Los Escritos de Désirée
Lo que pasó después de la fiesta
Las fiestas tienen una regla que nadie escribe.
Lo que pasa mientras están todos, tarde o temprano, termina contándose.
Lo que pasa cuando la fiesta termina…
eso es otra historia.
Aquella noche habían sido casi treinta personas.
Música, copas, conversaciones cruzadas y gente entrando y saliendo del balcón.
Sofía había llegado con Andrés.
Martina, con una amiga.
Y Lucas había aparecido solo, bastante después de que empezara la fiesta.
No era la primera vez que se veían.
Pero sí era la primera vez que se miraban de aquella manera.
No ocurrió nada.
Al menos, nada que alguien pudiera señalar.
Una mirada en la cocina.
Una sonrisa junto a la barra.
Una mano que rozó otra al pasar.
Pequeñeces.
De esas que, por separado, no significan nada.
Pero juntas…
pueden significarlo todo.
A las dos de la mañana, la fiesta empezó a vaciarse.
Primero se fueron los que tenían que madrugar.
Después los que habían tomado demasiado.
Después las parejas que ya estaban buscando un taxi.
A las tres quedaban solamente cinco personas.
A las tres y cuarto, cuatro.
A las tres y media, tres.
Y a las cuatro menos diez, solamente Sofía, Lucas y Martina.
—Creo que somos los últimos —dijo Sofía.
Martina miró alrededor.
—No.
Señaló el pasillo.
—Queda alguien en el dormitorio.
Lucas sonrió.
—¿Quién?
Martina lo miró.
—No sé.
Y se fue a buscarlo.
Sofía quedó sola con Lucas.
Por primera vez en toda la noche no había música.
No había conversaciones alrededor.
No había nadie que pudiera interrumpir una frase.
Lucas levantó su copa.
—Al final sí se terminó la fiesta.
Sofía sonrió.
—Parece.
—¿Te vas?
Ella miró la hora.
—Debería.
Pero no se movió.
Lucas tampoco.
Hubo un silencio.
Uno de esos que ya no necesitan conversación.
—Toda la noche quise preguntarte algo —dijo él.
Sofía lo miró.
—¿Qué?
Lucas dejó la copa sobre la mesa.
—Si esa mirada era para mí.
Sofía sonrió.
—¿Cuál?
—Esa.
Ella bajó los ojos.
—Quizás.
En ese momento apareció Martina en el pasillo.
Se quedó observándolos durante un segundo.
Y sonrió.
—Ah.
Sofía la miró.
—¿Qué?
—Nada.
Martina tomó su bolso.
—Yo me voy.
—¿Ya?
—Sí.
Miró a Lucas.
Después a Sofía.
—Aunque ahora entiendo por qué nadie tenía apuro.
Sofía soltó una carcajada.
—No empieces.
Martina se acercó a la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Tranquilos.
Una pausa.
—No vi nada.
Y cerró la puerta.
Sofía miró a Lucas.
—Tu amiga es terrible.
—No es mi amiga.
—Entonces peor.
Los dos se rieron.
Y después volvió el silencio.
Pero esta vez ninguno quiso romperlo.
Lucas se acercó apenas.
No demasiado.
Lo suficiente.
Sofía no retrocedió.
La música seguía apagada.
La casa estaba prácticamente a oscuras.
Y durante unos segundos pareció que toda la noche había estado esperando exactamente ese momento.
Después, la puerta del dormitorio se cerró.
Y Désirée decidió no entrar.
Porque algunas historias no necesitan testigos.
Solo necesitan una puerta que se cierre.
Y tiempo.
Mucho tiempo.
A la mañana siguiente, Martina recibió un mensaje de Sofía.
“Llegaste bien?”
Martina respondió:
“Sí.”
Esperó unos segundos.
Después agregó:
“¿Y vos?”
La respuesta tardó.
“También.”
Martina sonrió.
Y escribió una última cosa:
“¿Pasó algo después de que me fui?”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Y finalmente llegó la respuesta:
“Eso queda después de la fiesta.”
Martina guardó el teléfono.
No insistió.
Porque hay cosas que una amiga puede preguntar.
Y hay otras que, por respeto a la historia…
es mejor dejar que Désirée las imagine.
La fantasía detrás de la historia
Quizás lo más atractivo de una fiesta no sea lo que sucede mientras todos están mirando.
Quizás sea ese momento posterior.
Cuando la música se apaga.
Cuando quedan pocas personas.
Cuando desaparecen las miradas ajenas y aparece la posibilidad de decir aquello que durante toda la noche quedó pendiente.
A veces la fantasía empieza precisamente cuando termina el escenario.
Para llevar la fantasía al juego
Una fiesta puede ser el comienzo de un juego.
Una mirada.
Una pregunta.
Una apuesta.
Una conversación que queda pendiente.
No hace falta saber exactamente cómo termina.
De hecho, parte de la gracia está en dejar algunas reglas abiertas y permitir que cada uno complete la historia a su manera.
Porque una fantasía compartida no siempre necesita un guion.
A veces necesita solamente una oportunidad.
La mirada
Désirée podría preguntarle a Sofía qué pasó aquella madrugada.
Podría preguntarle a Lucas.
Podría preguntarle incluso a Martina.
Pero no lo hará.
Porque hay historias que pierden su magia cuando alguien decide contarlas completas.
Y quizás eso sea justamente lo que hace que algunas noches duren mucho más que una fiesta.
La música termina.
Las copas se vacían.
Las luces se apagan.
Todos se van.
Pero algunas historias…
recién empiezan después de la fiesta.
Así lo cuenta Désirée.


