BLOG 3 — SIGMUND FREUD
El principio de placer: cuando queremos todo y lo queremos ahora
Hay una parte de nosotros que no quiere esperar.
Quiere sentir placer.
Quiere satisfacer una fantasía.
Quiere acercarse a esa persona.
Quiere experimentar eso que nos despierta curiosidad.
Y, sobre todo, quiere hacerlo ahora.
Freud entendió que buena parte de nuestra vida psíquica está atravesada por una tensión entre aquello que deseamos y aquello que la realidad nos permite hacer.
A esa búsqueda inmediata de satisfacción la relacionó con el principio de placer.
Y cuando hablamos de deseo, esta idea se vuelve especialmente interesante.
El placer no pide permiso
Imaginá que alguien te atrae.
Antes de pensar si esa persona es conveniente, si es el momento adecuado o si deberías acercarte, puede aparecer una sensación mucho más básica:
“La quiero cerca.”
El deseo no necesariamente consulta con nuestra agenda, nuestra lógica o nuestros planes.
Simplemente aparece.
Para Freud, el principio de placer representa esa tendencia a buscar satisfacción y evitar el displacer.
Es una lógica bastante sencilla:
si algo nos produce placer, queremos acercarnos.
Si algo nos genera malestar, queremos alejarnos.
El problema es que la vida real no funciona solamente con esa lógica.
Porque no podemos hacer todo lo que deseamos
Y ahí aparece el principio de realidad.
La realidad nos pone límites.
Hay consecuencias.
Hay otras personas.
Hay vínculos.
Hay responsabilidades.
Hay momentos adecuados e inadecuados.
Y también existen deseos que pueden ser perfectamente válidos como fantasías, pero que no necesariamente queremos convertir en experiencias.
Entonces aparece una negociación interna.
Una parte dice:
“Lo quiero.”
Y otra responde:
“Sí, pero…”
Ese “pero” es mucho más importante de lo que parece.
El deseo y la realidad viven negociando
Una sexualidad saludable no consiste necesariamente en eliminar el deseo ni en satisfacer cada impulso.
Consiste también en poder elegir qué hacemos con él.
Podés sentir una fantasía y decidir no llevarla a la realidad.
Podés sentir atracción por alguien y elegir no avanzar.
Podés tener ganas de experimentar algo y esperar hasta encontrar el momento, la persona y las condiciones adecuadas.
Eso no significa que el deseo sea menos intenso.
Significa que entre el impulso y la acción existe algo fundamental:
la capacidad de decidir.
¿Entonces reprimir es la solución?
No necesariamente.
Y acá Freud vuelve a abrir una puerta bastante incómoda.
Si intentamos negar permanentemente aquello que deseamos, el conflicto no desaparece mágicamente.
El deseo puede seguir existiendo.
Puede reaparecer en fantasías, pensamientos, sueños o diferentes formas de comportamiento.
Pero tampoco significa que tengamos que obedecer cada impulso.
Entre reprimirlo completamente y hacer todo lo que sentimos existe un territorio enorme:
comprenderlo.
El deseo necesita límites, pero también necesita espacio
Pensá en una fantasía sexual.
Puede ser algo que te excite muchísimo.
Pero eso no significa necesariamente que quieras realizarla.
Y eso está bien.
La fantasía puede funcionar como un espacio donde la mente explora posibilidades sin comprometerse con ellas.
Podemos imaginar situaciones que en la realidad no elegiríamos.
Podemos jugar mentalmente con roles, escenarios o experiencias que despiertan nuestra curiosidad.
La imaginación no es un contrato.
Y quizás entender esto nos permite vivir nuestra sexualidad con mucha menos culpa.
El verdadero conflicto aparece cuando confundimos deseo con obligación
Tener ganas de algo no significa que tengamos que hacerlo.
Y tampoco significa que haya algo malo en nosotros por desearlo.
Una persona puede sentir una fantasía intensa y decidir conservarla como fantasía.
Otra puede querer explorarla dentro de un vínculo consensuado.
Otra puede descubrir que, cuando la lleva a la realidad, no le interesa tanto como imaginaba.
Todas esas posibilidades forman parte de una relación diferente con el deseo.
Lo importante es que exista elección, consentimiento y conciencia.
Placer inmediato versus placer elegido
A veces esperamos que la sexualidad tenga que ser espontánea para ser auténtica.
Pero no siempre.
También existe el placer de esperar.
De preparar el momento.
De construir confianza.
De hablar sobre lo que queremos.
De descubrir qué nos gusta.
De decir que sí.
Y también de decir que no.
El principio de realidad no tiene por qué ser el enemigo del placer.
Puede ayudarnos a convertir un impulso en una experiencia que realmente queremos vivir.
Y quizás ahí esté la verdadera libertad
Ser libre sexualmente no significa hacer absolutamente todo lo que deseamos.
Significa poder reconocer nuestros deseos sin sentir que ellos tienen el control sobre nosotros.
Poder decir:
“Esto me excita.”
Sin tener que justificarlo.
“Esto me da curiosidad.”
Sin sentir vergüenza.
“Esto quiero experimentarlo.”
O incluso:
“Esto me gusta imaginarlo, pero no quiero hacerlo.”
También eso es autoconocimiento.
🖤 La pregunta de Doctora Lust
¿Cuántas veces confundiste tener ganas con tener que hacerlo?
Quizás una de las formas más interesantes de vivir el deseo sea aprender a distinguir entre ambas cosas.
Porque el placer puede decirte lo que querés.
Pero vos decidís qué hacer con eso.
Y tal vez la verdadera libertad sexual no esté en obedecer todos nuestros deseos…
sino en conocerlos lo suficiente como para elegir.


