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Perdiendo el control

Los Escritos de Désirée

Perdiendo el control

Darío había comprado el regalo hacía tres días.

Lo había visto, lo había pensado durante un rato y finalmente había decidido que era exactamente el tipo de regalo que podía convertir una noche cualquiera en una historia para recordar.

Un pequeño juguete.

Recargable por USB.

Con control remoto.

La clase de cosa que, en manos de una pareja con imaginación, podía convertir cualquier lugar cotidiano en un escenario completamente distinto.

—Tengo algo para vos —le dijo a Romina esa noche.

Ella abrió la caja.

Lo miró.

Después miró a Darío.

—¿Y el control?

Darío lo levantó como si acabara de ganar un premio.

—Acá.

Romina sonrió.

—Entonces ya entendí.

—¿Qué entendiste?

—Que esta noche querés jugar.

Darío sonrió.

—Exactamente.

Dos horas después estaban en una cervecería.

Una mesa en un rincón.

Dos cervezas.

Música de fondo.

Y Lorena atendiendo las mesas.

Lorena era amiga de Romina desde hacía años.

La conocía demasiado bien como para no darse cuenta cuando Romina estaba escondiendo una sonrisa.

—¿Qué están tramando ustedes dos? —preguntó mientras dejaba las cervezas.

—Nada —respondió Romina.

Lorena miró a Darío.

—Ese “nada” tiene cara de problema.

Darío se rio.

—Hoy estoy portándome bien.

—Eso sí que no te lo creo.

Lorena se fue.

Darío esperó unos segundos.

Después miró a Romina.

Sacó discretamente el control.

Ella bajó la mirada.

—¿Ahora?

—Ahora.

El primer cambio fue casi imperceptible.

Romina tomó un sorbo de cerveza.

Darío sonrió.

—¿Todo bien?

—Perfecto.

—¿Seguro?

Romina asintió.

Y durante un rato, el juego siguió entre los dos.

Una mirada.

Una sonrisa.

Una pequeña provocación.

Darío disfrutaba demasiado de tener el mando.

Cada tanto miraba a Romina y levantaba el control apenas para recordarle quién estaba jugando con quién.

Pero las cervezas empezaron a acumularse.

Una.

Dos.

Tres.

Darío hablaba más fuerte.

Se reía más.

Y, en algún momento, dejó el control sobre la mesa.

—Voy al baño —dijo.

Romina lo miró.

—No pierdas eso.

Darío levantó el control.

—Imposible.

Y se fue.

Romina volvió a mirar a Lorena, que estaba detrás de la barra.

Lorena levantó una ceja.

—¿Todo bien?

—Sí.

—Tenés una cara rara.

—Es culpa de Darío.

Lorena se acercó.

—¿Qué hizo?

Romina sonrió.

—Después te cuento.

Darío tardaba.

Cuando finalmente volvió, estaba bastante más desorientado.

—¿Cuánto tomé?

Romina se rio.

—Demasiado.

Darío se sentó.

Buscó el control.

No estaba.

Miró debajo de la mesa.

Nada.

—¿Dónde está?

—¿Qué cosa?

—El control.

Romina se encogió de hombros.

—Vos lo tenías.

Darío empezó a revisar los bolsillos.

Nada.

—Lo perdí.

Y por primera vez aquella noche, Romina sonrió de una manera diferente.

Porque quizás Darío todavía no lo sabía.

Pero alguien había encontrado el control.

Lorena.

Estaba detrás de la barra.

Lo había visto sobre una mesa vacía cuando fue a recoger unos vasos.

Y lo había reconocido inmediatamente.

Cuando volvió a pasar junto a Romina, dejó el control discretamente sobre la mesa.

Romina lo miró.

Después miró a Lorena.

Lorena sonrió.

—Creo que esto es tuyo.

Romina tomó el control.

—No.

Miró a Darío.

Él estaba intentando recordar dónde había dejado las llaves.

Romina volvió a mirar a Lorena.

—Creo que ahora es tuyo.

Lorena entendió.

Y sonrió.

No hizo falta decir nada.

Solo levantó el control.

Romina sintió el cambio.

Miró a Lorena.

Lorena no apartó la mirada.

Darío seguía completamente ajeno a la situación.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Romina se acercó a él.

—Nada.

Le dio un beso en la mejilla.

—Vos relajate.

Darío la miró, confundido.

—¿Por qué?

Romina miró hacia la barra.

Lorena estaba allí.

Con el control en la mano.

Y una sonrisa que decía demasiado.

Romina volvió a mirar a Darío.

—Porque esta noche vos perdiste el control.

Darío tardó un segundo en entender.

—¿Qué?

Romina sonrió.

—El control lo tiene Lorena.

Darío miró hacia la barra.

Lorena levantó el mando.

Saludó con él.

Y siguió atendiendo a los clientes como si nada.

Darío se quedó mirándola.

Después miró a Romina.

—¿Desde cuándo?

Romina sonrió.

—Desde que vos empezaste a tomar demasiado.

Y ahí comprendió la ironía.

Había comprado un juguete para tener el control.

Había llevado a Romina a una cervecería para jugar con él.

Había pasado toda la noche creyendo que la situación estaba en sus manos.

Y terminó descubriendo algo bastante más interesante:

a veces la fantasía empieza exactamente cuando alguien pierde el control.

Désirée no sabe qué pasó después.

Y tampoco necesita saberlo.

Porque aquella noche hubo una pregunta que quedó flotando sobre la mesa:

¿Quién tenía realmente el control?

La respuesta estaba detrás de la barra.

Y Lorena sonreía.

Así lo cuenta Désirée.