Blog 9/36 — Denise
Cómo jugar con lo prohibido sin cruzar los límites
Hay algo que aprendimos de Doctora Lust:
fantasear con algo no significa necesariamente querer hacerlo en la vida real.
Y Désirée nos llevó justamente hasta esa puerta entreabierta donde la curiosidad empieza a hacer su trabajo.
Ahora viene mi parte favorita:
¿Qué hacemos con toda esa imaginación?
La convertimos en juego.
Lo prohibido puede ser un personaje
Cuando hablamos de jugar con lo prohibido, no necesitamos hacer nada realmente prohibido.
Podemos crear una situación ficticia.
Un personaje.
Una regla.
Una historia.
Una puerta que supuestamente no deberíamos abrir.
Un mensaje secreto.
Una invitación misteriosa.
El atractivo está en la fantasía de transgredir, no en romper los límites reales de la pareja.
Y ahí está la diferencia.
La regla número uno
Si vamos a jugar con límites, primero tenemos que establecerlos.
Parece contradictorio, pero no lo es.
Para jugar libremente necesitamos saber dónde podemos llegar.
Antes de empezar, pueden hablar de tres cosas:
Esto sí.
Esto no.
Y esto lo podemos conversar durante el juego.
También pueden acordar una palabra o señal para detenerse.
Después de eso, comienza la parte divertida.
El juego de la puerta
¿Te acordás de la puerta entreabierta de la historia de Désirée?
Podemos convertirla en una dinámica.
Prepará tres tarjetas:
ABRIR
ESPERAR
ELEGIR
Cada una puede esconder una pequeña consigna.
Por ejemplo:
ABRIR: descubrir una sorpresa.
ESPERAR: mantener el misterio durante unos minutos.
ELEGIR: decidir entre dos opciones propuestas por la pareja.
No hace falta complicarlo.
El objetivo es generar curiosidad y expectativa.
Una fantasía necesita complicidad
Hay una diferencia enorme entre sorprender y presionar.
Si conocés a tu pareja, probablemente sabés qué cosas pueden despertar su curiosidad y cuáles no.
Usá esa información para construir el juego.
Un mensaje inesperado.
Una habitación preparada de otra manera.
Una vestimenta diferente.
Una historia inventada.
Un personaje.
Un accesorio.
Una caja cerrada que solamente podrá abrirse cuando llegue determinada tarjeta.
La fantasía puede crecer con elementos muy simples.
La imaginación hace gran parte del trabajo.
¿Y dónde entran los productos?
Acá podemos incorporar accesorios que ayuden a construir la escena.
Un antifaz puede representar misterio.
Una lencería puede formar parte de un personaje.
Un juego de cartas puede decidir las consignas.
Un accesorio puede convertirse en el objeto secreto de la historia.
Pero acordate:
el producto acompaña la fantasía; no la reemplaza.
Primero imaginamos qué queremos jugar.
Después buscamos las herramientas que puedan hacerlo más divertido.
Lo realmente prohibido queda afuera
Esta es la parte que para mí no se negocia.
Una fantasía puede representar una prohibición.
Pero un límite real sigue siendo un límite real.
Si alguien dice que no, el juego termina.
Si algo incomoda, se cambia.
Si una persona quiere parar, se para.
Y eso no arruina la fantasía.
Al contrario.
Saber que podés decir “no” en cualquier momento es justamente lo que permite jugar con mucha más tranquilidad.
La mejor parte de lo prohibido
Quizás el secreto esté en que no necesitamos hacer aquello que imaginamos.
Podemos simplemente jugar con la idea.
Inventar una historia.
Crear una situación.
Interpretar un personaje.
Dejar una puerta entreabierta.
Y después decidir si queremos abrirla.
Porque algunas fantasías son interesantes precisamente porque permanecen en ese territorio entre la imaginación y la realidad.
Tu turno
Así que la próxima vez que aparezca una fantasía que parezca “prohibida”, no empieces preguntándote:
“¿Lo hacemos?”
Probá con otra pregunta:
“¿Cómo podríamos jugar con esta idea?”
Quizás descubras que la respuesta no estaba detrás de la puerta.
Estaba en la imaginación.
Y ahora ya sabés algo más:
una buena fantasía no necesita romper las reglas para resultar excitante.
A veces alcanza con inventar unas nuevas.


