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La partida

La partida

La primera regla apareció escrita en una pequeña tarjeta negra:

“Esta noche, uno de los dos decide.”

Ella la leyó dos veces.

Él no dijo nada.

Sobre la mesa había un tablero de ajedrez, una copa de vino y doce pequeñas tarjetas que ninguno de los dos había visto antes.

No era la primera vez que hablaban de fantasías.

Pero sí era la primera vez que decidían dejar de hablar de ellas para convertir una de ellas en un juego.

—¿Y quién empieza? —preguntó ella.

Él tomó la tarjeta.

La miró.

Sonrió.

—Esta vez, yo.

Ella levantó una ceja.

—Entonces tendrás que aprender algo importante.

—¿Qué?

—Que tener el control también implica saber cuándo detenerse.

Él dejó la tarjeta sobre la mesa.

Y por un instante ninguno de los dos hizo nada.

Ese silencio fue el verdadero comienzo de la partida.

Las reglas

Habían acordado tres cosas antes de empezar.

Nada que incomodara realmente al otro.

Nada que no pudiera detenerse.

Y una señal para terminar el juego inmediatamente.

El resto quedaba abierto a la imaginación.

Porque eso era lo que más los atraía: no saber exactamente qué iba a ocurrir.

No buscaban descubrir quién mandaba en la relación.

Buscaban descubrir qué sensación producía jugar, durante unas horas, a que uno de los dos tenía ese poder.

Él movió una pieza del tablero.

—Te toca.

Ella miró las piezas.

—No. Esta noche no.

—¿No?

—No. Dijiste que decidías vos.

Él sonrió.

Y ella descubrió algo extraño.

Había algo profundamente excitante en no tener que decidir.

No porque hubiera perdido su libertad.

Precisamente porque sabía que podía recuperarla en cualquier momento.

El poder de confiar

La noche avanzó entre pequeñas reglas, miradas y desafíos.

Algunos eran absurdamente sencillos.

Otros los obligaban a sostener la mirada un poco más de lo habitual.

Pero cuanto más avanzaba el juego, menos importante parecía quién estaba ganando.

El tablero seguía allí.

Las piezas seguían moviéndose.

Sin embargo, la verdadera partida estaba ocurriendo en otro lugar.

En la confianza.

En la expectativa.

En esa sensación de entregar una pequeña parte del control y descubrir que hacerlo voluntariamente podía resultar mucho más intenso de lo que habían imaginado.

En un momento, ella tomó una pieza del tablero.

—Ahora me toca.

Él la miró.

—Pensé que yo decidía.

—Sí.

Ella colocó la pieza en el centro.

—Pero vos decidiste que yo podía hacerlo.

Él se quedó callado.

Y entonces comprendió la paradoja.

Quizás el poder nunca había estado realmente en sus manos.

Una última tarjeta

Cuando quedaba solamente una tarjeta sobre la mesa, ninguno de los dos quiso abrirla.

Habían comenzado la noche pensando que el juego consistía en controlar al otro.

Ahora sabían que no era tan sencillo.

Ella tomó la tarjeta.

La abrió.

Solo había una frase:

“¿Quién tiene realmente el poder?”

Se miraron.

Y los dos empezaron a reír.

Porque después de todo lo que había ocurrido, la respuesta parecía demasiado evidente.

Los dos.

Habían jugado con el poder porque confiaban el uno en el otro.

Habían podido entregar el control porque sabían que podían recuperarlo.

Y habían descubierto que una fantasía puede ser intensa sin dejar de ser segura.

Ella volvió a colocar la tarjeta sobre la mesa.

—¿Otra partida?

Él miró el tablero.

—Esta vez empezás vos.

Ella sonrió.

Y movió la primera pieza.


La fantasía detrás de la historia

La fantasía del poder no siempre consiste en querer dominar o ser dominado.

A veces consiste simplemente en poder jugar con esos roles durante un tiempo, sabiendo que existe confianza, límites y consentimiento.

La persona que entrega el control no necesariamente está perdiéndolo.

Puede estar eligiendo, precisamente, con quién compartirlo y cuándo recuperarlo.

Y quizás esa sea la parte más fascinante de la fantasía:

no saber quién tiene el poder.

Sino descubrir que ambos decidieron jugar.

Continuá la saga

Capítulo 1 — Doctora Lust: Poder y deseo: la fantasía del control

Capítulo 2 — Désirée: La partida

Próximo capítulo — Denise: Cuando el poder se convierte en juego