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Lecciones privadas

LOS ESCRITOS DE DÉSIRÉE

ESCRITO N.º 11 — Lecciones privadas

Hay cosas que nadie puede enseñar en una clase.

La paciencia.

La confianza.

La manera de mirar a alguien cuando ya no hace falta decir nada.

Y, sobre todo, la capacidad de dejarse sorprender.

Clara llegó aquella noche con una idea bastante sencilla.

Había preparado el ambiente, elegido la ropa y hasta escrito algunas pequeñas instrucciones.

Pero cuando Martín entró en la habitación, ella decidió cambiar de plan.

—Hoy tengo una clase para vos.

Martín levantó una ceja.

—¿Una clase?

—Privada.

Él sonrió.

—¿Y cuál es la materia?

Clara se acercó.

—Eso lo vas a descubrir.

Sobre una pequeña mesa había un cuaderno, una lapicera y una pizarra.

En ella estaban escritas cuatro palabras:

Confianza.

Atención.

Imaginación.

Complicidad.

Martín las leyó.

—Parece una clase bastante seria.

—Lo es.

Clara tomó la lapicera.

—Primera lección.

Escribió:

“Aprender a mirar.”

Se sentaron frente a frente.

Durante unos segundos no dijeron nada.

Solo se miraron.

Al principio parecía una tontería.

Después dejó de parecerlo.

Había algo diferente en permanecer frente a la persona que conocemos desde hace tanto tiempo y observarla como si fuera la primera vez.

Clara sonrió.

—Aprobado.

Martín se rió.

—¿Ya?

—Primera lección.

Después vino la segunda.

“Aprender a escuchar.”

Esta vez cada uno tenía que decir algo que admiraba del otro y que quizás nunca había expresado de esa manera.

La respuesta de Martín sorprendió a Clara.

Y la de ella lo sorprendió a él.

Descubrieron que incluso después de mucho tiempo juntos todavía existían cosas que podían aprender uno del otro.

La tercera lección fue diferente.

“Aprender a elegir.”

Ahora cada uno tenía que decidir qué quería que ocurriera a continuación.

Sin obligación.

Sin respuestas correctas.

Solo una propuesta.

Y después otra.

El juego empezó a adquirir su propio ritmo.

A veces uno tomaba la iniciativa.

A veces el otro.

Y algunas veces simplemente se quedaban conversando.

Porque aquella noche no se trataba de completar una lista.

Se trataba de descubrir qué les gustaba hacer juntos cuando dejaban de pensar en lo que supuestamente deberían hacer.

Cuando llegaron a la última lección, Clara tomó la tiza.

Escribió:

“Aprender a no tener apuro.”

Martín la miró.

—Esa es difícil.

—Por eso la dejamos para el final.

Clara apagó la luz principal.

Solo quedó encendida una lámpara junto a la cama.

La música continuó.

Y durante un largo rato no necesitaron ninguna instrucción.

La clase había terminado.

Pero ninguno de los dos tenía ganas de irse.

Martín miró la pizarra.

—Creo que me faltó una materia.

—¿Cuál?

—La próxima.

Clara sonrió.

Tomó la tiza nuevamente.

Debajo de las cuatro palabras escribió una quinta:

“Continuará.”


La fantasía detrás de la historia

“Lecciones privadas” utiliza el juego de roles como punto de partida, pero en el fondo habla de algo mucho más cotidiano: volver a descubrir a la persona que tenemos al lado.

La fantasía de convertirse por una noche en profesor y alumno permite cambiar la dinámica habitual.

Uno propone.

El otro aprende.

Después los papeles se invierten.

Y esa pequeña transformación puede generar curiosidad, humor y complicidad.

La verdadera fantasía no está en saber todas las respuestas.

Está en descubrirlas juntos.


Para llevar la fantasía al juego

Pueden crear su propia clase privada.

No hace falta preparar demasiado.

Solo necesitan algunas tarjetas o una pequeña pizarra.

Cada una puede representar una “materia” diferente:

  • Miradas
  • Preguntas
  • Confianza
  • Sorpresas
  • Personajes
  • Elecciones
  • Recuerdos
  • Fantasías

Una persona comienza siendo quien dirige la clase.

Después los roles cambian.

También pueden establecer una regla:

el alumno siempre puede pedir otra explicación.

Eso permite que el juego sea flexible y que ambos puedan participar activamente.

Y si una consigna no resulta cómoda, simplemente se cambia.

La idea es crear una experiencia compartida, no superar una prueba.


Una clase puede convertirse en una fantasía

Los juegos de roles tienen algo especial:

permiten salir durante un rato de la rutina.

Una habitación puede convertirse en un aula.

Una mesa puede transformarse en un escritorio.

Una prenda puede ayudar a construir un personaje.

Y una simple frase puede cambiar completamente el ambiente:

“Bienvenido a tu clase privada.”

La imaginación hace el resto.


La mirada de Doctora Lust

Los juegos de roles pueden ser una forma sencilla de introducir novedad en una relación.

No requieren necesariamente una fantasía compleja.

A veces basta con cambiar el contexto y asumir durante un rato una personalidad diferente.

Además, este tipo de juego permite hablar.

Preguntar.

Escuchar.

Descubrir qué le gusta al otro.

Y establecer límites antes de comenzar hace que ambos puedan disfrutar de la experiencia con mayor tranquilidad.

La intimidad también puede construirse a través de la comunicación.


Denise recomienda

Para construir un personaje no hace falta disfrazarse completamente.

A veces alcanza con algunos detalles:

una camisa diferente, anteojos, una falda, una corbata, lencería o un accesorio.

El objetivo es crear una atmósfera.

Y cuando la ropa ayuda a entrar en el personaje, el juego empieza incluso antes de que comience la historia.

Denise dice:

“La mejor clase es la que los dos quieren repetir.”


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La próxima clase

Antes de acostarse, Martín volvió a mirar la pizarra.

Las cinco palabras seguían allí.

Confianza.

Atención.

Imaginación.

Complicidad.

Continuará.

Tomó la tiza.

—Te olvidaste de algo.

Clara lo miró.

—¿De qué?

Él escribió debajo:

“Profesor por una noche.”

Clara se quedó mirándolo.

—¿Y quién da la clase?

Martín dejó la tiza.

—Eso lo decidimos mañana.

Ella sonrió.

Porque quizás habían descubierto algo importante:

no siempre hace falta cambiar de pareja para vivir algo diferente.

A veces alcanza con cambiar de personaje.

Y volver a mirarse como si fuera la primera vez.

Désirée ❤️