocer nuestros límites.

Poder elegir.

Y, sobre todo:

poder distinguir entre lo que deseamos y lo que realmente queremos hacer.


Freud no tenía todas las respuestas

Y esto también hay que decirlo.

Freud fue revolucionario, pero no fue infalible.

Muchas de sus teorías fueron cuestionadas por investigaciones posteriores.

Algunas de sus ideas pertenecen claramente al contexto cultural y científico de su época.

La psicología actual no puede reducirse al psicoanálisis.

Pero quizás no necesitemos estar de acuerdo con Freud en todo para reconocer la magnitud de su aporte.

Porque hizo algo enorme:

nos obligó a mirar hacia adentro.


Después de Freud, ya no fue tan fácil decir “yo soy así”

Porque apareció una pregunta mucho más interesante:

“¿Por qué soy así?”

Y después:

“¿Siempre fui así?”

Y quizás finalmente:

“¿Quiero seguir siendo así?”

Ahí aparece el verdadero valor del autoconocimiento.

No descubrir una explicación perfecta para cada aspecto de nuestra personalidad.

Sino comprender que podemos observarnos, cuestionarnos y cambiar.


🖤 El cierre de Doctora Lust

Después de doce capítulos, quizás Freud nos deje una última provocación.

No somos solamente nuestros pensamientos.

No somos solamente nuestros deseos.

No somos solamente nuestra historia.

No somos solamente aquello que mostramos.

Somos también nuestras contradicciones.

Nuestros conflictos.

Nuestras fantasías.

Nuestros miedos.

Aquello que reprimimos.

Aquello que todavía estamos aprendiendo a aceptar.

Y quizás conocernos no consista en encontrar una versión “correcta” de nosotros mismos.

Quizás consista en poder mirar todas esas partes y decir:

“Esto también soy yo.”

Porque cuanto más conocemos nuestro deseo, menos necesitamos tenerle miedo.

Cuanto más entendemos nuestras emociones, menos necesitamos juzgarlas.

Y cuanto más conscientes somos de nuestra historia, más posibilidades tenemos de escribir algo diferente.

Freud nos enseñó a mirar hacia adentro.

 

Ahora nos toca decidir qué hacemos con todo lo que encontramos.